Mi abuela tenía un jardín flores y exóticas plantas que rociaba por las mañanas mientras les hablaba. ¿Cómo andan hoy?, yo escuchaba comentarle. Mi’ja, te ves enclenca hoy. ¿Y ustedes allí, todas bellas? Hablar con la vida secreta de las plantas es conocer el ser inevitable.

Nunca tuve claro el perfume de las cosas que no son de este mundo. Para mí, abuela poetizaba las mañanas en su coloquio con cosas que ella solo escuchaba. Me parecía que mi abuela era muy feliz entre las plantas. El jardín vibraba como una extensión de sus sentidos. Abuela lo sentía y lo padecía. Sí llovía mucho, se preocupaba por la erosión del terreno y el estancamiento del exceso de agua. Si no llovía, le preocupaba entonces que alguna de sus «nenas» se fuera a morir. El jardín mediterráneo de mi abuela era disforme y a la vez conservaba un sentido de unidad poética que yo no sabía leer entonces, pero sí lo podía percibir.

Alice Walker, en un ensayo titulado En busca de los jardines de nuestra madres (1972), dice que los jardines son manifestaciones poéticas apropiadas por las mujeres para poder expresar su creatividad. Dice Walker, más contundentemente, que el jardín suponía uno de los pocos espacios de las mujeres esclavas en el sur de los Estados Unidos, una especie de santuario donde podían estar con ellas mismas y vivir su propio mundo sin atribulaciones. Los espacios de la mujer en la casa del amo eran la cocina y el cuarto. El jardín es el universo redimido. Es un espacio que contiene otros espacios. Y entre ellos, las mujeres negras encontraron en las flores un lenguaje acerca del lenguaje de las flores. La maravilla de los jardines tropicales en Puerto Rico es que no siempre son dependientes de los equinoccios y/o los solsticios.

Abuela nunca estaba sola.

«Noté que cuando mi mamá trabaja en su jardín era cuando más radiante se veía», describe Walker en su ensayo. Atender el jardín remite a la faena de una diosa que ordena su creación. Su alma, espíritu, realidad anímica o como le quieran llamar se dispersa por las raíces, los tallos, las hojas, los pétalos. Es un ser de seres. Es su modo de expresión artística.

Alice Walker no escribe de mi abuela, y sin embargo, la (d)escribe.

Estas mujeres artistas, que ejercen facultades creativas en el cultivo de los jardines de la misma manera que lo hacen cuando tejen o cosen, se dan a la carga del mundo. Mi abuela tuvo una historia poco generosa con ella, y de las cosas que más anhelaba —me dijo una vez— era aprender idiomas. Los idiomas son llaves al mundo, me aconsejó una vez. Sujétate de ellos y verás cuánto vas a aprender.

Y luego terminaba con algún poema de ella, de esos que nunca escribió.

Cuando abuela quedo embarazada muy de joven, su vida se estremeció. Fue un patán que me robó, me confeso un día de adulto. Pero lo amaba, aunque nunca le reclamó el apellido para su hijo —mi padre—. Descubrí que mi abuela cultivaba parte de su jardín con dolor.

De joven, se alejó de la escuela y se dedicó a ayudar a mi bisabuelo con las faenas diarias de la casa. Abuela escribía y leía limitadamente y con dificultad, razón por la cual se sentaba en las tardes a leer el periódico del día en voz alta. Parecía que buscaba aquello que la vida le había quitado a como diera lugar: el lenguaje. Precisamente, su carencia tomaba forma de flores y plantas en su jardín. Lo que no podía expresar por medio de las palabras lo contaba con sus flores. Ella no sabía que las palabras se acaban a veces y por eso existe el arte; no, no lo sabía; pero lo intuía.

Aún en los momentos de incertidumbre, soledad o tristeza, lo que me invade es la imagen impresionista del jardín. Sus colores. Sus aromas. Las rosas. Los claveles. Las cara de caballo. Las begonias. Los helechos. Y otras cuyo nombre no recuerdo.

Gastón Bachelard cita a Oscar Milosz, quien, en La amorosa iniciación, describe a los jardines como «maravillas del espacio con la sensación de mirar en lo más profundo, en lo más secreto de mí mismo; y sonreía, porque nunca me había soñado tan puro, tan grande, tan hermoso». Un jardín es un locus. Es un estar. Adquiere el alma de quien lo cultiva. El jardín es, ciertamente, la inmensidad. Y de seguro, que en mi abuela no era la excepción. La inmensidad, dice Bachelard, es una categoría filosófica del ensueño.

