Yo solo he ido una sola vez a una gallera. Tenía como siete años, quizá menos. Recuerdo el estruendo. Las voces. El ruido. Comprendí aquella frase que solían masticar los maestros y que decía: «Este salón parece una gallera». La analogía es legítima. De una vez que fui, no quise volver. No me gustan ni me gustarán las peleas de gallos.


El Senado federal aprobó ayer, martes, 11 de diciembre de 2018, el informe que prohibe las peleas de gallos en los Estados Unidos, incluyendo a Puerto Rico y demás territorios. 


Las riñas, más que motivo de apuestas, suponen una de las actividades de entretenimiento más ancestrales en el planeta, desde China, India y Persia. Al Caribe llegan desde Islas Canarias y Andalucía, aunque en el resto de España (donde hay corridas de toro) quedan prohibidas. En Argentina se objetan estas peleas en la mayorías de sus provincias, pero en México solo se repudian en el distrito federal, Sonora y Coahuilla; en el resto del país, se permiten. 

Si la oposición es por la apuesta o por la crueldad hacia el animal, da igual. La polémica no es nueva. Ya Manuel Alonso lo había comentado en su fundacional El Gíbaro de 1849, que dejo por aquí. 

Escena VII
p. 77-86 de El Gíbaro (1849)
por Manuel Alonso

Puede pasar un pueblo de la isla de Puerto Rico sin espectáculos públicos de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase en él; pero jamás pasaría sin un ranchón grande, cubierto de teja yagua o paja, en cuyo centro hay un círculo de ocho o diez pasos de diámetro formado de tablas, con una gradería alrededor, hecha de lo mismo: cuando se trata de fundar una nueva población no es extraño ver que aparece este edificio mucho antes que la iglesia, y en no pocos parajes en que el número de casas de campo es crecido, estando a alguna distancia de los pueblos, se ve también que le hay, si bien falta una ermita o capilla. Esta entidad que preside en todas partes, esta avanzada de la creación de nuevas sociedades en sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto idólatra, es la Gallera. Examinaremos en esta escena su objeto e influencia moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los gallos, los galleros y los jugadores, como actores principales, y después de las peleas, desafíos, etc…

El gallo, animal célebre desde la más remota antigüedad, ídolo de algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para recordar a uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan querido como en las Antillas; hay una clase sobre todo llamada gallo inglés, que es el compañero inseparable del jíbaro.

Antes de salir del cascarón, ya se ha cuidado de legitimar su origen, poniendo a la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal, un bosque u otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores del sultán, que después de haber muerto en el combate a su terrible adversario, viene cubierto de honrosas cicatrices a reinar en medio de sus favoritas. De allí es trasladada la clueca, y su nido se coloca en la casa en el sitio más a propósito, cuídasela con mucho esmero, y el día en que sale rodeada de sus polluelos es un día de gozo para la familia. Empiezan entonces las discusiones sobre el sexo, color y demás cualidades; los amigos y conocidos averiguan los grados de parentesco que tienen los recién nacidos con los gallos de más nombre de todos los pueblos cercanos, recorriendo las líneas colaterales, con más afán que un hidalgo pobre que desea acercarse a un título de Castilla.

Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en su mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la madre; entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en casa y poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca importancia como pudiera parecer: los jíbaros saben muy bien que un terreno en que los animalitos puedan escarbar, fortalece mucho sus patas y su pico; así como el criarse en el bosque les hace vigorosos en el vuelo; circunstancias no despreciables, puesto que de ellas depende más adelante la probabilidad de la victoria.

Es también de notar el cuidado que tiene todo criador inteligente en impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos, alguna gallina; porque reñirían hasta matarse; y si por una casualidad no sucediera así, perderían mucha pujanza, siendo más débiles en el combate; cada día les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el criadero, y se asegura muy a menudo del estado de la salud de los futuros gladiadores.

