Kerem Yucel, AFP/Getty

Space X envía un cohete al espacio y el momento es histórico. Esto, por supuesto, ocurre en el cielo.

La nave espacial Crew Dragon va pilotada por Bob Bhenken y Doug Hurley. Los héroes siempre van como los animales en el arca de Noé, de dos en dos. Como Sal Paradise y Dean Moriarty en el On the Road de Kerouac; Leopold Bloom y Stephen Dedalus en el Ulises de Joyce;  como Don Quijote y Sancho Panza.

Pero hoy no escribo de literatura. Hoy escribo del dolor. Hoy escribo desde el miedo y el espanto en un día en que la vida se ha tornado novela distópica.

Estados Unidos, el cliente de empresas Space X, emprende su más importante empresa espacial desde 1980. Como la colonización del oeste, iniciada en 1803. Como el destino manifiesto. Es domingo de pentecostés.

Las imágenes en directo frustran a los terraplanistas: la tierra no es plana.

Lo siguiente, sin embargo, ocurre en la tierra.

Cinco días antes, un lunes del Día de la Recordación, un oficial de la policía de Minnesota hinca su rodilla con precisión, presión e insistencia sobre el cuello de George Floyd. No puedo respirar, suplica Floyd. Por favor, dice. Llama a su madre dos veces. Mamá, no puedo más, es lo último que dice.

Floyd, afroamericano, muere sofocado.

La policía de Minneapolis, que inicialmente había detenido a Floyd por presunta falsificación de un billete de veinte dólares, informa que la muerte de Floyd se debió a un «incidente médico». El informe también expone que Floyd había mostrado resistencia al arresto, aún cuando los vídeos que capturaron el suceso evidencian lo contrario.  

El acto es el más reciente incidente de brutalidad policíaca de policías blancos contra ciudadanos afroamericanos.

Hoy no se duerme en Minneapolis, Atlanta, Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Denver, DC, Columbus, Salt Lake City, Dallas, Houston, Louisville. Amanece Alemania, Dinamarca, Italia y Francia en protestas solidarias.

Sin justicia no habrá paz, dice la pancarta que lleva un manifestante. A Derek Chauvin, el asesino de Floyd, le imputan acusaciones de muerte en tercer grado y asesinato involuntario en segundo grado.

En medio de más de una calle o avenida de los Estados Unidos, un fuego devora la patrulla policial.

Esta será una nueva era, dice Elon Musk cuando habla de su proyecto Space X.

En Nashville, protestantes ahogados por la frustración y la ira, queman una bandera estadounidense. Nashville es todas partes.

En la tele, un grupo rebelde saquea una tienda de zapatos y los medios televisivos cierran fila con la policía. El mensaje se ha perdido, dice un comentarista noticioso en Telemundo; esto es robo y saqueo.

No, el mensaje no se ha perdido: lo que llaman saqueo es el grito de la marginación y la desigualdad. La América corporativa —la que respalda y financia a candidatos presidenciales como Trump— no puede desentenderse del asunto. En Macbeth, Lady Macbeth sueña que lava sus manos pero nunca logra que estén limpias. No puede restregar la sangre que inunda la mirada. El presidente Trump, luego de manifestar que intentará regular las redes sociales, anuncia que cuando inicia el saqueo, la ley es el tiroteo.

Es un acto de valentía por parte de las autoridades, dice un comentarista de Univisión.

En América, fracasar no es opción, dice el director de NASA, en referencia a la nueva conquista del espacio con miras a poblar el planeta Marte.

En New York queman una bandera estadounidense. New York está en todas partes. Estará en Marte.

En Washington, Trump hace un llamado a celebrar la noche de MAGA y reanudar el compromiso con su idea de América. Grandiosa. Nuevamente. En la marcha, supremacistas blancos marchan gritando consignas antisemíticas. Los judíos no nos reemplazarán, dicen. Por orden del gobernador Tim Walz y respaldado por órdenes de los alcaldes Jacob Frey y Melvin Carter, las ciudades gemelas Minneapolis y Saint Paul, así como regiones circundantes, entran en un toque de queda a las ocho de la noche. Todas las noches.