Para Walker, a mujeres así —así, como su madre; como mi abuela; como las mujeres calladas en la plantación; como las mujeres calladas de miedo en sus habitaciones; como las mujeres perdidas en el veneno de la mentira;— no nos dejan otro legado que el respeto por las posibilidades.

Y eso era el jardín de abuela. Respeto a las posibilidades. La jardinería en el trópico significa tolerar la luz, diría la poeta Olive Senior.

Hay que dejar entrar la luz.






Kaylan Michel
Kaylan Michel


1. 
En la vieja tienda de discos de doña Lulú vivía un vinilo. Un disco de larga duración, le llamaban. En la cubierta aparecía una nave espacial alienígena de cuya escotilla salía un hombre de raza negra con botas de plataforma plateadas y escafandra de viajante intergaláctico. Mothership Connection, se titulaba el álbum y la banda era Parliament. 

Cada vez que yo pasaba frente a la tienda, allí estaba el disco. Mirándome. Llamándome. Los discos en exhibición cambiaban de lugar y hasta eran removidos, señal de que habían encontrado oídos, pero ese no. Siempre estaba allí. En el mismo lugar. Esperando. 

2.
Pregunté a mi hermana -autoridad en la música pop estadounidense- si conocía a Parliament y me dijo que no. Le comenté que había visto el disco y que lo iba a comprar. Me contestó que ese disco llevaba años allí y que, si lo compraba, yo estaba loco. 

Estipulado. 

De todos modos, cumplí mi palabra y una tarde, después de la escuela, pasé por la tienda de discos y me traje el álbum a casa. La dueña de la tienda hasta me honró con un descuento por haberme llevado un disco viejo. 

Mothership Connection se publicó en 1975. 


3.
Completados los rituales de abrir el álbum, sentir el disco en las manos, mirar su superficie de ébano relucir en la luz hasta finalmente colocarlo en el plato, dejar caer la aguja y dejar que la música llenara la habitación, le presté oído a la letra. «We shall overcome», cantaba el estribillo del corte que daba título al disco. Venceremos. «For I am here». Estoy aquí, ratificaba como evidencia empírica de alguna resistencia. 

La banda, abigarrada y proto-cyberpunk, fusionaba el jazz, el blues y el funk en un caos sonoro que de algún modo venía comprometido con una melodía.  «Swing low, sweet chariot; stop and let me ride» cantaba su vocalista George Clinton.

Parliament quedó como mi música de recamara. Particularmente, porque no conocí a nadie más que le gustara.

4.
Años después,  iniciados ya mis estudios en literatura, encontré los versos de Wallace Willis: «Swing low, sweet chariot/coming for to carry me home». Willis, un esclavo afroamericano, compuso la pieza como  canto de rebeldía e incitación a escapar de las plantaciones. 

Cantaba esperanza. Fe en el futuro. 

George Clinton es el eco de Willis. Lo apalabra. Le da vigencia. Lo actualiza. 

La carroza es la nave espacial; el destino, la libertad. Y Clinton, metonimia metafísica y punk de la identidad negra, quiere ser el piloto. 

5. 
Hay fuerzas en el universo que todavía no comprendemos. Cuando descubrí la música de Sun Ra, no me quedó duda de la potencialidad de las esferas sincrónicas. Ra, poeta y música experimental, reclamaba que provenía de Saturno, que su poder creativo emanaba de las fuerzas cósmicas del espacio sideral y que vivía en la convicción de que su música liberaría a la raza afroamericana de su opresión. Space is the Place (1972) es el álbum conceptual de Sun Ra que luego se convierte en un filme de ciencia ficción. Más que música de fusión, Sun Ra proponía una estética; más que una estética, una ética del futuro.

En esa ética, el estado de conciencia afrodescendiente queda liberado de la mentalidad esclava o colonial que lo limita y lo paraliza. Lo afro se es consciente de la multiplicidad y variedad de posibilidades y probabilidades dentro del universo.

La idea imperante es que la raza afrodescendiente es tan inmensa y poderosa que desplaza su pasado de opresión y violencia por un futuro de grandeza humana.

Mark Drery acuñaría el término afrofuturismo en 1993, pero lo afro-astral ya vivía. Quizás cien años antes. En el Harlem Renaissance. En el blues de los deltas del Mississippi. En los cantos espirituales de las plantaciones del sur en Estados Unidos. En el sincretismo afroantillano. 