Estos cuidados duran año y medio o dos, hasta que entran en la escuela práctica, bajo la dirección del gallero; este es un hombre blanco, negro, o mulato, gordo o flaco, alto o pequeño, por lo regular de alguna edad, que es capaz, por su mucho conocimiento en la materia y por su acrisolada paciencia, de instruir a un gallo, sacando todo el partido posible de las disposiciones que presenta, desconocidas a los profanos en el arte; mas que para él son el objeto de un estudio continuo. Debe además ser vir probus en toda la extensión de la palabra, pues a su rectitud se fían grandes sumas, como veremos después.

Hacerse cargo de la completa filiación de su pupilo es la primera diligencia del gallero, que en dos minutos sabe si aquel es rubio, giro, pinto, cenizo, canagüey, gallina, ala de mosca, jabao, blanco, o negro; si es pava, roson o guineo; si es pati-negro, pati-amarillo o pati-blanco, si es cinqueno, bajo o alto de espuelas; si tiene la canilla larga o corta, si es largo o ancho de cuerpo, si aletea con fuerza, si tiene la pluma madura, etc., no olvidándose nunca de oírlo cantar, para conocerlo después por la madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre centenares de gallos que cuidan y acondicionan, conocen a cada uno por el canto, sin que se engañen jamás.

Desde este día, hasta aquel en que está en disposición de jugarse, pasa el gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto siempre a un régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se llama darle condición; o, lo que es lo mismo, ponerle en disposición de reñir con las mayores ventajas posibles de su parte. Córtale el gallero la cresta y las barbas, le pela con unas tijeras el pescuezo y la parte posterior del cuerpo, le recorta la cola a unos cuatro traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la punta de las plumas del ala; le pone una cabulla por sobre la espuela para que no pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de una a otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande, alquilada expresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo que no puedan alcanzarse, a un clavo fijo en las tablas del piso, o encerrados en jaulas grandes de madera, con su división para cada uno.

Al salir el sol los sacan al corral o frente de la casa, atando a cada uno en su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes de esto los rosían con buches de agua y aguardiente, y los tienen allí basta las diez o las once de la mañana. Por la tarde vuelven a sacarlos, y al ponerse el sol les dan el maíz y el agua graduados según su peso y el resultado de la última prueba.

Estas pruebas son las botas y los coleos; las primeras consisten en echar a reñir dos gallos de igual peso con las espuelas embotadas o envueltas en trapo o papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse; el gallero observa atentamente a cada uno, si pelea alto o bajo, si pica a la cabeza, al pescuezo, al buche, a la cabeza del ala o debajo de ella, si es de carrera, si juega la cabeza, si pelea de afuera o apechuga, si engrilla o voltea, etc.; y según lo que nota, coge a uno de ellos en la mano y le maneja delante del otro con tal habilidad, que, siguiendo este sus movimientos, se acostumbra a pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama coleo. Si el gallo se cansa en estos ensayos por exceso de gordura, se le rebaja la ración diaria; si está débil, se le aumenta; habiendo tal variedad, que unos pelean mejor cuando están gordos, y otros estando flacos; de lo cual resulta su división en gallos a la vista, y gallos de saco.

El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho de cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe jugarse a la vista; esto es, comparándole al descubierto con su adversario: cuando el que pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo de cuerpo y tiene la cabeza alta, debe jugarse al saco; esto es, equilibrándole en una balanza con su competidor dentro de dos sacos que pesen lo mismo.

Cuando está acondicionado, lo cual se conoce por las botas y coleos y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte posterior del cuerpo, se lleva a la gallera para jugarlo con más o menos dinero, según las cualidades que ha manifestado: y aquí es muy interesante el papel del gallero, que durante la riña, se llama coleador: casa la pelea conforme a las reglas establecidas, salvo algunas ligeras modificaciones como el enseñar la cabeza del gallo, para conocer por la cicatriz de la cresta si los dos son de una edad, el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media onza de ventaja, etc., y hecho esto,

Los agusan, los rustan
Y si ey día es abansao
Les dan tres o cuatro granos
De maís medio mascao.