La tierra, para los oprimidos, sigue siendo plana.

No puedo respirar, dijo Eric Garner en julio de 2014 cuando los oficiales de la policía de la ciudad de Nueva York se sentaron sobre su cabeza. Lo inmovilizaron. Lo asfixiaron en la acera de la ciudad.

Michael Brown en Ferguson. Freddie Gray en Baltimore. Breonna Taylor en Louisville; Breonna Taylor dormía al momento de su asesinato a manos de la policía. Es una horrible lista de historias sobre la policía matando seres humanos de raza negra. Y a este punto, las calamidades ya resuenan con espantosa familiaridad. Como informan Kat Chow y Shereen Marisol Meraji en el podcast Code Switch, las historias son tan habituales que, de hecho, sus detalles han comenzado a hacerse eco entre sí.

En una de las protestas en Nueva York, el fotoperiodista televisivo captura a un ciudadano implorando al cielo, sus ojos perdidos en las nubes, supongo.

Se estima que el regreso de los astronautas del Crew Dragon ocurra entre seis a dieciséis semanas, tiempo en que la tripulación deberá permanecer Estación Espacial Internacional.

Un pedazo de historia acaba de ser escrito, dice la anfitriona de la transmisión del despegue del Crew Dragon.

En Minneapolis queman una bandera estadounidense.  Minneapolis queda en todas partes. A nosotros nos toca un pedazo mayor de historia por escribir.

1.     Zen

Un amigo de mi hija se despidió de nosotros el pasado 15 de marzo de 2020 en Providence. «Espero abrazarles cuando abra el nuevo mundo», dijo. Estaba convencido de que el mundo, tal lo conocíamos, ya no existiría.

Pensé que sería futil intentar recomponer un mundo con el mismo sistema de ideas que causó su ruptura.

Casi dos meses después, un ruido sutil, pero agudo, irrumpe en mi monotonía mañanera. Me percato del estruendo que se ha tatuado en el aire con el pretexto del silencio, que ha sido mi compañía por los últimos 49 días de cuarentena forzada a causa de la pandemia del virus COVID-19. A pesar de todas las palabras que me abordan en el momento, es impresionante la vacuidad en estos días.

En el budismo Zen, el silencio es el principio ulterior de la sabiduría. Mas, en el fondo, el Zen modela cierto escepticismo hacia lo que pueda lograrse con el lenguaje. Las palabras son más importantes por lo que callan que por lo que dicen. Aquel que escucha con el ojo del espíritu lo comprende.

El silencio habla.

Como en el budismo Zen, la nada o el vacío no apuntan a ningún destino divino; no hay un allá o un allí, sino que todo es inmanencia: el aquí.

Cuándo será ayer o cuando fue mañana. Al momento no importa. Nuestra existencia es un acto inmóvil y sin tiempo. Las horas pasan y son todas iguales. El vacío es un lugar normal, dice Cerati.

El silencio es una máscara y es un tintero.

En el silencio, el mundo comienza a hablar.


2.     Sombras y polvo

A partir del lunes, 4 de mayo de 2020, el gobierno de Puerto Rico ha anunciado la reapertura paulatina de la actividad económica y el sector comercial del país responde con taimadas formas de presión pública para que la gobernadora por virtud constitucional, Wanda Vázquez, adopte medidas beneficiosas a la industria privada.

Hace dos semanas una serie de empresas comerciales, que incluían desde medios de comunicación hasta establecimientos de comida rápida, publicaron un video en el que pregonaban que «estamos listos». La narrativa visual se hila desde las imágenes de personas del renglón de contagio más vulnerable. Es una estrategia llana, simple, pero efectiva. Si las personas de 60 años o más se expondrían a los posibles riesgos de contagio del COVID-19, ¿por qué no los más jóvenes?

Este mensaje pulsa con alevosía: Puerto Rico es una economía geriátrica.

