un piano cerrado lleva una sonrisa
oculta como la teoría de lo callado

imagino su dentadura de teclas
en marfil y ébano— dicha en verdades
firmes por la materia armonizada
en geometría sonora ceñida a unos labios
de madera que una vez besaron el mundo

su sangre fue la melodía púrpura
tensada desde sus costillas de acero
al golpe de macillos que aún timbran
con el marrón San Juan envejecido

del armazón al pulso de emociones
andariegas y vertidas en patrones
equilibrados como el aliento del corazón
teje fantasmas en la estructura
perfilada del aire que lo empolva

es un piano ciego opalescente
con el orgullo exacto de los pianos
verticales— que siempre mueren de pie—

me pregunto qué manos calladas
habrán magnificado las formas de vida
que en su labor fabuladora de gestos
solventan cada respiro entre puentes
y lavan la calma desde su lenguaje de viento

el piano es una máquina de tiempo
detenido que cierra sus párpados
ante el trazo lapizlázuli cansado
que patina con el verde de los caminos
y el naranja de los atardeceres

cuando solazaba las risas de los bailes
y seducía el perfume de los cantos

el piano se calla el tiempo y su eco ebrio
de bondades vibrantes en la temporalidad
es la memoria del árbol que hoy
se transforma en música de otro arte

--
«Gloria de un piano para usos futuros»
de Elidio La Torre Lagares

Este poema fue escrito para el catálogo de la exhibición Lienzos musicales, a la cual se presentaron los artistas Antonio Martorell, Pablo Marcano García, Wichie Torres y Gloria Bosa Osorio, entre otros. El poema está inspirado en el piano intervenido de Bosa Osorio. El ajuar de la modelo es diseño de Jorge Martínez. 

Gracias al doctor Edgardo Machuca por la invitación al gesto. 




Foto: Erika Rodríguez/ The New York Times

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la bandera negra
a las cinco de la tarde.

Una cabeza en una bandeja cromada
a las cinco de la tarde.

Lo demás era miseria y sólo miseria
a las cinco de la tarde.

La lluvia mojó consignas y canciones
a las cinco de la tarde.

La incertidumbre en algodón de azúcar
a las cinco de la tarde.

Ya luchan el tiburon y el fariseo
a las cinco de la tarde.

Y un cuerpo desangrado a la espera
a las cinco de la tarde.

Suenan los redobles de pandero
a las cinco de la tarde.

Las trompetas de fuego y de furia
a las cinco de la tarde

En la Calle Fortaleza a son de gritos
a las cinco de la tarde.

La bestia brama pulmón abierto
a las cinco de la tarde.

Los cuerpos en aceite y sudando
a las cinco de la tarde,

cuando San Juan burló el lodo
a las cinco de la tarde,

la ira desovó sus voces de azufre
a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde un viernes.
A las cinco en punto de la tarde.

Un hombre con serpientes por tripas
a las cinco de la tarde.

Los ojos lloraban la rabia
a las cinco de la tarde.

La muerte vino de lino blanco
a las cinco de la tarde.

La calle en sahumerio de dolor
a las cinco de la tarde.

En el beso libre el tumor agoniza
a las cinco de la tarde.

Las manos tiemblan con piel dolida
a las cinco de la tarde.

La historia azuza el espejo dormido
a las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde.

¡La cogida mortal a las cinco de la tarde!
¡A las cinco en todos los relojes!
¡Fue a las cinco el encuentro con la sombra!

(Reescritura de “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de F. García Lorca)
Arte: José María Pérez Nuñez

Publicada orignalmente en Revista Nagari.

En 1849, Herman Melville comienza a escribir una novela sobre una inmensa criatura marina. El autor neoyorquino busca una inmensa alegoría para el mundo. De primera impresión, el trabajo le parece documental y expositivo hasta que Moby Dick, la ballena albina que da título a la novela que Melville publicará dos años más tarde, comienza a desplazarse como monstruo místico, máscara de Dios, o el límite del mundo objetivo.

Los designios de Moby Dick, como los de los misterios de la existencia, se condensan en lo insondable. Su presencia es incognoscible más allá del terror y el estrago.