5.
Saberme inducido al afrofuturismo como por designio, y sin saberlo, me alcanza a propósito de la muerte de Chadwick Boseman, protagonista del histórico filme Black Panther (Marvel 2018). La película dirigida por Ryan Coogler aparece como contrapunto de la noción blanqueada de los filmes de ciencia ficción, en donde los papeles protagónico por negros o negras escasean. 

El afrofuturismo descansa sobre la llegada de la era electrónica (McLuhan) y cibernética porque la tecnología empodera a los sectores marginales y erosiona la solidez del poder, que es quien crea y controla. 

En efecto, lo afroastral en Black Panther se representa en el surgimiento de un marco de identidad negra dentro de ensamblajes tecnoculturales globales emergentes, sumado a fuerzas biopolíticas de migración, reproducción humana, así como la realidad de los algoritmos, las redes digitales, las plataformas de software y los aumentos biotécnicos. Katheryn Hayles refiere a estos elementos como rasgos constitutivos de identidades racializadas que se materializan cada vez más, vis-à -vis a los avances tecnológicos contemporáneos, o «tecnogénesis», la idea de que los humanos y las técnicas han evolucionado juntos.

No queda duda: a partir de los años 60 y 70 del siglo pasado, los esfuerzos por alcanzar sociedades legítimamente justas e igualitarias alrededor del mundo -particularmente en los Estados Unidos- vienen sustentados por una presencia mediática-tecnológica. La democratización del acceso a la producción y diseminación de contranarrativas sociales ha abierto un canal de transmisión para voces que, de lo contrario, nunca hubiésemos escuchado. 

6. 
Antes de levantarse de entre las cenizas, el fénix debe arder primero, dice la novelista afrofuturista Octavia Butler en Parable of the Talents. La idea tras el afrofuturismo es expansiva y regeneradora de la conciencia afrodescendiente. 
Por tanto, el afrofuturismo, más que un movimiento dentro de la ciencia especulativa, es una visión del futuro. Afroturismo es Samuel Delaney y Kamau Brathwaite, pero también es Marisé Conde e Isabelo Zenón Cruz. Afrofuturismo es Africa Bambaata, Ghetto Kumbé, Rita Indiana y también es Outkast.

La imaginación y la representación van de la mano, tornándose esencialmente en metodología y espejo para los modos en que los afrodescendientes nos miramos al futuro. Un forma de arte. Una fuga hacia el futuro posible. 

7.
Martine Syms ha afirmado en «The Mundane Afrofuturist Manifesto» que el afrofuturismo se concentra en aquellos tropos no examinados por la cultura dominante blanca. El afrofuturismo 2.0, el que adereza nuestros días, es la tecnogénesis de la identidad negra de principios del siglo XXI, donde las contranarrativas desmantelan el status quo, hackean el sistema y lo restituyen con un nuevo lenguaje, remixabililidad profunda y posthumanismo transdisciplinarias, convirtiéndose así en un importante movimiento «panafricano». La herida histórica es intervenida tecnológicamente.

Me interesa, en lo inmediato, el afrofuturismo en el Caribe. La nave madre, la Matriz, está en África. Y la última gran tecnología es la raza afrocaribeña. 

A esto me dirigiré en el episodio 2.












PHOTOGRAPH BY JOEL SARTORE, NATIONAL GEOGRAPHIC PHOTO ARK

En la novela Pigs, de Johanna Stoberock, hay una isla innombrada en algún mar desconocido, cuatro niños se dan a la tarea de recoger la basura que llega a la orilla de la playa y utilizarla como alimento para seis cerdos. El mar es tóxico, por alguna razón cuya explicación huelga. Los cerdos tienen apetito voraz. Se comen todo. Los niños no saben cómo ni de dónde llegaron. Ni ellos ni los cerdos. La eternidad dura mientras tengan memoria de lo que viven. Como han vivido toda la vida allí, se podría decir nacieron niños y que solo podrán ser niños. 

No cuestionan su presente. No tienen pasado.


La historia de Puerto Rico carga, al comienzo de la segunda década del siglo XXI, el desgastado valor determinante de la modernidad. Desde el nacimiento del Estado Libre Asociado, eufemismo regulador de la relación colonial bajo los Estados Unidos, el ideal de la estadidad ha sido la ruta ideológica que más se ha ensanchado electoralmente desde que Luis A. Ferré venciera en los comicios de 1968 bajo la insignia del Partido Nuevo Progresista. 

La apreciación no tan solo es cuantitativa, sino también perceptiva: a pesar de toda la corrupción, escándalos internos, robo de fondos públicos y federales y otros abusos que se privilegian desde el poder, el PNP es un partido con una base electoral amplia. Así se consigna en la encuesta que realizara la estación radial WSKN, Radio Isla. 

