Las últimas semanas, nos hemos expuesto a las visitas reincidentes de varios disturbios atmosféricos que, tanto por su frecuencia anormal como por sus dimensiones apocalípticas, han demostrado que la Naturaleza no tiene emociones y que, por tanto, constituye una fuerza destructora de nivel "usted y tenga". Me viene a la mente que un huracán es solo comparable con la mente de un escritor y que, por tanto, sería justo nombrar a los huracanes con nombres de grandes plumas en la literatura universal. La primera lista que propongo sigue a continuación.

A- Alonso
La ventaja siempre es para el equipo local. Manuel A. Alonso, puertorriqueño, y quien irrumpiera como un huracán en el status quo de la época al publicar El Gíbaro en 1849, su intento de acaparar la elusiva realidad puertorriqueña. 

B- Bukowski
Bukowski. Chinaski. Buck. Hank. Todos son el mismo depravado de la contracultura de los '60 y '70. «Some people never go crazy. What truly horrible lives they must lead», dijo. Merecedor de la B.

C- Camus
Postula Joaquim Sala-Sanahuja que el autor de El extranjero crea conciencia de distancia con el mundo, "un mundo que ya uno no puede explicar ni con malas razones". Como decir cuatro huracanes y un terremoto en la misma semana. 

D- Dante
El florentino era tan terrible que escribió una comedia que no daba risa. Era una comedia divina escrita en tuscano, lo que sentó las bases para el idioma italiano. Escrita en tres cánticas -Infierno, Purgatorio y Paraíso- que suman un triángulo. Cada parte consta de 33 cantos, y el 33 es el grado más alto en la masonería. O sea, Dante es un huracán Iluminati. 

E- Eliot
Cualquiera que escriba un poema como La tierra baldía tiene fuerza de huracán. Ciudad irreal bajo la neblina sepia de un mediodía de invierno. 

F- Flaubert
Gustave Flaubert, como huracán, sería terrible. Como escritor era un perfeccionista. Aborrecía el clisé. Se afianzaba en el detalle de lo exacto. Nada de abstracciones. La tormenta perfecta.

G- Gabo
Un huracán con el pulso narrativo de Gabriel García Márquez es de temer. Bajo el Huracán Gabo, pasaríamos cien años de soledad a oscuras, sin duda. Por realismo mágica, baste mencionar la cisterna solar que vi volando durante el huracán Irma.

H- Hemingway
Hemingway tenía mal genio. Era un buscapleitos. Rudo. No le tenía miedo a la muerte. Igual pescaba un aguja azul que le disparaba a un elefante. Doblaba el codo bien y se tornaba irracional. Un huracán en Paris. O en Cuba. 

I- Ionesco
Ionesco se las carga a todas. La sátira pulsa el absurdo. El humor es feroz: burlesco. ¿Quién dijo comedia? Es todo una farsa. 

j- Joyce
Para entender a James Joyce como huracán habría que remitirnos a tratar de entender, descifrar, si tan solo leer, a Finnegan's Wake, donde hay oraciones como esta:

«bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk!»

Un desorden peligroso.

K- Kafka
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso huracán. 

L- Lovecraft
Cthulhu existía antes del tiempo. En un monstruo grande y pisa fuerte. Cualquiera que crea semejante bestia con su imaginación tiene potencial devastador como huracán. 

M- Marinetti
El padre del futurismo. O al menos su donante de esperma. Queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias, dijo en su "Manifiesto Futurista". Categoría 5, sin duda.

N- Nietzche
Dios está muerto. Conciencia desventurada. Suena a Categoría 5.5.

O- Onetti
Otro escritor realista. Porque hay que darle con la cara a algo, ¿no? Esto es Tierra de nadie. El mundo se empantana y caduca en el universo de Onetti. Autodestructivo y endofágico. Categoría 3.

P- Proust
Proust mete miedo. Cualquiera que se llame Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust le hace sonar como si cubriera muchas latitudes y longitudes. Sobre todo, si es un escritor en fluir proteico de conciencia que le lleva En busca del tiempo perdido.

