Bellas cosas rotas | verano de la furia 2019

Foto de Angelis Laboy

Buscaban cadáveres para alimentar sus cuervos. Se burlaron de figuras públicas y hasta de sus propios allegados. Intentaron desacreditar miembros de la prensa y rivales políticos por igual. El saliente gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, junto a un grupo íntimo a sus intereses políticos, concebían la manipulación premeditada de las redes sociales y los medios de comunicación como privilegio de su señorío. Para ellos, el presente incierto era la medida de lo espléndido.

Todo esto lo supimos cuando el Centro de Periodismo Investigativo destapó la caja de Pandora conocida como el Telegramgate y nos convencimos de que el que cría cuervos, pierde los ojos.

Se sabe que lo que es considerado de “interés noticioso” también incide en la desigualdades cifradas por el poder, la riqueza y los que se atienen a esos intereses, por supuesto; pero quedó mejor evidenciado en la manera que el gobernador y sus allegados sustanciaron el dolor y la desgracia de un país y los invirtieron como capital político.

Pero lo que es igual no será ventaja. La furia es el único partido que nos une. 

Si algo distingue a las redes sociales es que nunca son totémicas y, por el contrario, su esparcimiento y alcance es horizontal. En eventos de descontento social que afectan indiscriminadamente a un país, las redes sociales otorgan la viabilidad de expresión orgánica y sin jerarquía organizativa, lo que instituye disloque en la lectura de narrativas políticas y su manejo. O sea: la Furia de verano del 2019 supone una historia con un desenlace diferente.

El uso de los medios de comunicación alternativos durante las recientes manifestaciones sentó precedente no solo en la gastada escena política puertorriqueña, sino también en la política latinoamericana. En este lado del mundo, fue la primera manifestación empoderada por plataformas de comunicación digital como Facebook, Twitter, YouTube e Instagram, por mencionar las más protagonistas, y comparable con la “Primavera árabe” del 2011 en Egipto. Si hubiese necesidad mayor de calificativos, podríamos llamarla la primera revolución transmediática de las Américas.

Podríamos decir que la manera en que construimos la realidad es ya, de por sí, transmediática. Las redes y los medios digitales nos dan una oportunidad de interactuar con los funcionarios que elegimos y de conocer cómo piensan, puesto que su punto de partida es, sobre todo, la escritura. Y uno escribe como piensa, a veces sin pensar lo que escribe. Como sucedió en el notorio chat.

Lo más importante incide en la manera más cotidiana: nos hemos emancipado de la unidireccionalidad informativa y hemos dejado de ser recipientes pasivos para convertirnos en prosumidores (término acuñado por Henry Jenkins y que nos propone como productores y consumidores de la información a la vez). Los viejos moldes quedan rotos.

El concepto de la transmedia confirma lo rizomático o carente de centro. Por ende, resalta la capacidad de articular un mensaje contundente y unitario por diversos medios de divulgación de medios, incluidas las plataformas tradicionales. Así, por días, los gritos a viva voz y por medio de megáfono, las pancartas, el baile, los cantos de plena y las batucadas abrían el camino para nuevas canciones, videos, memes y hasta simple mensajes de texto que poblaron la cotidianidad del país.

El mensaje fue claro. Era una operación de suma, no de resta. El "#RickyRenuncia” se convirtió en finalidad última de la gesta. El viernes 2 de agosto, a las cinco de la tarde, comprenderemos mejor el momento.

En lo que llega el momento, el giro es hacer las paces con el pasado roto y dejarlo ir. Encontraremos belleza. Y tal vez hasta entendamos que para tener una nueva realidad, hay que dejar ir la que ya no nos sirve.


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