No todos los estadistas se afilian al PNP, pero si el PNP aboga por la estadidad, los que creen en la estadidad votarán por el PNP. O bien no votan.

Ahora, mi interés no es hacer inventario sobre los árboles, sino preguntarme por el bosque, o qué mantiene al ideal de la estadidad vivo cuando todos los indicadores apuntan a que Puerto Rico nunca será estado de la unión.

La modernidad puertorriqueña padece de juventud retrasada. Su llegada es reciente, aunque tardía. Estadísticamente, sabemos que el ELA reflejó avances en el ingreso per cápita de sus ciudadanos y en los niveles de educación del país cuando el gobierno drenó la pobreza del país al facilitarle a miles de puertorriqueños pobres que se fueran a los Estados Unidos, una historia que ha afectado a la composición de la familia puertorriqueña y ha dimensionado el carácter identitario de lo que es un puertorriqueño hoy día. Estudiosos como Jorge Duany o Juan Flores han disertado sobre el hecho de tenemos un familiar cercano que ha hecho su vida fuera del país y de ahí la conjugación del Puerto Rico diaspórico. Un analista político llamaba a esto «irse a vivir en la estadidad», y lo tomaba como destello de lo posible. 

Pero ese irse a vivir a la «estadidad» nunca es voluntario. Si no es por razones económicas o laborales, es por la desesperanza social; y esto, si no fuera por la relación que mantenemos con los Estados Unidos, convertiría a los que somos y hemos sido emigrantes en refugiados políticos.

Dice Gianni Vattimo que la modernidad deja de existir cuando, por las razones que sean, desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria. Puerto Rico es un país roto, abusado, fragmentado. Y la historia, como orden, reclama la existencia de un centro alrededor del cuál se reúnan y ordenen los acontecimientos. Es decir, que Puerto Rico, como colonia, permanece en eterno ordenamiento de los consensos ideológicos mientras el tiempo nos pasa de largo y las instituciones culturales, educativas, financieras y políticas colapsan. Hoy, a 122 años de la llegada de los estadounidenses y 68 desde la formación del ELA, nos seguimos preguntando dónde queda el futuro.

Precisamente, ese es el fracaso del ideal estadista en Puerto Rico: no tiene el pulso real del descarrilamiento de los Estados Unidos y no dan cuenta con la verdad más obvia: Estados Unidos no tiene, ni ha tenido, y mucho menos tendrá planes para anexar a Puerto Rico a la unión estadounidense.

El PNP es un partido que vive del éter de las ideas desvanecidas. El reclamo de anexionarse a los Estados Unidos como estado, si bien precede a la idea del ELA y su interpelación de lo mejor de dos mundos, es un ideal que ensanchó en popularidad para fines de los años 60, cuando Puerto Rico era ficha de una guerra fría en el Caribe y el partido de dominio a partir de la fundación del ELA, el Partido Popular Democrático, enfrentaba una irreconciliable división entre sus líderes. En todo caso, el ideal de la estadidad ha sufrido poca o ninguna atemperación al discurrir de los tiempos. En los ’70, Luis A. Ferré, primer gobernador y cofundador del PNP, hablaba de la “estadidad jíbara” en reconocimiento que Puerto Rico, en sus palabras, ya era una nación constituida por su propia idiosincrasia. Un estado hispanoparlante supondría una contribución de considerables aportaciones políticas (y militares) a los Estados Unidos. 

Dos antecedentes desmantelan dicha aseveración y es el reclamo de dos estados que nunca se cuajaron, mayormente por oposición a la diametralidad cultural de sus proponentes. Uno de ellos es el estado de Deseret, propuesto en 1849 por creyentes mormones en una extensión geográfica que abarcaba un tercio de lo que hoy es California, partes de Idaho, Nuevo México, Arizona, Nevada, Oregon, Utah y Wyoming. El otro es el estado de Sequoyah, propuesto en 1905 como un estado indígena en el cual regirían los pueblos de las Cinco Tribus Civilizadas, entiéndase Cherokee, Chickasaw, Choctaw, Creek y Seminoles. A Dorseret lo desintegraron al anexarlo a Utah; a Sequoyeh lo terminaron al fundirlo con Oklahoma.

A Puerto Rico no le toca burundanga, como diría Palés; Puerto Rico no es «state», es «real estate». Jardín de ilusiones y basurero. Playground y páramo a la vez. Nunca un estado.