Ese lunes justamente comienza a distribuirse un video en la que una serie de personalidades del espectáculo puertorriqueño cantan «Preciosa», como la llaman los hijos de la libertad. El mensaje, nuevamente, es consensuado: vamos a volver a la normalidad y quieren pensar que lo creemos. No desesperen. Tranquilos. Ya hemos pasado por otras situaciones similares. Seguro. Volveremos a una idea de una tierra que, de paso, no hemos visto desde hace más de veinte años.  O quizás, como en la alegoría de la caverna de Platón, todo lo que hemos visto son sombras y polvo.  

Lo que los medios y el Estado no dicen es que no habrá normalidad posible, algo que intuimos desde el silencio. La vida queda trastocada. Los paradigmas guías del siglo XX desfallecen, y los sólidos idearios del siglo XIX se disuelven en el aire.

Lo que quedaba de Puerto Rico se muestra vulnerado por lo abigarrado de la situación de aislamiento social durante la pandemia del coronavirus, tiempos históricos donde hemos comprobado que vivimos con más de lo que tenemos y tenemos más de lo que necesitamos.

Fundamentalmente, el golpe arrecia por el costado capitalista y ha dejado al descubierto un sector amplio del mundo empresarial que no tendrá mejores usos en el futuro, una vez superemos la crisis -no importa cuando lea esto.

Empresas, empresarios y emprendedores tendrán que aceptar que ya nada es lo que era. Los pilares de las economías mundiales, y sobre todo los de Puerto Rico, quedaran sumidos en una obsolescencia pantanosa que solo traerá mayor pobreza. No hay que presumir de economista para notar que aquellas tareas o trabajos que uno haya podido sobrellevar desde la distancia -relacionadas con la educación, las comunicaciones, los servicios profesionales, etc.- quedan devaluadas como acto laboral presencial. Cualquier cosa que pueda hacer un computador por usted no será carrera a seguir, por supuesto.

En Singapore, por ejemplo, el Estado comenzó el patrullaje de parques y calles utilizando sabuesos robots. Igualmente, la empresa Boeing se apresta a dar sepultura a la era del Jet 747, un modelo de transportación aérea que sus empresarios reconocen como caduca. Se considera que trabajos como el de entrega de comestibles a domicilio, agentes de servicio al cliente y hasta meseros y meseras, pasaran a un nuevo modelo operativo a través de inteligencias artificiales.

A ese mundo no hemos llegado. Todavía.


3.     Algo de nada

Mi planteamiento no tiene fundamento en representaciones numéricas, sino que parte de afectos culturales. Dentro del estatuto actual de nuestro bioestado de excepción, merece el esfuerzo considerar si existe un grado cero de la existencia, o si la existencia es reducible a cero. Si toda escritura es reescritura (Barthes), toda cultura es re-cultura.
La primera baja del COVID-19 ha sido el estilo de vida que manejaba nuestras cuerdas tras la máscara del capitalismo salvaje. Ya no se vale la huida porque ya no queda adónde ir.

Como en el budismo Zen, dice Byung Chul-Han, queda transformar lo carente de fundamento en un soporte singular y en un lugar de morada, que es como decir «habitar» la nada.

Que conste: la nada es algo.

La realidad por sí misma, como los datos, no representa nada a menos que sea destilada como información. Por tanto, las medidas de aislamiento social nos condicionan en una antinomia: el cierre de fronteras y del derecho a la libre circulación ciudadana nos separa y diferencia del resto del mundo y a la vez nos ecualiza. A todo esto, el cierre de fronteras no ha logrado detener el virus, sino que lo ha nacionalizado, como se desprende de los informes de personas contagiadas y fallecidas alrededor del mundo. Al segmentar la pandemia en realidades nacionales, nos convertimos todos en cifra. Como las estadísticas, pasamos a ser hechos traducidos en números.

Desde el desfase presente, no es para nada pretencioso anticiparse a las maneras en que la economía «nacional» en Puerto Rico será impactada. No solo muchas profesiones quedaran afectadas por la nueva manera de vivir, por el nuevo modo de «seguir con nuestras vidas», sino que renglones primordiales de nuestra economía colapsará.

