This is a poem that turned into visual-auditory experience thanks to Blakevox. The video clip is part of Beth Frank's video "Walking Downtown in Adjuntas" (https://www.youtube.com/watch?v=1arKq0ur1L0&t=152s). Percussions belong to LA Rumbero (https://www.youtube.com/watch?v=kURS94xgaS8&t=57s)







La senadora Evelyn Vázquez dice que, tras el desastre del Huracán María, ella y la gobernadora Wanda Vázquez se dedicaron a levantar cadáveres por todo Puerto Rico, un esfuerzo que, como acto del lenguaje, implica que levantaron a Puerto Rico, como cumplimiento de aquel #PuertoRicoSeLevanta con el que adormecieron nuestros párpados cansados en la oscuridad.

La declaración me llega como una genialidad retórica en el desfase constante que es la política puertorriqueña, donde los muertos son convertidos en capital político.

Hay novela aquí. Se debería llamar V&V: levantadoras de muertos.


Algo muy parecido ocurre en Las almas muertas (1842), del novelista eslavo Nikolai Gogol, donde el personaje de Pável Ivánovich Tchichikov, pequeño burgués ambicioso pero desgraciado, llega al pueblo “N” de una distante provincia en Rusia con la intención de hacerse de nombre, dinero y prestigio. Para ello, debe ganarse primero la admiración de los funcionarios legislativos y demás habitantes del pueblo, algo que solo se suele lograr con talento y buenas intenciones, con plata, o con ambas (aunque raras veces se presencien al mismo tiempo).

Entonces, Tchichikov inventa una manera de adquirir poder: comprando almas muertas.

En el Imperio ruso de Nicolás I, los propietarios de tierras se reservaban el derecho a poseer una determinada cantidad de sirvientes (o siervos), los cuales eran contabilizados como bien capital inscrito en el registro de la propiedad. Es decir, además de las tierras, a mayor servidumbre, mayor poder económico y, por supuesto, social.

Pero la medida, proviniendo del Estado, amparaba también su trampa: los siervos también contaban para efectos de tributación. Sin importar si estaban vivos o muertos.

Así, la ambición de Tchichikov deviene en jaibería brillante y decide comenzar a comprar las almas muertas de aquellos terratenientes que aún tributaban por personas que ya no existían.

El plan destila genialidad.

Los terratenientes, al vender los siervos muertos, no solo engordaban sus arcas sino que cancelaban la obligación de tributar por ellos. Y Tchichikov, al reportar los siervos como su nueva propiedad, podía ofrecerlos a modo de bien o activo entregado como garantía o respaldo en transacciones comerciales.

Tchichikov regresa al pueblo con 400 almas muertas, lo que lo cotiza como el hombre más rico del pueblo de “N”, que, ante la sorpresa, decide celebrarle una fiesta en su honor.

Ayer, en San Juan, la alcaldesa de ciudad, Carmen Yulín Cruz Soto, exigió a la gobernadora Wanda Vázquez Garced que diga «cuantos muertos levantó» con Evelyn Vázquez, según informa la prensa. O sea, si son cuatrocientos, o uno, o ninguno, la cantidad de muertos interpela un asunto sobre la verdad. O la falta de ella.

Si no levantaron muertos, mienten; si sí, sean muchos o pocos, utilizarlos como carnada para engañar en campaña política, será una verdad que les devolverá la mordida.

Una vez más, la desgracia del pueblo es utilizada como un bien de consumo, una práctica ya instrumentada y normalizada por el Estado desde el Huracán María y, hasta más recientemente, los terremotos en el sur del país.


Los muertos, como en la novela de Gogol, se convierten en capital político. Una cifra en un plan gerencial. Una viñeta en un mensaje de campaña.


Foto: Iolex

Si algo ha de hacer el buen cuentista del siglo XXI es romper las convenciones de linealidad y las relaciones causales habituales entre las secuencias narrativas. Lo demás es repetición. Que conste: no es una regla, es una actitud, y de eso se colman las historias de Amy Hempel en El perro del matrimonio, incluido en sus Cuentos completos (Alfaguara 2009).

Más que enunciar desde la grandilocuencia y la soberbia, las historias de Hempel se centran en las pequeñas cosas importantes de la vida. En eso, parecen poemas.