Alojados ya en pleno siglo XXI, Puerto Rico no puede negociar su anexión a unos Estados Unidos que han ido perdiendo poder y alcance alrededor del mundo. Es un paisaje invertido que se vierte sobre el presente hedonista que habita la idea de la unión permanente.

Para el año 2025 ya se anticipa la pisada rotunda de China como superpotencia dominante, con Rusia e Inglaterra siguiéndole de cerca. La revista Foreign Affairs, en su edición de julio/agosto 2020, publica un incisivo artículo titulado “How Hegemony Ends”, que analiza la manera en que Estados Unidos le ha dado la espalda a los derechos humanos y a los valores fundacionales de su democracia. The Atlantic publica “The Decline of the American World” bajo la sentenciosa tesis que postula que los Estados Unidos ya no es el país al que el resto del mundo aspira, envidia o desea emular.

La pregunta necesaria no es por qué habría Puerto Rico de querer anexarse a los Estados Unidos, sino por qué los Estados Unidos habrían de aceptar a Puerto Rico en su unión.

Sobre todo, si el ideal de estadidad ha pasado a ser hoy día un concepto hiperreal: es como el jugo de china que no contiene jugo de china.

Los Estados Unidos dejaron de ser un país industrializado desde que su base industrial económica mudo operaciones a países como México, India, China y otras geografías lejanas. Puerto Rico no puede ofrecer mano de obra barata porque su economía divisa en dólares. Es decir que, ante la inevitable caída del dólar como moneda mundial en los próximos dos a tres años, Puerto Rico no solo será sumamente oneroso para cualquier inversión capital, sino que barrancadero abajo puede que no haya fondo.

Al momento de publicar este escrito, Estados Unidos eleva la cifra de desplazados laborales a casi un 27%. Por tanto, anexarse a la confederación estadounidense ya no tiene justificación porque la principal promesa del sueño americano ha pasado a ser una futilidad, significándose con fuerza en la desarticulación del capitalismo estadounidense, del que hablé en la primera entrega de estos ensayos.

Durante la crisis de la pandemia del COVID-19, Estados Unidos ha surgido como un estado policial de opresión que ataca persistentemente a uno de los principios fundacionales de la nación estadounidense, que es la inmigración. De hecho, ya no existe razón para que los inmigrantes se muden a los Estados Unidos y esto no se debe precisamente alas políticas anti-inmigratorias y xenofóbicas de Donald Trump, sino a que ya no hay mucho que hilar allá, en un país que cuenta con gigantes proporciones poblacionales entre gente que pertenece a la milicia y la población penal. 

Irónicamente, el partido que reclama discurso absoluto sobre el ideal de la estadidad, el Partido Nuevo Progresista, nos vende una estadidad blanca, monolingüe y culturalmente homogénea, cuando los indicadores apuntan a que los Estados Unidos, entre 2030 y el 2050, tenga una población «acanelanada» y negra. La población de Estados Unidos será mulata, híbrida y predominantemente latina y afroamericana. Estados Unidos no necesita un estado hispano, puesto que va encaminado a convertirse en un país hispano.

De ahí que los blancos supremacistas se enfrenten hoy a la idea de la pérdida de dominio social y cultural que despierta a los viejos fantasmas del racismo, el discrimen y la segregación social que construyeron a la nación estadounidense. El Puerto Rico real, por su condición política, es producto directo de esta política de dicha imposición colonial; la estadidad que ofrece el PNP es de peróxido.

Para el nacionalismo estadounidense, Puerto Rico no es negocio. El 30 de julio de 2020, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos rechazó la propuesta del gobierno de Puerto Rico para celebrar una consulta de estadidad «sí o no». 

¿Deseret o Sequoyah, anyone? 

Los territorios que más han tardado en convertirse son Nuevo México y Hamaii, dos geografías separadas culturalmente del elemento sajón. Ambos estados permanecieron 50 años en limbo antes de ser admitidos a la unión.

Y aquí se nos vuelve a revelar la necedad del engaño: el ideal de la estadidad que promueve el PNP es retórico; una propiedad lingüística; una condición del lenguaje, pero nunca como un ideal concreto, pues el ideal estadista ya no tiene otra cosa que ofrecer que no pueda ser obtenible como estado independiente o, peor, bajo la actual condición colonial.

Pero el espectáculo debe continuar. 

A pesar de que la apuesta ideológica a la estadidad es un recinto de vacuidad donde cabe todo lo que lleva a nada, gobernar bajo la promesa de algo que no sucederá es negocio para un partido cuyo historial de actos ilegales, abusos de poder y agravios contra la población puertorriqueña ha profesionalizado la corrupción como modo de vida.