De primer plano, sabemos que, con el cierre de las fronteras mundiales, el turismo internacional quedarán al resguardo y en su lugar la gente comenzará a buscar más el turismo local. Si por una parte, esto aviva algunos segmentos de la industria de la hospitalidad, por otro desbanca a las cadenas de hoteles y deja indefensa a la Compañía de Turismo. Los negocios dependientes del turismo internacional -taxis, servicios de alquiler de autos, tours, restaurantes y negocios de la zona turística, entre otros- se diluirán de manera lenta pero cruda.

Por otra parte, los centros comerciales tendrán que reinventarse a medida que tiendas de venta al detal vayan moviendo su modelo a la venta exclusiva en línea. Si puede comprarse en línea, el modelo de retail irá quedando rezagado, y con él, nuevamente, los servicios periféricos que se sustentan de este tipo de establecimientos, como, por ejemplo, la cadena de distribución y transportación de bienes de consumo. Algunas compañías conocidas en Puerto Rico, como JC Penney’s, Nordstrom y Aldo, se aprestan declarar la quiebra económica de sus operaciones en los próximos días.

No. No hay vuelta a la normalidad.


4.     Fin del viaje

Puerto Rico es una isla hiperreal en la cual un sinnúmero de «verdades» fundacionales que van desde nuestra condición política hasta los constructos identitarios han quedado en entre dicho bajo las realidades de la precariedad económica, el coloniaje, la violencia de Estado y las separaciones abismales de clase, entre otros.

Los centros de interacción social como la iglesia y la universidad, por ejemplo, se perderán en sus cronotopías. El ejemplo más desesperado parece ser la industria automovilística y sus derivados, que por dependencia de la industria bancaria, saben que ya no serán relevantes. Incluso, la política partidista del siglo XX quedará necesitada de un nuevo liderazgo y de un nuevo modelo desatendido de caudillismos estériles.

Sobre estos condicionamientos, y otros que afectan a la condición política de Puerto Rico, hablaré lo largo de escritos subsiguientes que serán parte de este ensayo.

Lo que sí queda claro: no podemos buscar soluciones a un mundo roto desde los mismos modelos de pensamiento que lo rompieron.

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San Juan
7 de mayo de 2020


Ensayo del vuelo es un poemario que encontró Julio Ortega dentro de Vicios de construcción. Don Julio, en aquel entonces, que era 2007, me dijo que esa secuencia de los poemas sobre la historia del vuelo iniciaba otra temática entre los poemas. De hecho, en Vicios de construcción hay un poema que se titula «Ensayo del vuelo», el cual, curiosamente, se rehusó al proceso de extirpación. En fin, que en aquellos días, lo pensaba como una secuela a Vicios, pero lo envié a un certamen literario y resultó premiado.

El Premio Julia de Burgos que entonces otorgó la Fundación Nilita Vientós Gastón, en el 2008,  contó con un jurado compuesto por Jocelyn Pimentel, María Teresa Narváez y Mercedes López-Baralt. En el fallo resaltan que Ensayo del vuelo es un libro:

«[m]agnífico, maduro, coherente, es la obra de un poeta culto... que no sólo evidencia la gran comodidad que le da el dominio del lenguaje, sino lecturas importantes tanto en el campo de la literatura como en el de la ciencia. Sus versos fluyen como un río, desnudos de retórica. Al mismo tiempo nos sorprenden con imágenes insólitas. Vale apuntar a otro acierto del poemario en cuestión: la levedad el vuelo se metaforiza a nivel gráfico en sus cortísimos versos».

Y hoy 23 de abril de 2020, que es el Día Internacional del Libro. El libro lo pueden bajar en el siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/1swi1X_S-e3Nu3-yUnSwFzYWk783c6EYW/view?usp=sharing

El libro nunca salió en papel. Hubo dos versiones en digital, pero es todo.