No hay palabras para pintar la fiereza de aquellos animales: al principio no llegan a picarse, sino que se hieren al vuelo: a estos primeros golpes es a los que llaman tiros bolaos; pero no tardan en comenzar, y cada picotazo va seguido de una puñalada, que el contrario evita con destreza, o recibe con heroico valor; sus cuerpos se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y apenas pueden tenerse; llegando muchas veces a quedar después de algunas horas rendidos de fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: a esto se llama entablar la pelea: otras huye uno, muere, queda fuera de combate, siendo el otro vencedor.

Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar a la cabeza del ala, clavando la espuela debajo de ella, dar en el yunque, que así llaman a la nuca, etc. La carrera es también un grandísimo recurso; los hay que corren alrededor de la valla delante del contrario, que si no tiene también esta cualidad se cansa persiguiéndolos, entonces es vencido fácilmente; llegando algunos a tanto, que, si mocen desventaja por su parte, se detienen sin correr, hasta que otro vuelve a seguir riñendo.

El ojo de lince del coleador sigue todos los movimientos de su gallo, mientras que los espectadores de las gradas publican en alta voz la cantidad que quieren apostar a su favor, y le animan con las exclamaciones más originales:

Pica gayo, engriya jiro,
Mueide al ala renegao,
Juy qué punalón de baca, etc.


que se repiten a cada nuevo encuentro.

Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un careo, los cogen los coleadores, los limpian chupando la sangre de todo el pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados le vuelven a veces la vista y los reaniman para volver a la reyerta. Un número determinado de careos sin que ninguno de los combatientes embista al otro entabla la pelea.

Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no sería muy completa, sin añadir algo que venga a confirmar lo establecido al comenzar este artículo: bastará decir, que muy raro es el jíbaro que no cría gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la gallera, y que algunos vuelven a su casa por la noche, sin llevar la carne que habían ido a comprar al pueblo para toda la semana siguiente, porque les tentó algún pati-marillo o coli-blanco; mas ¿a qué detenernos en otras cosas, cuando una simple relación de un desafío basta y sobra a nuestro propósito?

Los desafíos, que no son más que la reunión en un pueblo de los gallos más famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande anticipación, y se verifican en días señalados. Algunos antes empiezan a llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre lleva una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis u ocho gallos, en su saco cada uno; así son trasladados hasta a ocho y diez leguas de distancia. Llega por fin el día deseado: toda la población se inunda de gente, una gran parte de la cual no tiene otro objeto que ver jugar un gallo conocido, y para esto ha hecho a pie muchas horas de camino. En la pelea se sigue las mismas reglas que en los casos ordinarios, con la única diferencia que se atraviesan mayores cantidades, y que el concurso es mucho más numeroso.

Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo de pensar acerca de la gallera: yo reconozco la oportunidad de su deseo; pero no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestión más difícil de resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué puede contestarse a la pregunta de si el juego de gallos es útil o no? Diremos, que como causa de la comunicación de unos pueblos con otros, como medio de que circule el dinero, y como mero pasatiempo en los días festivos, no hay duda que lo es; más como ocupación, como camino que puede conducir a otros vicios, y como ocasión de perder el dinero destinado al sustento de una familia, es altamente perjudicial. El tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo a esperar que cuando haya otras diversiones públicas y a medida que adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer completamente.

Este es el amuleto:

Alguien entra al baño donde la mujer se refugia. La mujer lleva días allí y su nombre es su necesidad: Auxilio. Todo en orden mi sargento, escucha decir, y entonces la mujer, atrincherada en el váter, piensa en la proximidad del final. Levanta los pies lentamente «como una bailarina de Renoir» e imagina que quienquiera haya entrado revisará uno por uno los puestos de baño e irremediablemente dará con ella. Auxilio se propone defender el último reducto de autonomía universitaria y resistir a lo que su presencia descubierta conceda.

