Publicado originalmente en Nagari.

A doscientos años de su nacimiento, Walt Whitman sigue siendo el poeta de lo corpóreo y el poeta de lo intangible. Se merece todos los homenajes y celebraciones, no solo porque él se cantaba y se celebraba a sí mismo, sino porque Whitman encarna la poesía como nadie. Es un mito. Emblema. Fuerza. Un personaje. La poesía no es otra cosa que él mismo.

Whitman siempre fue viejo y joven; sabio e inocente; poderoso y vulnerable. Un genio. Un profeta.

Nacido un 31 de mayo de 1819, en West Hills, Long Island, Whitman vivió como un iluminado. Apegado a su madre y un tanto reservado con su padre, el poeta comenzó su carrera como manejador de prensas en una imprenta en Nueva York. Se rodeó de libros. De modos. Todo cuanto es de él nos pertenece, porque así lo él dispuso. Si el planeta se quedara sin libros, y tan solo subsistiera una copia de Hojas de hierba —su trabajo de toda la vida, publicado inicialmente en 1855—, seguramente Whitman sería el camino para reencontrarnos con los modos del espíritu, aquello que no posee masa ni tiene volumen, pero pesa en los respiros.

Entre la primera edición de Hojas de hierba y la última, conocida como la «Edición del lecho de muerte» de 1892, Whitman produjo Drum-taps (1865), Democratic Vistas (1871) y Specimen Days (1882). La vida entera hecha poema, Whitman persiguió la sublimación absoluta y la extrapolación de los opuestos binarios que ordenan y jerarquizan a la sociedad occidental. La voz poética que electrifica el cuerpo de su obra es un ser completo, un Yo liberado a través de formas de expresividad literaria. En Whitman, la poesía es algo que sucede todo el tiempo, todos los días.

Probablemente, Whitman incorporó la honestidad a una poética que, en los Estados Unidos de mediados del siglo XIX, todavía miraba a los modelos europeos. Whitman soslaya la suma de las partes: Whitman es la suma misma. Desde la diversidad de su propio Yo, el poeta emancipó el verso de su cauce métrico y le dio la libertad del aliento. Un verso largo, bíblico. Que canta, distante de lo que intentaron lograr otros poetas posteriores como Carl Salomon o Allen Ginsberg, quienes emularon el estilo de Whitman pero igual solían ser más retóricos. Ser este increíble Dios que soy, escribió Whitman en «Canto a mí mismo». Whitman es una paleta de colores, un crisol, parte y partícula de todo cuanto existe.

Para Borges, Hojas de hierba es un libro absoluto; Whitman, un viejo elocuente y salvaje que para Lorca es un anciano hermoso como la niebla. Neruda anduvo sobre el pasto y sobre el firme rocío de Walt Whitman, cuya vision cósmica reverbera en el universo poético de Ernesto Cardenal. Whitman es tan iberoamericano como caribeño. El 19 de abril de 1887, José Martí publica en el diario mexicano El Partido Liberal un artículo intitulado “El poeta Walt Whitman” donde reclama que hay que estudiarlo porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. Ya antes Martí lo había llamado poeta rebelde, indócil a las formas, poseedor de un lenguaje «tierno y lleno de matices de lunas». En Whitman, dice Martí, «las cosas del cielo y las maravillas de la naturaleza» se celebran con «desnudez primaveral». A veces, «con osadías paradisíacas». Pedro Mir, el poeta dominicano, responde en «Contracanto a Walt Whitman»: «[q]ue nadie me pregunte/ quién es Walt Whitman./ A través de los siglos / irían a sollozar sobre su barba blanca».

En Puerto Rico, Whitman es un fantasma que corre por la poesía de Lloréns Torres, Ernesto Álvarez, José Manuel Torres Santiago y Víctor Fragoso, por mencionar un puñado de escritores que encontraron señales en el lenguaje idealizado del poeta niuyorquino. Porque no hay nada más fiel al ser que la poesía; nada más perverso o divino. El poeta es un dios pequeño, diría Whitman y lo repetiría Huidobro. Y si el poeta es dios, la poesía es todo.

En efecto, en Hojas de hierba la poesía está en la ciudad y en lo público; en la desnudez y en el decoro; en lo bucólico y lo retraído; en la mujer y en el hombre. La ciencia encuentra su anverso en la espiritualidad y viceversa. «Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido». No hay desperdicio. Todo se vale y se valida. «Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos, naturaleza sin freno con elemental energía» canta Whitman en «Canto a mí mismo».

Es una lección de vida: la poesía sostiene el universo. Lo abarca todo. El ser es un acto de resistencia.

Eso es lo irrefutable: la poesía como estado de la existencia.

Walt Whitman, viejo hermoso hecho de multitudes, es un cosmos. Y todo cuanto es suyo también es de nosotros.
Gediminas Pranckevicius


Publicado originalmente en el Latin American Literature Today


«Temo que no son buenas las noticias desde La Isla, lo que ahora contaré,» dice la narradora en la línea de apertura en la novela Malas noticias desde La Isla, de Carlos Gámez Pérez. La Isla localiza el lugar de ensueño para los inmigrantes que prevén un futuro ideal en Europa, al salir de las costas del norte de África y Medio Oriente, sus vidas en peligro a través del Mar Mediterráneo.