Pero igual la ballena se convierte en refracción de la locura de Ahab, el obsesivo capitán del barco ballenero Pequod. También es la indocilidad de la naturaleza y su poder destructivo. De toda esta polisemia, Herman Melville, a sus treinta años, escribe una novela enorme que se embarca en búsqueda de sentidos, direcciones y significados. La verdad no tiene confines. 

Ahab es, más que un héroe trágico, es un antihéroe. Descendiente del Satán de Miltón y del Magua de Fenimore Cooper, es un hombre mutilado por el gran Leviatán. Como recuerdo de su primer encuentro con Moby Dick, lleva una pierna postiza tallada en hueso de ballena. El cachalote albino le debe. Hay una venganza, por supuesto.

Hay ira. Furia.

Hay millares y millares de mortales absortos en ensueños de mar y el corazón de Ahab refulge con el fuego original. Si obedecemos a Dios, nos desobedecemos a nosotros mismos, dice, y en esta desobediencia a nosotros mismos reside la dificultad de obedecer a Dios. Así, Melville convierte a Moby Dick en una meditación de las acciones humanas por encima de sus atributos filosóficos.

¿Hemos de seguir persiguiendo a ese pez asesino hasta que se ahogue el último hombre? ¿Nos ha de arrastrar al fondo del mar?

No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres, arguye el capitán en medio del mar. Moby Dick, bestia temeraria, es la destrucción. El final.

Existen empresas en las cuales el verdadero método lo constituyen un cierto y cuidadoso desorden, y la ballena viene a representar la naciente nación americana de mediados del 1800, época para la cual la industria de la pesca ballenera era vital para la subsistencia del nuevo país porque de ella se extrae, entre otras cosas,  el combustible que se usa para la calefacción y la iluminación en las casas. La industria ballenera crece a paso desenfrenado con el nuevo país. La industria ballenera es una amenaza y ni siquiera se trata del potencial peligro de extinción de la especie. Si bien el hombre ama a su prójimo, es un animal que también ama el dinero y esta tendencia interfiere muchas veces con su benevolencia, dice Ismael. El cachalote que escribe Melville de pronto se convierte símbolo del proyecto de industrialización y expansión que iniciarían los Estados Unidos a mediados del siglo XIX y camino al siglo XX.

La locura humana es a menudo una cosa astuta y felina que se piensa que ha huido, pero quizá no ha hecho otra cosa que transfigurarse en alguna forma silenciosa y más sutil del terror.
Cómo enfrentar al monstruo marino es lo que convierte a Moby Dick en un relato de proporciones blasfemas. Constituida como epopeya novelesca, el lector se sumerge en una búsqueda submarina tras el sentido en un «desolado y lloviznoso noviembre» del alma de Ismael, el narrador testigo y quien detenta la autoridad narrativa por saberse sobreviviente del desastre que afectara al Pequod. Es un barco pequeño más bien y con aspecto descuidado, lleno de dibujos y relieves grotescos. Su apariencia refleja sus deseos. Parecía un trofeo ambulante, nos dice Ismael.

La embarcación en sí es también representante de la emergente nación norteamericana y como tal, constituye una utopía flotante en altamar, en donde los hombres se ayudan unos a otros limitados solamente por la jerarquía náutica, la división de tareas y la necesidad de subsistir. Caracterizada por ser una mezcla de razas y credos, el microcosmos abordo del Pequod evoca el espíritu plural, diverso y abarcador que haría aparición años más tarde en la poesía de Whitman.

Quedan en Moby Dick tres búsquedas vitales: la de Ismael, la de Ahab y la de la tripulación.

Si Ismael busca un modo de sacudir su melancolía de ángel caído, Ahab, un «espléndido hombre impío, semejante a un Dios», reclama su carisma rebelde. La ballena blanca nada ante él como encarnación monomaníaca de todos esos elementos maliciosos que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior, hasta que quedan con medio corazón y medio pulmón para seguir viviendo. O media pierna.