Un día, senté a un poema en mis rodillas. Y lo encontré amargo. Y lo injurié. 
El poema me asaltó a la vista por su forma particular: verso largo y tono bíblico, de fraseo sincopado, como una partitura musical en verbo.
El poema me habló.
"He visto a los más grandes espíritus de mi generación destruidos por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos, arrastrándose en la calle al amanecer, buscando una cura violenta.”
Entonces comprendí su belleza.
Quedé hipnotizado por la crudeza de aquel lenguaje, y a la misma vez por el dolor que transmitía. Era un dolor humano.  Un dolor sublime.
Se trataba del “Aullido” (“Howl”) de Allen Ginsberg, un poema cuya importancia artística y social, hasta entonces, yo desconocía. La poesía, en efecto, podía ser tan sublime como peligrosa.
Su efecto es algo que nunca he superado.
Ginsberg, conocemos, fue precursor del movimiento Beat de los años ‘50 junto a Jack Kerouac y William S. Burroughs, con quienes cruzó destinos en la Universidad de Columbia y coincidieron en que la poesía necesitaba un nuevo renacer, una “nueva visión indecible.”
Robinson Jeffers y Richard Wilbur marcaban el canon poético de la época, pero todavía vivían bajo la sombra del modernismo de Ezra Pound, T.S.Eliot y William Carlos Williams.  
Los Beats, término que emerge como sustracción de polos entre “beat down” (abatido) y  “beatífico”, asumieron que la poesía debía emanciparse de la métrica e ir en dirección más espontánea, una conjugación de los acordes del jazz de Charlie Parker y los versos del mismo Walt Whitman que tanto cautivaba a Martí, a Lorca y a Neruda.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Ginsberg y los Beats enfrentaban la época del control de masas, la complacencia y el conformismo en los Estados Unidos. La televisión comenzaba a quedarse con las salas de los hogares, y los ciudadanos privilegiados comenzaban el éxodo de la ciudad hacia los suburbios. La industria automotriz adquiría preponderancia, mientras la ciudad era legada a los menos privilegiados, minorías emigrantes, particularmente a los puertorriqueños que, en éxodo forzado, buscaban soliviantar el Lamento Borincano en el Sueño Americano. Ante la futilidad de la empresa del éxodo, surgieron los arrabales dentro de la metrópolis donde Ginsberg y compañía encontraron terreno propicio para aquella visión novedosa.
Ya para 1957, los Beats cambiaban la piel de novedad literaria por una visión con matices de revuelta socio-cultural. Su filosofía albergaba todas las religiones y amparaba a los olvidados de la sociedad, a los marginados de la historia.  Es en esta concepción “Whitmanesca” de la sociedad donde entran los puertorriqueños exiliados en Nueva York.
La relación de Ginsberg con los puertorriqueños probablemente comenzó a través de William Carlos Williams, cuya madre era originaria de Mayagüez. Williams, llamado “El Poeta Americano,” por haberse negado a exiliarse en Europa (como lo hicieran Pound y Eliot)  proponía un lenguaje directo, en ocasiones cotidiano, idea que nació del “broken English” que él escuchaba de su madre puertorriqueña.  Su poemario Paterson no sólo es prosaico en su lenguaje, sino que, además, es dislocado, en combinaciones de verso corto y verso largo, precisamente el estilo que Ginsberg reproduce en  Aullido y otros poemas, y en cuyo prólogo Williams escribe: “Señoras: agarren el ruedo de sus faldas.  ¡Vamos al infierno!”
Eventualmente, los puertorriqueños, como comunidad, continuaron poblando la poesía de Ginsberg, adornando sus versos de paisajes y visiones citadinas cotidianas en Nueva York, meca de los Beats.