Quien entra es un soldado y su intervención es parte de la toma por la fuerza de la Universidad Nacional Autónoma de México por parte de las fuerzas militares del gobierno mexicano. La fecha es el 2 de octubre de 1968. Afuera, los estudiantes de la UNAM protestan y el ejercito de Díaz Ordaz está al asecho.

Lo que prosigue es un silencio.

Un silencio de corazón que detiene los latidos. Un silencio que enfila entre la vida y la muerte. en el principio, fue el silencio. Luego, nació la palabra, una violencia rara.

Las leyes de la matemática la protegen, piensa la mujer. La fuerzas de las tiránicas leyes del cosmos se oponen a las leyes de la poesía. En la singularidad del váter, encuentra su opuesto: el soldado la busca. Se mira al espejo del baño y, a partir de ese momento, el soldado y Auxilio se asumen como «las dos caras de una moneda atroz como la muerte».

Auxilio, cuya forma de desplazarse hacia el objeto observado es «como si trazara una espiral», se fusiona con la refracción especular del soldado. Pero Auxilio también es Remedios Varo, Leonora Carrington, Eunice Odio y Lilian Serpas. Auxilio, la madre de la poesía mexicana y de todos los poetas, como ella se autoproclama, dará a luz a la historia y se convertirá en la testigo del destino de Latinoamérica entero. De pronto, nos confrontamos con dos posibilidades: o Auxilio está loca, o tiene la capacidad de desplazarse por planos existenciales paralelos.

La protagonista de Amuleto es Auxilio Lacouture, novela de Roberto Bolaño que surge como desplazamiento, retoma, desvalijamiento, desmenuzamiento y ensamblaje del cuarto fragmento de la parte II de Los detectives salvajes. Viajera en constante movimiento, va de Uruguay a Argentina a México y delega la decisión en sus desvaríos mentales. O sea, por locura. Tal vez fue la locura.

El tema de la inestabilidad mental requiere tratamiento artístico y comedido para que sea caótico y artístico. La incoherencia no puede ser consciente, porque la locura no lo es. Por tanto, que Auxilio se considere loca a sí misma pues no deja mimos para la compasión. Su locura es, entonces, la de otro reino: la beatífica, la de los vagabundos del Dharma como instancia elevada de la existencia. 

Bolaño parece en sus mejores momentos un Jack Kerouac lúcido y delirante a la vez, intensamente espiritual. Bolaño es un beatnik estoico que busca la iluminación ciega en la cotidianidad de la vida. Observa el mundo con los ojos inocentes con que Kerouac emprende su búsqueda en el camino y encuentra la locura absoluta y fantástico de hacer la vida a plazos cortos. 

Contingente y admisivo, la locura es una experiencia reactiva egoica en lugar de un padecimiento. El comportamiento de la nueva bohemia poética y sus formas de arte a menudo asumen en Bolaño una apariencia de locura, pues sus personajes descubren, sin darse cuenta a veces, la intensidad que reside en vivir la locura. Catarsis de experiencia peligrosamente acrecentada. Producción y consumo del deseo ante la caída aparatosa de las utopías.

De esa locura beatífica, la propia Auxilio se plantea: «Me estoy volviendo loca?... ¿Fue ésta la locura y el miedo de Arturo Gordon Pym», aludiendo a esa novela de cegueras blancas de Edqar Allan Poe y donde la civilización y la barbarie, esa gran dicotomía de Nuestra América, oscilan en torno al eje argumental.

Estipulado quede: es una locura sana.

Por otro lado, Amuleto guarda para sí secretos de la física cuántica, la teoría de cuerdas como una teoría de todo, quizá a manera presentar a Auxilio como una viajera en el tiempo que se desplaza en el pasado, presente y futuro de México y de toda América Latina para presenciar, tristemente, al final de la novela. O el final de todo. O quizá el loco soy yo.

