Éste es el relato más triste que nunca he oído. Empieza, como todos los verdaderos relatos, quién sabe dónde. Un hombre que padece de deficiencia de alfa-1 antitripsina, una enfermedad genética de los pulmones, y la cual le diagnostican a los veintinueve años, decide pasar el resto de sus días trabajando como carpintero y pescador comercial, a pesar que posee un doctorado en filosofía de la universidad de Yale. De 1980 a 2002, solo vive. Y escribe en silencio.
Entonces, en 2006, a los 66 años decide publicar su primera novela: Firmin. Obtiene el reconocimiento negado y luego muere joven, doce años después.
Como cartógrafo del alma, se da a la búsqueda del comienzo de la crónica de su vida.
A veces me complace pensar que mis primeros momentos de lucha por la vida vinieron acompañados, como marcha triunfal, por el desmenuzamiento de Moby Dick, dice el narrador de la novela, una rata de biblioteca. Literalmente. Ello explicaría mi naturaleza extremadamente aventurera, añade.
Firmin no es una novela nueva, pero la recuerdo como el primer libro que leí en formato de e-book. Deliciosa, deleitosa y digerible, se deja degustar con fijación láctea a la vez que entraña ese tono de tristeza que se destila en la ingenuidad del narrador, una rata que nace en el sótano de una librería en Scollay Square, localizada en el Boston de finales de los años sesenta. La rata antropomorfa llega al mundo entre las páginas de lo que ella misma llama «la obra maestra menos leída del mundo»,  Finnegans Wake. La novela de James Joyce sirve, irónicamente, como despertar para la rata Firmin, puesto que sus páginas le sirven de alimento (literal, nuevamente) durante los primeros días en que el roedor, el benjamín de una familia de trece hermanos, debe luchar para alimentarse de una de las doce mamas de su progenitora.
Firmin no sólo comienza a devorar la novela del escritor irlandés –o sea, le vale lo de come libros-, sino que también sueña con una decimotercera mama de la cual él pueda succionar y alimentarse de su madre. Revuelto en «hipertrofia léxica» o, como Firmin mismo le llama, «bibliobulimia», la rata desarrolla un gusto por los libros que devora. La repetición grotesca de la locura quijotesca es, sin lugar a dudas, lo que conduce a nuestro héroe a alucinar que, en realidad, él es un ser humano encerrado en cuerpo de rata.
Me atrae le hecho de que, siendo la rata narradora y protagonista, la historia recupera la mala maña beckettiana de focalizar sobre la escisión entre el sujeto y el objeto. No es debatible el hecho de que, siendo un animal generalmente repulsivo y grotesco, Firmin exhiba profundidad de pasiones humanas. Muy particularmente, su formación literaria queda domeñada por el entorno espacial: vive en una biblioteca.
Y uno piensa en el flâneur citadino,  en las relaciones espaciales del paseante en la ciudad, del caminante de Baudelaire o del Benjamin parisino, y su interacción con el paisaje en constante expansión, pero en la novela de Savage la rata se reduce al espacio del sótano donde, a la vez que lo enclaustra y lo inmoviliza, le revela un hoyo negro (¿podría decirse que un Aleph?) a otras dimensiones literarias. El cuerpo fenomenológico del observador apacigua la guerra con el mundo exterior y se sumerge en sí mismo.
Existe porque lee. Es todo.
Y es todo hasta que Firmin encuentra su reflejo en un espejo.
El patetismo de Firmin es uno de los giros depresivos de la novela de Savage.
Al creerse humano, la rata pretende integrarse al mundo de Norman, el dueño de la librería, cuya confianza Firmin intenta ganar por medio de obsequios que le va dejando. Sin embargo, lo que recibe en respuesta nuestra rata literaria es —ya saben, de manera literal— veneno, señuelo que no logra su objetivo físicamente, pero causa el primer desvarío emotivo en Firmin: la desilusión.
De desilusión padecemos todos los que leemos y escribimos.
Por ende, Firmin decide aprender otros métodos para comunicarse con el mundo de los humanos, y, luego de ensayar un par de frases que aprende —de un libro, por supuesto— sobre lenguaje de señas, sale a un parque en busca de un interlocutor.
Claro está:  la desilusión, como en otras dos historias que guardan similitud con Firmin, La metamorfosis de Kafka y El perfume de Süskind, es irreversible, y lo que encontrará será el golpe que le propina un hombre con su bastón y que deja a la rata con dificultad de movimientos.
Entonces, Jerry, un escritor solitario y que vive contiguo a la librería de Norman, rescata a Firmin, pero ello sólo agrava el alcance de la nueva miseria que el mundo exterior ha traído para la rata. Es en casa de Jerry donde Firmin adquiere consciencia de su aspecto físico: es una rata.
La obra de Savage no esconde sus antecedentes, entre ellos, las Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, perturbadora y perturbada novela escrita por el maestro ruso durante uno de los momentos de mayor incomprensión de su realidad externa. De Memorias del subsuelo, se extrae que en el segundo capítulo de la primera parte (titulada “La ratonera”), el narrador nos dice: «Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello».
La condición humana, reducida en su indigencia existencial, circunvala lo escatológico.
El fracasar hasta en el fracaso. Fracasa mejor que antes, como exigía Beckett, se reconstituye en la cucaracha de Kafka, o, incluso, en la garrapata de Süskind.
Firmin es una novela sobre el fracaso de los humanos, cuya invención más grande ha sido el lenguaje, la materia de la que se compone la ficción de la vida.
Baste entender de plano que la rata aborrece a los de su propia especie (incluyendo a Mickey Mouse y a Stuart Little), imagina que baila como Fred Astarie y que toca el piano como Gershwin. Es ese querer ser lo que no se podrá ser la proposición que dirige hacia el humor patético de esta novela. Así, si Gregor Samsa muere inefablemente cucaracha, y Jean Bapiste Grenoille termina como bocadillo de sacrificio caníbal, la rata Firmín se humaniza en la literatura,  pero, como héroe trágico, muere triste y alicaído al volver a la librería de Norman, la cual ya para entonces ha cesado funciones comerciales.
Entre libros, en su lugar de ensueño, se desvanece en la geografía de lo imaginado.
Su regreso triunfal es su fracaso, porque sólo se sabe feliz cuando vive en el mundo de las grandes imaginaciones, que es, a su vez, el único mundo posible— ese mismo mundo del cual el Molloy de Beckett se siente renegado. De vuelta a su rincón de mundo, entre libros y palabras, el regreso a la semilla marca el fin: la librería deviene a ruinas bajo las explanadoras que destruyen, finalmente, el Scollay Square.
Sam Savage, como Firmin, muere solitario. Fue un 19 de enero de 2019.
Savage es único, pero Firmin somos todos. Siempre ilusos, siempre viviendo en alguna cita o pasaje de algún libro que nos recrea y nos da forma; quizá leemos mucho porque somos ratas solitarias o si somos ratas solitarias por leer tanto.