Q- Quevedo
Desterrado, encarcerlado, autopublicado, y en su momento, bastantes enemigos. Se habla de los muchos Quevedo, pero el más peligroso es el satírico. Poderoso caballero. Digno de un huracán.

R- Rimbaud
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté. Hura. Can. 

S- Salinger
Misterioso. Antisocial. Escritor oculto. No se puede uno fiar ni del guardián en el centeno ni de un huracán que lleve este nombre. 

T- Tolstoi
León Tolstoi escribió la mejor novela del siglo XX: Guerra y Paz. I rest my case. 

U- Unamuno
Solo se ve la niebla. Lleno de contradicciones personales, Unamuno era su propia paradoja, lo que coartaba la coherencia. Un sistema algo desorganizado de angustia personal y la idea básica de entender la humanidad. Suficientes honores para nombrar un huracán. 

V- Verlaine
Pues aparte su sitial como maestro poeta simbolista y decadentista, narcómano buona fide y alcohólico probado, le pegó un tiro a Rimbaud y cumplió cárcel por ello. Bad boy. Nunca le des la mano a un escritor zurdo. 

W- Woolf
Autora indispensable quien, con su obra Orlando, evadiera las clasificaciones posibles. Inclasificable, la catalogó Borges, quien a su vez fuera traductor de la obra. «Colaboran la magia, la amargura y la felicidad». Hardball.  

X- Xun
Lu Xun, autor de Diario de un loco. Baste añadir que fue representante máximo del Movimiento del Cuatro de Mayo. en China se le venera como el padre de la literatura moderna. Formó parte de la Liga de Escritores de Izquierdas, grupo de intelectuales afines al Partido Comunista Chino. Boom.

Y- Yeats
William Butler Yeats, en "La segunda venida", escribió:

«Girando sin cesar en la espira creciente
el halcón ha dejado de oír al halconero;
todo se desmorona; el centro se doblega;
arrecia sobre el mundo la anarquía...»

Nada más con el testigo.

Z- Zolá
Emile Zolá no necesita presentadores, pero, con Germinal, el autor francés nos se arma de las municiones naturalistas para apalabrar a los explotados y los oprimidos. La rabia es dura. Duele. 

Pero cada lector tiene el huracán que se merece. Vengan otras listas.