Como en «Jesús te espera», donde la narradora inicia una especie de peregrinación a la ciudad donde Jesús pudiera estar esperándola. O igual que no. Desde el Lincoln Tunnel al aeropuerto internacional de Baltimore; del Holland Tunnel a Washington D.C. (por la salida de Connecticut Avenue). Desde Virginia hacia Maryland, New Jersey y Nueva York, el recorrido es «terapia geográfica» que expresa un deseo de movimiento en su vida que no existe. Son «impulsos irrefrenables de conducir», como buscando que la memoria de la carretera ahogue el presente colapsado. La textura semántica procede entonces por medio de relaciones espaciales dentro de la historia en lugar del predecible juego de causa y efecto. En «Jesús te espera», la narradora hace un inventario de imágenes mientras conduce camino a un encuentro con Jesús, que, para efectos de la ficción, podría ser metafórico o literal. O ambos.

Es una narración dicha en primera persona que, más que mirar, piensa. En el proceso, somos parte de ese flujo de conciencia que se desplaza como la carretera misma. En efecto, no hay un solo evento unitario en toda la acción que no sea el acto mismo de narrarse. El registro del cuento parece una libreta de apuntes. Es ese cierto aire de falta de sentido en la vida de la narradora.

Hay colapso. Desasosiego.

Después de cuestionar la pérdida de la fe, ella dice: «De vuelta a la ciudad, me paro a repostar. Me gustaría que me batieran como si fuese un huevo y que me sirvieran con salchichas en un bar de carretera».

Esto es hermoso y absurdo.

La ambigüedad también parece ser consciente de sí misma. Por lo tanto, es menos un defecto y más una estrategia.

En la edición en inglés del cuento «El perro del matrimonio», Hempel trabaja desde los puntos suspensivos. La historia está dividida en tres secciones, a saber, 2, 3 y 4; no hay 1. El lector debe llenar ese espacio a partir de inferencias en el texto hasta que, casi al final de la lectura, encontramos el comienzo de todo: «En la última noche del matrimonio, mi esposo y yo fuimos al ballet». En la edición al castellano, esto se pierde cuando los editores optan por presentar la historia en orden cronológico.

En el cuento, la narradora, una entrenadora de perros guía, se identifica con un perro en una ópera. «Trabajo con estos perros todos los días, y su capacidad, su decencia, me avergüenzan». Más tarde ella dice: «No conozco a ninguna persona ciega. Estoy en esto solo por los perros».

La narradora anónima, como en todos los cuentos de la colección, expresa su desencanto con las relaciones humanas. «Me imagino que existen muchísimas cosas que una debería procurar no tomarse como una cuestión personal», de dice a modo de consuelo, e incluso intenta normalizar las vicisitudes del a diario, como lo son «la falta de aparcamiento, el mal tiempo, un marido que se da cuenta de repente de que está enamorado de otra».

El perro del matrimonio se desplaza a través de una serie de narraciones claustrofóbicas. Lo insignificante e inane de repente se convierte en una máscara para ocultar lo verdadero y significativo. Es un narrativa donde Hempel no deja espacio para lo que no es esencial.

Aún cuando Hempel opta por un estilo tradicional de cuento, no puede evitar el resquebrajamiento emocional de sus personajes, como sucede en «Los intrusos». Aquí Hempel persigue un estilo donde las imágenes absurdas se descartan por algo más concreto y sólido: la tensión dramática sobre un tema muy difícil. En el relato, una mujer de 50 años teme que ella pueda estar embarazada como consecuencia de una violación. La ironía no puede ser más mortífera cuando nos enteramos que la víctima es una consejera profesional para casos de violación.

La narración toma el título de una película de la que traza paralelos del mismo título, Los intrusos (1944), con la que traza bifurcaciones dialécticas. Al igual que la pareja de hermanos en el film, la protagonista ensaya una búsqueda donde los fantasmas del pasado se retratan como entidades legítimas. Con aire cortazariano, la historia se llena de presencias fantasmales, casas tomadas y prestaciones directas del filme de Lewis Allen.

Lo que hace Hempel en esta colección es quebrantar las unidades de tiempo y espacio que distinguen la narrativa clásica realista y las sustituye por bloques narrativos o unidades poéticas que se acumulan para concebir un efecto de historia completa. A veces deja la sensación de que el lector atestigua una presentación en Power Point, o quizá algo mucho más artístico, como si las partes de las historias fuesen una sucesión de bodegones.