“Get your pictures with my iguanas: 5 dollars. Aproveche!”
-Man on the streets of San Juan carrying two iguanas and a camera

let us crawl, then, you and I
basking in the sunset       you stand by
the sidewalk vendor      fishing fortune
head bobbing on a thought gentle as Autumn
breeze brushing cobblestones       I imagine
your dress falling endless at my sight
cardinal and obscene       I stop time
crushed between your teeth like moths
dead formidable inside a mouth of fire
rumba blasting loud       your Old San Juan
smile distances and makes the palm
trees rattle their leaves to the orange
beating poetry of this I-want-you
that roams like a lost tourist beer
hunting       lips piña-colada-cherry red
and hair spiked as a pineapple crown
pricks the memories        I would like to write
you into human form and make babies
forever       populating the dry deserted city
till human voices wake us

and our tongues flicker

--from Wonderful Wasteland (UPK, Fall 2019)
Alive Neel: Andy Warhol, 1970.



como pienso en ti esta noche, Andy Warhol,
vagando las góndolas de Topeka
amándote en la canasta de metal
como arqueólogo en busca de fósiles;
amándote así, letal y sobrio,
con hambre de todo y apesadumbrado,
buscando quince minutos de fama;
que no invento mi código de barra
Y ni siquiera sé si yo existo.

te vi, Andy Warhol, príncipe del pop
con tu póster de Marylin, buscando
un chico dulce que prestara el cuerpo
tu pelo argentado por las estrellas
flecos de platino apuntando en todas
direcciones de la rosa náutica;
que es tu corazón tan eléctrico,
ecléctico, dialéctico, irónico.

¿adónde vamos hoy, Andrés Warhola?
¿traes contigo ese teléfono de Dios?
llevas en el pecho una cruz de balas
y vendas ceñidas como cinturón.
pero tu lata de sopas orienta
hacia esa rola crasa de Lou Reed,
bajo un cielo pintado por Basquiat,
cielo negado de Manhattan.

¿dónde brindaremos con Coca Cola?
dime, Andrés, ¿iremos a The Factory?
¿pintaremos de verde las aceras?
¿me harás un par de zapatos carmesí?
¿pondrás mi rostro en un billboard santo?
¿masificarás mi lamento en arte?
mira que sí: el dinero es una musa,
y mis labios se mueren por su beso.