Publicado originalmente en Nagari.
Nunca seremos tan libres como en ese momento en que lo hemos perdido todo. Lo dijo Tyler Durden, ratero de Derridá. Así enunciado, el ser y el estar pueden convertirse en cosa terrible. La clásica dicotomía fenomenológica entre la conciencia y el mundo. La nada se la juega en la noche, y no es un comercial de Bacardí.
Es la conciencia lo que cristaliza la nada en el mundo.
Condenados a la libertad, el desagravio supone encontrar maneras de darnos a la satisfacción. Quizá pasamos más tiempo intentando ser felices que siéndolo. Quizá nos creemos que la plenitud se encuentra a un suspiro de distancia. Quizá nos damos al fundamentalismo del «todo-está-bien» que nos induce a la sumisión.
Pero se pierde la gracia. Se pierde el verano. Ser feliz no es una obligación.
Como en el poemario de Jonatán Reyes, Perdíamos la gracia y el verano.
En la casa tibia de espantos. Manchada de polen. Entre la luz nerviosa. Ahí.
El pan se corta como se cortan los dolores. O como se cortan los versos que no se pintan para quedar bonitos. Persiste esa extrañeza en la poesía de Jonatán Reyes que rebasa el sentido. Como en Mallarmé, las palabras son tanto entes autónomos como unidades de contenido como igual son parte de una sintaxis mayor que, al final, ampara sabiduría. Misterio. Juego. El sol se cae.
La dureza del verso de Reyes se suscita por la ausencia de una apología metafísica. Lo que prima es la cosa y su presencia en los sentidos o en los pensamientos. El modo en que se capta supera lo que se capta.
En «rumor de la bahía», el poeta dice: «Míranos allí, fermentados/ entre la madrugada/ y sus escalofríos». Las cosas que se pudren gozan de cierto glamour. Todo duele. Todo es bello.
La ilusión de la materia es un engaño metálico. Sin duda: preciamos tanto la sensación de felicidad, que nos perdemos en el acto de ser felices, sin nunca serlos. Pero un vaso escalofriante lleno de mar puede serlo todo, nos dice la voz en «En la habitación». La posibilidad de morir en cualquier momento no debería ser una tragedia.
Así, el libro viene en dosis de liberación prolongada. Uno lo lee y todavía al rato es que patea. En fin, que son 36 poemas orquestados en cuatro movimientos. Vivaldi nunca estuvo aquí, y menos en medio de un verano.
El verano, caracterizado por el solsticio que anuncia al sol en su punto más cercano a la tierra, no es motivo de celebración. No saber nada no significa nada. Aquí no se corrompe un sistema. Aquí se desbarata la experiencia personal como en un lirismo punk de ese con el que Sid amaba a Nancy.
“Germina la penumbra sobre/ la penumbra/ el cosmos en su constante masturbación/ de átomos/ gotea/ y destila/ el ardor de su belleza”.
Sin duda, por ser boricua, poeta y latinoamericano, Jonatán parecería que no podría escapar el romanticismo -de un orden biológico- hasta que nos dice “esta generación pixelada no me duele/ ni el líquen raro de una nostalgia” («Año trópico»).
Lo que cautiva de estos poemas es que es escatológico sin remitirse a aporías freudianas. O quizá sí. Mas, qué importa. El poemario de Jonatán ser levanta de entre la bruma de las paradojas.
Hay un incesto en todo. En cada chispa. En cada triza («Monólogo»). Hay que buscar la explosión exacta. A veces escucho a Jim Morrison. Otras, a Rimbaud. En su mejor momento, la poesía de Jonatán alcanza un decadentismo que prima la belleza sobre cualquier fundamento moral. Puro esteticismo. Puro Kant.
Los poemas de Perdíamos la gracia y el verano no se descosen por irreverentes. Al contrario, el poeta que hila estos textos procura enhebrar guiños de métrica clásica por el ojo de la aguja. En «Año.tropico», se nos cuela el yámbico latino en heptámetro: «Tras bastidores vivo una infancia mugrienta…/entre la amnesia de los objetos desalmados». Se alternan las palabras graves de tres y cuatro sílabas con invasiones de esdrújulas. Por su plurivalencia métrica, el poema decanta con efecto modernista y nada de esto es aleatorio.
La poesía siempre es riesgo cuando insiste en desubjetivizarse. «Año de la cosecha», «Año ligero» y «Año.otra tarde» se enuncian desde un plural en primera persona. Quien recibe estos textos es un otro significativo. En el penúltimo movimiento del poemario, los poemas entran en su cuenta regresiva. «A las 15 horas del final», «A las 11 horas del final», y así en regularidad numérica impar hasta deshacerse.
Hasta que los cuerpos se hacen otros cuerpos. Hasta que la nada se hace todo. Hasta que la experiencia se imprime en su lecho de memorias. Todo desenlace tiene su encantamiento bruto. Hasta que la palabra casi, tan solo casi, la alcanza. De otra manera, dejaría de ser literatura.
Si para Foucault la locura se encontraba solo en la vida en sociedad, nunca en la vida salvaje, para Jonatán Reyes la vida solo transcurre como coda de la devastación. Tiene que haber muerte. Destrucción. Cenizas, para que algo nuevo emerja. En ese lugar fértil, en el solsticio de diciembre o en un ocaso cualquiera, «los objetos dan a luz/ y penumbra».
Perdimos la gracia y el verano es un poemario escrito en la frontera entre el ser y el lenguaje. La condición lingüística del poema, no obstante, nunca logrará coadyuvar con su aspiración de conciencia. Por ser poesía, el poeta solo puede presumir el artificio.
Dejar ir la gracia. Despedir el verano. Quema el alma como se debe.
(Repita cuantas veces sea necesario).

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