Pero lo más obvio, por serlo, no se ve: camino al America 2050, Puerto Rico no figura en ningún plan futuro de los Estados Unidos. 

Y la estadidad seguirá siendo una formulación lingüística.

Neil Cassady


publicado originalmente en Nagari


En una de sus peregrinaciones por el indómito medio-oeste estadounidense, Sal Paradise y su entrañable guía espiritual, Dean Moriarty (alteregos de Jack Kerouac y Neil Cassady, respectivamente), se encuentran con un hombre que vagabundea por la desértica Virginia. El hombre luce desharrapado. Al momento de ellos toparse con él, el hombre caminaba leyendo un desgastado libro de bolsillo que había encontrado en una alcantarilla. El hombre -como el libro- estaba increíblemente sucio y cubierto de costra. Cuando le preguntan que lee, contesta que no sabe. Ni le importa el título. Solo mira las palabras como si hubiera encontrado la auténtica Torah en el lugar apropiado: el desierto.


Dean Moriarty ríe. El mundo está loco, dice. Él lo sabe; es un hombre santo. 


Los viajeros deciden llevar al hombre, que decía llamarse Hyman Solomon, con ellos. A cambio, Salomon promete que, una vez lleguen al poblado de Testament, les buscará algo de dinero para Sal y Dean para continuar el viaje hasta el oeste junto a Ed Dunkel y su esposa Marylou. 


Hay una necesidad en contrapunto al momento: los viajeros, horas antes, habían sido detenidos por la policía. Ed Dunkel había acordado conducir parte del trayecto que los llevaría desde Nueva York a California, pero Dunkel tiene el pie pesado. Dejó que el auto se disparara a los ciento treinta kilómetros por hora. En fin, la policía les detiene. Los interroga. Los hostiga. Les hace pagar una multa de veinticinco dólares. El presupuesto del corrillo es de cuarenta. Se quedan cortos de lana. ¿Qué más puede salir mal?


Pues cuando llegan a Testament, salen corriendo a comprar comida con lo que les queda para el viaje. Pero Hyman Salomon -profeta ambulante en la tierra de los libres y valientes; el salvador de la noche- no regresa. 


La novela es En el camino, de Jack Kerouac, y tal escribiera Jim Morrison, uno puede planificar una muerte o iniciar una religión.


La novela, sabemos, es considerada el texto fundacional de la Generación Beat que transformó la vida cultural y literaria en los Estados Unidos durante la década de los ’50 y ’60. En ella se autoficcionalizan las vidas de Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs y Neil Cassady, entre otros exponentes de la contracultura proto-hippie. La novela, que se puebla de robos de autos, homoerotismo, sexo libre, whiskey, cigarrillos, estupefacientes y poesía, vertebra su andamiaje textual como un manual de espiritualidad. Es decir, todas esas aventuras de vida licenciosa y sin finalidad aparente que destacan en En el camino conforman un tratado espiritual escondido como pergamino en palimpsesto.


Vamos, que más se aprende por golpes que por consejo. 


La promesa de Hyman no se cumple, allí, en el remoto páramo de Testament. La desilusión y el desencanto toman posesión del estado de ánimo. Sin duda: no habrá otro salvador que no sea uno mismo. De ahí, la antinomia que encierra el nombre del protagonista narrador, Salvatore Paradise. O Salvar el Paraíso.


Entonces, los viajeros encuentran la noble función del tiempo en sus vidas. Deben hacerse de lo que tienen a la mano.Vivir es, pues, eso. Vivir. 


Aquí la novela concretiza una de las metáforas silentes del texto: alcanzar el ESO.


Exacto. ESO. Precisamente. 


El «IT» como frecuencia de ciclos conducentes a la experiencia mística, suprema y única de un momento de gracia, realización espiritual o enfrentamiento con Dios. 


Dios siempre existirá. El mero hecho de cuestionar su existencia y llamarlo por su nombre confirma su presencia. La idea estriba en cómo le llamamos. ¿Buda? ¿Krishna? ¿Cristo? ¿Alá? 


¿Bob Dylan? ¿Google?