--Vicios de construcción, 2008.
Publicado originalmente en Nagari
Si la información es poder, preguntémonos que hay con el sexo. El amor, la fantasía y el Otro se han ido disolviendo en las maneras del narcisismo rampante con el que consolamos la mirada en el espejo. Byung Chul-Han, en La agonía del Eros, se pregunta, incluso, si el amor es todavía posible en el siglo XXI, cuando el sexo tiene más poder que la información y nos disolvemos en maneras inanes de establecer relaciones.
La idea del Otro queda desgastada por el corrimiento hacia la geografía del narcisismo. En el infierno de lo igual, el Otro no tiene espacio. Y amar es vaciarse en el otro.
El amor, en sus múltiples manifestaciones, viene a ocupar un extraño lugar en nuestras vidas y a la misma vez nos va dejando más vacíos, porque el Eros requiere un afuera sin simetría, no tanto de una media naranja. El amor es estéril desde el egoísmo, desde el Yo, porque, contrario a los manuales conductuales y de autoayuda, uno jamás puede amarse a sí mismo sin amar al otro. La idea de amarse a uno mismo es la misma que rige la endofagia. O al narcicismo. O los nacionalismos: se crean los límites interiores sin posibilidad de cruzar la imagen propia hasta que el mundo comienza a parecerse a uno mismo. Las formas de ese límite no liberan espacio para el juego entre las coacciones externas. Es decir, nos erosionamos en un agotamiento paulatino que nos expone como cuerpos de mercancía. Objetos de apreciación. Productos en escaparate. O porno, o la ausencia de lo real.
Chul Han sostiene que vivimos tiempos en que somos incapaces de sobreponer al amor -lo afectivo- sobre el sexo -lo material- porque el segundo ha perdido su cárcel moral. Digo, podríamos citar que la historia del mundo se ha escrito desde la cama, como la unificación del reino español en 1492 o la emergencia de Inglaterra como poder separado de la Iglesia Católica en 1533. Pero el Eros, no; el Eros no juega, porque es incapaz de sobrevivir en la soledad, necesita del otro, de la media naranja o del otro significativo. El sexo solo es amenazado hoy día por el exceso de sexo. Lo profiláctico, lo seguro y/o lo virtual predominan sobre la caricia, el mimo o la ternura. La respuesta es la imposibilidad del amor ante la mercantilización del deseo.
Acumular. Consumir. Ganar. Un capitalismo que des-erotiza la vida.
Los animales, por supuesto, no tienen este problema, pues el instinto de protección es eso: un instinto de preservación de la especie, que no es amor, porque el amor no quiere preservar nada. El amor es como el fuego: consume y solo puede generar más fuego. O devastarlo todo.
La vida siempre enfrentará a la muerte porque necesita morir para vivir. Cancelar la muerte es remitirnos a nuestra naturaleza animal, pues los animales no saben del tiempo y por tanto, no se atormentan por morir. Por ello, los animales no saben del Eros.
En el espectro del deseo somos, como diría Bataille, seres discontinuos en el tiempo. Y una de las maneras en que trabajamos con esa limitación es deseando un objeto externo a nosotros; algo que, irónicamente, nos hace sentir internamente.
Por ello, erotismo y religión guardan entre sí una relación jónica. Ambas se atraen y se cancelan. Cumplen la misma función. El eros conduce al alma, al interior y a la razón.
Lo interesante es cuando lo erótico se torna experiencia religiosa, y viceversa, privilegiado desde el Kama Sutra hasta Sor Juana. Nuestra búsqueda de continuidad en el tiempo bien podría ser experimentada y cuantificada.
El sexo, por supuesto, no es erotismo
Nos queda muy claro: un documental sobre dos monos que copulan es educativo; pero si son dos humanos, es pornografía. Si el sexo como tal no es erótico, el erotismo se vincula con el sexo. Como la religión, lo erótico es enteramente humano. Los animales no van a Condom World pero tampoco toman misa los domingos. Los animales no se imponen restricciones.
Los tabúes, pues, tampoco son entes fijos y naturales. En el Líbano, por ejemplo, la ley tolera que los hombres practiquen sexo con animales hembras, pero no con machos. En Guam, las mujeres, según la tradición, no pueden casarse si son vírgenes, y por ello existe el “desvirgador”, una suerte de juglar sexual que va de pueblo en pueblo y cobra por su oficio. En Hong Kong, la mujer puede matar a su marido si éste se acuesta con otra. En Maryland es ilegal vender condones en máquinas expendedoras, a menos que se encuentren en una barra que vendan bebidas alcohólicas.
Bien lo ha dicho Bataille: el tabú es patológico y neurótico, pero necesario.
De otro modo, no se cumpliría la máxima de evolución humana: transgredir los límites. O nos erosionamos en un agotamiento paulatino.
Cuerpos de mercancía. Objetos de apreciación. Productos en escaparate. Porno, o la ausencia de lo real.

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