Pero esto no es Lampedusa, Toto.

Es el escenario en vivo de "Inmigración: El Concurso", un reality show mórbido en el que los participantes rivalizan entre sí por el derecho a ingresar a la Tierra Prometida (Europa) y optar por la oportunidad de vivir una vida mejor. El futuro no parece muy distante y la tierra de destino es menos que un terreno promisorio. El sufrimiento, la tortura y la humillación pública constituyen el trinomio de fondo para el recorrido desde África hacia la bondad de la utopía.

Pero, en palabras de Mamasodou, uno de los cuatro participantes que llegan a la final, «Esa no fue la tierra prometida». En el presente narrativo de la novela, Europa es un continuo de países que solían ser otra cosa. España es «el país que una vez fue España»; Alemania es «el país que una vez fue Alemania», y así sucesivamente. Nada es lo que era pero será lo que no es. Sin embargo, es una geografía dominada no tanto por la geopolítica como por la biopolítica: los cuerpos indeseados son desechables. No necesitamos un certificado de defunción para darnos cuenta de que la utopía es un cadáver bañado por la espuma del mar en alguna orilla abandonada. Todo lo ilusorio se derrite en el aire. Los líquidos, a diferencia de los sólidos, no pueden mantener su forma, nos recuerda Zygmunt Bauman. En verdad: no fijan espacio ni tiempo de enlace. En Malas noticias desde la isla, el nivel fáctico de la historia se mueve en espiral hacia la distopía.

Fiel a la tradición de la novela distópica filosófica y política, como El cuento de la criada, de Margaret Atwood, la imposibilidad de imaginar un futuro obliga a los personajes a mirar hacia atrás hacia un pasado ideal, un mito inconcluso y su consecuente resignificación del paraíso perdido. Bauman (de nuevo) califica ese esfuerzo ineficaz para traer la idea de un mejor pasado como una retrotopia, que es lo que, a fin de cuentas, Gámez Pérez elabora en esta historia que también posa como advertencia, ya que los propios personajes muestran signos de ideologías erosionadas e incapacidad para hacer frente a su presente. Buscan escapar. El futuro, por lo tanto, radica en las concepciones utópicas pasadas que ellos consideran como su «sueño», donde el sueño, que simula el espacio cuando no estamos conscientes, cumple con el ideal, que es abstracto en el tiempo, y la incongruencia con el presente colapsa en tragedia.

Una mujer que trabaja como asistente de producción para el reality show funciona como el principio organizador en Malas noticias desde La Isla. Comprometida a descubrir los horrores tras bastidores en la producción, el relato en primera persona de la mujer entrelaza los testimonios de los cuatro finalistas, a saber: El Niño, las hermanas Amina y Anima, y ​​Mamasoudou. Como artefacto, entonces, la novela se disfraza de narrativa auténtica a manera de una entrada en un blog. Los propios relatos de los concursantes imitan la reescritura de la literatura testimonial y acentúan la verosimilitud de la historia.

Al igual que Atwood se apropia de la narrativa de esclavos para enfatizar la opresión que sufre Offred, la protagonista de su novela, Gámez Pérez recurre al testimonio como una forma de oralidad para proporcionar el lado alternativo de la verdad y el orden impuesto. En el proceso, el sufrimiento se convierte en espectáculo, donde el espectáculo (en palabras de Guy Debord) no es una colección de imágenes, sino una relación social entre personas mediadas por imágenes. El espectáculo se supera a sí mismo a través de tecnologías de medios masivos como la televisión, las redes sociales y la Internet en general, y los patrones migratorios, sus verdades y peligros, están repentinamente condicionados a la normativa del entretenimiento.

El narrador principal, a través del discurso directo, recopila, transcribe y revela los testimonios de una narración virtual con la que el lector puede identificarse. De manera similar, el profesor Piexoto y su equipo de eruditos revelan el cuento de la criada sobre la opresión y el abuso sexual al transcribir las cintas de audio grabadas por Offred. Resulta así la escritura (o la imagen escrita) en tecnología soberana, ya que Gámez Pérez trata la producción textual como el último medio de supervivencia en una realidad tecnológicamente mediada. El cuento necesita que se cuente.

Abarcando los diferentes registros de la novela, en 136 páginas, lo que finalmente logra Gámez Pérez es una novela que se basa en la narración y las repeticiones intertextuales que dotan a la novela con el efecto matrioska: una historia dentro de una historia dentro de una historia. La utopía, entonces, no solo es rechazada: se disuelve en lo que se convierte en entretenimiento para el espectador. La performance es un bien de consumo que se convierte en un fin en sí mismo. Malas noticias desde La Isla se construye así dentro de la nueva novela política iberoamericana.

Carlos Gámez Pérez, escritor y profesor, recibió el Premio Cafè Món 2012 por Artefactos (Sloper, 2012). Recientemente terminó su tesis sobre ciencia y literatura españolas en la Universidad de Miami. Con Malas noticias desde La Isla, vigoriza un género plausible, la novela distópica, en tránsito a la crónica futurista, ya que, aunque la novela está ambientada en un tiempo simulado, nos parece tan real.

Tan cercana. Y tan pavorosa.

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