Para el coprotagonista de En el camino, Dean Moriarty, Dios es todo; tiene los rostros del mundo y se esparce por todas partes. Es la experiencia del bardo tibetano a través de las faces evolutivas de la vida. Es, a mejor decir, el morir, renacer, vivir y morir de nuevo. Es la impermanencia de la existencia. Es la transitoriedad de la realidad. Esa es la esfera de los dioses, en la cual se nos revelan las verdades. Ese ese momento en el cual se llega al punto del éxtasis al que siempre uno ha querido llegar. Es el paso completo a través del tiempo cronológico camino de las sombras sin nombre.


Al asombro, el lenguaje nos viene florido de misticismo. En la desolación del reino de lo mortal, y con la sensación de la muerte pisándole los talones, dice Sal, un fantasma nos sigue los pasos mientras corremos por la tabla desde la que todos los ángeles levantan el vuelo y se dirigen al vacío sagrado de la vacuidad increada. Inconcebibles esplendores brillan en la esplendente Esencia Mental. Innumerables regiones del loto caen abriendo la magia del cielo, añade al comprender que había muerto y renacido innumerables veces. 


No hay derrotas ni pérdidas. La materia debe ceder para que el mundo pueda existir. Es el punto del éxtasis al que siempre había ansiado llegar, confiesa Dean. Una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces. La ignorancia es casual y es profunda. La eternidad se manifiesta con una cualidad impermanente, o la cualidad del espacio abierto. Esta es la experiencia inicial del bardo que está conectada con el mundo de las entidades celestiales, donde se han trascendido las limitaciones de tiempo y espacio.


Así, alcanzamos el ESO. El equivalente a un Nirvana, digamos.


Una experiencia ulterior de vida, una unión metafísica con el cosmos, que en la novela es ejemplificada por el trance ritualista de un saxofonista, descrito por Dean de esta manera:


«Verás, hay un tipo y todo el mundo estaba allí, ¿cierto? Le toca exponer lo que todos tienen dentro de la cabeza. Empieza el primer tema, después desarrolla las ideas, y la gente, sí, sí, y lo consigue, y entonces sigue su destino y tiene que tocar de acuerdo con ese destino. De repente, en algún momento en medio del tema lo coge… todos levantan la vista y se dan cuenta; le escuchan; él acelera y sigue. El tiempo se detiene. Llena el espacio vacío con la sustancia de nuestras vidas, confesiones de sus entrañas, recuerdos de ideas, refundiciones de antiguos sonidos. Tiene que tocar cruzando puentes y volviendo, y lo hace con tan infinito sentimiento, con tan profunda exploración del alma a través del tema del momento que todo el mundo sabe que lo que importa no es el tema sino el ESO…».


Ese momento de absorción llega como experiencia placentera del lapso extático donde la alegría y el terror se abrazan. Mientras ceden al frenesí, oh, hermano, conocemos el tiempo, le dice Dean a Sal. Sabemos lo que ESO es y sabemos del tiempo por primera vez. Y sabemos que todo estará bien, concluye.


Todo. Estará. Bien.


Dean amalgama la interacción entre opuestos. Su comportamiento es una centrífuga de energía que sumerge lo empírico en lo metafísico, haciendo que tanto el bien como el mal fluyan hacia la trascendencia del espíritu.


El final del camino implica un nuevo comienzo. La búsqueda, por deducción, se vive en el viaje, no el destino.


El camino sigue siendo el territorio donde se purga la existencia con el único propósito de liberarse de las ominosas fuerzas de los Estados Unidos blancos y conservadores, la misma nación que hoy se nos impone con el desprecio racial por encima de la justicia.


Y esa es la desgracia de Salvatore: no poder salvar el Paraíso. Dean lo sabe.


En efecto: hoy pienso en ESO. Y en Dean Moriarty.

Kerem Yucel, AFP/Getty

Space X envía un cohete al espacio y el momento es histórico. Esto, por supuesto, ocurre en el cielo.

La nave espacial Crew Dragon va pilotada por Bob Bhenken y Doug Hurley. Los héroes siempre van como los animales en el arca de Noé, de dos en dos. Como Sal Paradise y Dean Moriarty en el On the Road de Kerouac; Leopold Bloom y Stephen Dedalus en el Ulises de Joyce;  como Don Quijote y Sancho Panza.

Pero hoy no escribo de literatura. Hoy escribo del dolor. Hoy escribo desde el miedo y el espanto en un día en que la vida se ha tornado novela distópica.

Estados Unidos, el cliente de empresas Space X, emprende su más importante empresa espacial desde 1980. Como la colonización del oeste, iniciada en 1803. Como el destino manifiesto. Es domingo de pentecostés.

Las imágenes en directo frustran a los terraplanistas: la tierra no es plana.

Lo siguiente, sin embargo, ocurre en la tierra.