La narradora, Auxilio, tiene conciencia de su auditorio, al que llama «amiguitos». La uruguaya trabaja para los poetas León Felipe y Pedro Garfias, ambos, como ella -como Arturo Belano (uno de los personajes protagonistas de Los detectives salvajes) o como el propio Bolaño-  exiliados. Garfias frecuentemente observa un florero cuya boca negra y sin fondo asemeja un hoyo negro en el cosmos (algo que notaron María Burgos y Camila Padín, estudiantes de mi curso novela experimental), y que es solamente abarcable por la tristeza de Garfias. En un momento dado, el pasillo de la Facultad de Filosofía y letras parece que «hubiera entrado de golpe en la dimensión desconocida». Por las noches, Auxilio crece, se transforma, se convierte en un murciélago y transita por la bohemia mexicana.

Auxilio cree que la vida está cargada de cosas enigmáticas, «pequeños acontecimientos que sólo están esperando el contacto epidérmico, nuestra mirada, para desencadenarse en una serie de hechos causales que luego, vistos a través del prisma del tiempo, no pueden sino producirnos asombro o espanto».

El desplazamiento de Auxilio por el tiempo, en la medida que ella narra desde el váter, haría pensar que ha entrado en un vórtice de tiempo, quizá un wormhole, en donde todos los riesgos y todos los misterios se manifiestan de maneras cuánticas, desde la aparición y reaparición de personajes que cruzan planos existencias hasta anomalías paranormales. Así, «el año 68 se convirtió en el año 64 y en el año 60 y en el año 56. Y también se convirtió en el año 70 y en el año 73 y en el año 75 y 76. Como si me hubiera muerto y contemplara los años desde una perspectiva inédita. Quiero decir: me puse a pensar en mi pasado como si pensara en mi presente y en mi futuro y en mi pasado, todo revuelto y adormilado en un solo huevo tibio».

Aquí huele a Lovecraft y a Philip K. Dick. Pero también a Hawkings y Michio Kaku. La ciencia física, sin duda, informa a Amuleto sin hacer de esta una novela de ficción especulativa.

Mas luego el relato contrasta con la imagen realista del recuento que Auxilio describe en el capítulo 2: «Me asomé a una ventana y miré hacia abajo y vi soldados y luego me asomé a otra ventana y vi tanquetas y luego a otra, la que está al fondo del pasillo (recorrí el pasillo dando saltos de ultratumba» dice, y añade: «y vi furgonetas en donde los granaderos y algunos policías vestidos de civil estaban metiendo a los estudiantes y profesores presos, como en una escena de una película de la Segunda Guerra Mundial».

La nefasta Masacre de Tlatelolco, que Auxilio atestigua y resiste de el baño de la Facultad de Filosofía y Letras, deja entre 200 y 300 muertos. Esto, por supuesto, no es ficción. Así, la novela de Bolaño se cuelga de un polo material, que es la historia de la masacre de Tlatelolco, y otro ideal, que viene poblado de alucinaciones, sueños y memorias.

Y luego, el capítulo de cierre.

Auxilio atestigua (¿alucina?) desde su refugio sanitario la imagen de un grupo de niños que cantando se dirigen directamente hacia un precipicio. Es el fin de un valle. Es el fin de un canto.
Y el canto habla de la guerra. De hazañas heroicas. Y de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados.

Con el paisaje, al pie del abismo, cae el relato.


Locura beatífica o visión cuántica, en efecto: este es nuestro amuleto.


Publicado originalmente en Nagari Magazine.

man mending memory

words dripping sick in mud
café con leche brown on a gray
Saturday afternoon when the wind
has shaken naked the orange
tree after eight hours of rain:
some hurtful words my dad tells my mother

my teeth screech against
the sky and I sit outside
under the washed-out moon
waxed on my chest full of summers
swamped in yellows and greens
and all its concomitant abundances:
they rest impervious to the suicide of day


Published in 8 Poems: Literary Journal. Issue 1.6 (December 2018)

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