A un profundo nivel psicológico, Ahab está inmerso en una batalla con Dios, la presencia inefable detrás de Moby Dick, «la máscara que no razona». La realidad es lo que se interpreta, piensa Ahab. Las cosas hablan de acuerdo a lo que uno escucha que dicen. Lo desconocido, inescrutable y maligno está en todo. Vengarse de la ballena, es vengarse de Dios. O lo que sea. La historia de su obsesión es también el discurso de la subversión.

Si el pez atado pertenece a quien lo ató, el pez suelto es presa para cualquiera que lo atrape. O al que lo mate.

Lo supo Nietzche después.
Foto de Angelis Laboy

Buscaban cadáveres para alimentar sus cuervos. Se burlaron de figuras públicas y hasta de sus propios allegados. Intentaron desacreditar miembros de la prensa y rivales políticos por igual. El saliente gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, junto a un grupo íntimo a sus intereses políticos, concebían la manipulación premeditada de las redes sociales y los medios de comunicación como privilegio de su señorío. Para ellos, el presente incierto era la medida de lo espléndido.

Todo esto lo supimos cuando el Centro de Periodismo Investigativo destapó la caja de Pandora conocida como el Telegramgate y nos convencimos de que el que cría cuervos, pierde los ojos.

Se sabe que lo que es considerado de “interés noticioso” también incide en la desigualdades cifradas por el poder, la riqueza y los que se atienen a esos intereses, por supuesto; pero quedó mejor evidenciado en la manera que el gobernador y sus allegados sustanciaron el dolor y la desgracia de un país y los invirtieron como capital político.

Pero lo que es igual no será ventaja. La furia es el único partido que nos une. 

Si algo distingue a las redes sociales es que nunca son totémicas y, por el contrario, su esparcimiento y alcance es horizontal. En eventos de descontento social que afectan indiscriminadamente a un país, las redes sociales otorgan la viabilidad de expresión orgánica y sin jerarquía organizativa, lo que instituye disloque en la lectura de narrativas políticas y su manejo. O sea: la Furia de verano del 2019 supone una historia con un desenlace diferente.

El uso de los medios de comunicación alternativos durante las recientes manifestaciones sentó precedente no solo en la gastada escena política puertorriqueña, sino también en la política latinoamericana. En este lado del mundo, fue la primera manifestación empoderada por plataformas de comunicación digital como Facebook, Twitter, YouTube e Instagram, por mencionar las más protagonistas, y comparable con la “Primavera árabe” del 2011 en Egipto. Si hubiese necesidad mayor de calificativos, podríamos llamarla la primera revolución transmediática de las Américas.

Podríamos decir que la manera en que construimos la realidad es ya, de por sí, transmediática. Las redes y los medios digitales nos dan una oportunidad de interactuar con los funcionarios que elegimos y de conocer cómo piensan, puesto que su punto de partida es, sobre todo, la escritura. Y uno escribe como piensa, a veces sin pensar lo que escribe. Como sucedió en el notorio chat.

Lo más importante incide en la manera más cotidiana: nos hemos emancipado de la unidireccionalidad informativa y hemos dejado de ser recipientes pasivos para convertirnos en prosumidores (término acuñado por Henry Jenkins y que nos propone como productores y consumidores de la información a la vez). Los viejos moldes quedan rotos.

El concepto de la transmedia confirma lo rizomático o carente de centro. Por ende, resalta la capacidad de articular un mensaje contundente y unitario por diversos medios de divulgación de medios, incluidas las plataformas tradicionales. Así, por días, los gritos a viva voz y por medio de megáfono, las pancartas, el baile, los cantos de plena y las batucadas abrían el camino para nuevas canciones, videos, memes y hasta simple mensajes de texto que poblaron la cotidianidad del país.

El mensaje fue claro. Era una operación de suma, no de resta. El "#RickyRenuncia” se convirtió en finalidad última de la gesta. El viernes 2 de agosto, a las cinco de la tarde, comprenderemos mejor el momento.

En lo que llega el momento, el giro es hacer las paces con el pasado roto y dejarlo ir. Encontraremos belleza. Y tal vez hasta entendamos que para tener una nueva realidad, hay que dejar ir la que ya no nos sirve.

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