Cinco días antes, un lunes del Día de la Recordación, un oficial de la policía de Minnesota hinca su rodilla con precisión, presión e insistencia sobre el cuello de George Floyd. No puedo respirar, suplica Floyd. Por favor, dice. Llama a su madre dos veces. Mamá, no puedo más, es lo último que dice.

Floyd, afroamericano, muere sofocado.

La policía de Minneapolis, que inicialmente había detenido a Floyd por presunta falsificación de un billete de veinte dólares, informa que la muerte de Floyd se debió a un «incidente médico». El informe también expone que Floyd había mostrado resistencia al arresto, aún cuando los vídeos que capturaron el suceso evidencian lo contrario.  

El acto es el más reciente incidente de brutalidad policíaca de policías blancos contra ciudadanos afroamericanos.

Hoy no se duerme en Minneapolis, Atlanta, Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Denver, DC, Columbus, Salt Lake City, Dallas, Houston, Louisville. Amanece Alemania, Dinamarca, Italia y Francia en protestas solidarias.

Sin justicia no habrá paz, dice la pancarta que lleva un manifestante. A Derek Chauvin, el asesino de Floyd, le imputan acusaciones de muerte en tercer grado y asesinato involuntario en segundo grado.

En medio de más de una calle o avenida de los Estados Unidos, un fuego devora la patrulla policial.

Esta será una nueva era, dice Elon Musk cuando habla de su proyecto Space X.

En Nashville, protestantes ahogados por la frustración y la ira, queman una bandera estadounidense. Nashville es todas partes.

En la tele, un grupo rebelde saquea una tienda de zapatos y los medios televisivos cierran fila con la policía. El mensaje se ha perdido, dice un comentarista noticioso en Telemundo; esto es robo y saqueo.

No, el mensaje no se ha perdido: lo que llaman saqueo es el grito de la marginación y la desigualdad. La América corporativa —la que respalda y financia a candidatos presidenciales como Trump— no puede desentenderse del asunto. En Macbeth, Lady Macbeth sueña que lava sus manos pero nunca logra que estén limpias. No puede restregar la sangre que inunda la mirada. El presidente Trump, luego de manifestar que intentará regular las redes sociales, anuncia que cuando inicia el saqueo, la ley es el tiroteo.

Es un acto de valentía por parte de las autoridades, dice un comentarista de Univisión.

En América, fracasar no es opción, dice el director de NASA, en referencia a la nueva conquista del espacio con miras a poblar el planeta Marte.

En New York queman una bandera estadounidense. New York está en todas partes. Estará en Marte.

En Washington, Trump hace un llamado a celebrar la noche de MAGA y reanudar el compromiso con su idea de América. Grandiosa. Nuevamente. En la marcha, supremacistas blancos marchan gritando consignas antisemíticas. Los judíos no nos reemplazarán, dicen. Por orden del gobernador Tim Walz y respaldado por órdenes de los alcaldes Jacob Frey y Melvin Carter, las ciudades gemelas Minneapolis y Saint Paul, así como regiones circundantes, entran en un toque de queda a las ocho de la noche. Todas las noches.

La tierra, para los oprimidos, sigue siendo plana.

No puedo respirar, dijo Eric Garner en julio de 2014 cuando los oficiales de la policía de la ciudad de Nueva York se sentaron sobre su cabeza. Lo inmovilizaron. Lo asfixiaron en la acera de la ciudad.

Michael Brown en Ferguson. Freddie Gray en Baltimore. Breonna Taylor en Louisville; Breonna Taylor dormía al momento de su asesinato a manos de la policía. Es una horrible lista de historias sobre la policía matando seres humanos de raza negra. Y a este punto, las calamidades ya resuenan con espantosa familiaridad. Como informan Kat Chow y Shereen Marisol Meraji en el podcast Code Switch, las historias son tan habituales que, de hecho, sus detalles han comenzado a hacerse eco entre sí.

En una de las protestas en Nueva York, el fotoperiodista televisivo captura a un ciudadano implorando al cielo, sus ojos perdidos en las nubes, supongo.

Se estima que el regreso de los astronautas del Crew Dragon ocurra entre seis a dieciséis semanas, tiempo en que la tripulación deberá permanecer Estación Espacial Internacional.

Un pedazo de historia acaba de ser escrito, dice la anfitriona de la transmisión del despegue del Crew Dragon.

En Minneapolis queman una bandera estadounidense.  Minneapolis queda en todas partes. A nosotros nos toca un pedazo mayor de historia por escribir.

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