Fredric Jameson declaró, en The Cultural Logic of Late Capitalism, que la crisis en la historicidad dicta un retorno, de una nueva manera, a la cuestión de la organización temporal. Es la vuelta al problema de la forma del tiempo. La temporalidad y el sintagma podrán asimilar una cultura cada vez más dominada por la disolución del espacio y su lógica.

De alguna manera, contar una historia siempre debe ser un orden desafiante.


Publicado originalmente en Nagari

Foto: Lourdes Toledo

María "Mayita" Meléndez Altieri, alcaldesa de Ponce, asegura en una entrevista radial que la población que acampa en el área sur, tras perder su seguridad de vivienda durante los recientes eventos sísmicos, «le encanta vivir en las carpas».

«Es algo bien diferente», declara.

El día anterior, Wanda Vázquez, la gobernadora de Puerto Rico, aseveraba, en una entrevista con el periodista estadounidense David Begnaud, que ella habla «con la gente» del sur y que «están contentos». La gobernadora elabora un juicio asumiendo que los afectados por los terremotos «[t]ienen sus alimentos, sus medicamentos, su atención médica» y que por tanto, «se sienten contentos donde están».

«Los tratan con cariño», dice.

La situación a la que se enfrentan los refugiados es de pronto positivada. Alisada. Tanto Mayita como Wanda Vázquez amortiguan la crisis asumiendo que los refugiados no tienen nada que envidiarle al resto de la población que no ha perdido sus casas. 


No hay crisis. 

La negatividad es expulsada y aplanada por la condición de lo igual, de lo homogéneo, de aquello que no se diferencia de nada porque aparenta ser igual.

Y lo igual, como dice el filósofo Byung Chul Han, no duele.

Por ello, la inefable torpeza de Meléndez y de Vázquez al intentar apalabrar una situación de la cual, evidentemente, ninguna puede rendir cuentas en primera persona, derrumba lo poco que queda en pie de los estilos de política guionizados.

El dolor es como la experiencia: intransferible.

Las desacertadas expresiones de ambas líderes políticas perpetuan la anulación del sentido. El acontecimiento que se interpone en la vida diaria -los constantes movimientos telúricos que han provocado la crisis de seguridad en el área sur de Puerto Rico- es amansado con la ternura de un manual de autoayuda para refugiados de terremotos. 


Es decir, aquello que rompe con lo homogéneo es neutralizado con narrativas de consuelo destinadas a pulir y eliminar la experiencia porosa.

La inequidad, visiblemente perceptible, es sofocada por el arrullo cuasi-maternal, que es lo que les queda porque no saben qué hacer.

Si bien la crisis tiene un impacto adverso en la economía del sur, la economía de los afectos queda traspuesta por la conveniencia situacional. Estos seres humanos, hermanos en necesidad, quedan convertidos en capital humano y dispuestos como capital político.

Dice la socióloga Wendy Brown que la democracia es un sistema que no necesita de igualdad absoluta, pero que tampoco puede soportar la desigualdad económica extrema porque impiden la capacidad de movimiento libre y manejo sobre el común. Entonces, a lo que aspiran Meléndez y Vázquez es a implementar técnicas de gobernanza a través de muestras de poder blando. 

La gobernanza, en la racionalidad vigente del neoliberalismo, es el equivalente gubernamental de la administración gerencial corporativa, donde el Estado asume el papel de gerente de una empresa y el sujeto se vuelve mercancia a la que se debe administrar. La gobernanza cambia la idea de lo político por la idea de gerencia, dice Brown. La gobernanza alivia la responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos.

Es más que un simple asunto semántico. Al final, la desigualdad se normaliza, y l
os afectados por la crisis del sur, aún bajo sus carpas y tiendas de campaña, quedan expuestos a las inclemencias del tiempo, el fango y la saturación del terreno a causa de la lluvia, y su destino se convierte en capital político.

Quedamos formulados en inversión y beneficio en medio de la propaganda política. 

«Actualmente, yo voy al sur casi todas las semanas» dice la gobernadora. 

Pero el sur no está contento, replica el alcalde de Peñuelas, Gregory Gosález Souchet.

Y Puerto Rico tampoco.

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