La identificación de Ginsberg con la realidad puertorriqueña lo llevó a vivir toda su vida en el Lower East Side, el famoso “Loisaida” de tantos boricuas emigrantes. Aquí, el poeta encuentra reflejado entre los menos afortunados por el desbalance social y se convierte en un ambulante más del Lower East Side, la tierra santa de los sueños perdidos: “Arrastré catres sin vida hasta las pilas de basura en las aceras/ viejas pisoteadas alfombras desde Paterson hasta el Lower East Side lleno de chinches/ el Caos cayendo sobre los techos de la ciudad.”  Los catres son el punto constante de encuentro con los sueños fallidos que transmutan en la desilusión y el abandono descritos en “Robo”, entre “escaleras de portales de cemento, pasillo para arrendar pintado de verde y púrpura, al estilo puertorriqueño”. El destino fatal de los boricuas que fueron en búsqueda de su porción de universo y que nunca lo encontraron es retratado en “Esqueleto mortal”: “Tengo miedo de salir esta noche a mirar la luna del Lower East Side, donde los drogadictos rompen sus cuellos entre los pasillos de edificios abandonados.” Ginsberg no sólo es asaltado en el poema, sino que también los puertorriqueños han sido expropiados de sus ilusiones materiales y sueños, convirtiendo el acto de robar en un ciclo de sobrevivencia.
Ante los ojos del poeta, la agonía de los boricuas en Nueva York desaparece una vez al año: durante la Navidad. Nuevas esperanzas de pronto iluminan el deseo de un nuevo comienzo. En el poema “31 de diciembre”, la alegría resplandece en “las trompetas de hojalata que esperan el anuncio de la medianoche del año,/ dientes grandes disfrutando,/ puertorriqueños sonriendo/ bajo las cornisas de la calle 44/ saludando  la esperanza en blanco…/ el sufrimiento se ha ido.”
La poesía de Ginsberg propició el revivir de la palabra hablada y devolvió los registros de la oralidad a la poesía durante la década de los ‘60, principio que se vació en la creación del Niuyorican Poet’s Café, desde donde se enunció toda una vanguardia poética liderada por puertorriqueños en Nueva York (poetas como Tato Laviera, Miguel Algarín, Pedro Pietri y Víctor Hernández Cruz, entre otros), y asentó un espacio del cual Ginsberg era un declarado habitante.
Mas Ginsberg es más que un boricua en Nueva York por adopción. Si Kerouac alcanzó la epifanía de su salvación en Ciudad México, Ginsberg encuentra la suya esparcida por Latinoamérica. Tras los decididos  versos que cantan “Hay un dios/ que muere en América”, el poeta alcanza su iluminación en medio de las ruinas de Palenque, donde confiesa “estas ruinas/ me despiertan/ a la nostalgia/ por las estaciones/ de la tierra/ el continente ancestral/ que no conozco” (“Siesta en Xbalbá”). En “A un poeta viejo de Perú” (dedicado a su amigo poeta Martín Adán) afirma: “Voy a Pucallpa/ a tener Visiones”.
Indistintamente de su inclinación a retar los límites del consciente por medio de alucinógenos, Ginsberg plantea que aquella visión que no podía significarse en palabras tampoco puede ser contextualizada en el contexto estadounidense. Guatemala, Colombia, Bolivia, Chile y, por supuesto, Perú serán su propuesta de alteridad, la cual culmina en las alturas de Machu Picchu, como el Neruda a quien tanto Ginsberg admiró.
Uno llega a Ginsberg  y nunca lo deja. Leerlo es, indefectiblemente, vivir el lugar que le otorgó a los puertorriqueños y a los latinoamericanos en su literatura. En estos tiempos del capitalismo tardío, nos abraza su visión de los ángeles olvidados y hasta, tal vez, en ella encontraremos amparo en estos años de soledad, sean cien o mil.


Publicado originalmente en Nagari.


La senadora Evelyn Vázquez dice que, tras el desastre del Huracán María, ella y la gobernadora Wanda Vázquez se dedicaron a levantar cadáveres por todo Puerto Rico, un esfuerzo que, como acto del lenguaje, implica que levantaron a Puerto Rico, como cumplimiento de aquel #PuertoRicoSeLevanta con el que adormecieron nuestros párpados cansados en la oscuridad.

La declaración me llega como una genialidad retórica en el desfase constante que es la política puertorriqueña, donde los muertos son convertidos en capital político.

Hay novela aquí. Se debería llamar V&V: levantadoras de muertos.


Algo muy parecido ocurre en Las almas muertas (1842), del novelista eslavo Nikolai Gogol, donde el personaje de Pável Ivánovich Tchichikov, pequeño burgués ambicioso pero desgraciado, llega al pueblo “N” de una distante provincia en Rusia con la intención de hacerse de nombre, dinero y prestigio. Para ello, debe ganarse primero la admiración de los funcionarios legislativos y demás habitantes del pueblo, algo que solo se suele lograr con talento y buenas intenciones, con plata, o con ambas (aunque raras veces se presencien al mismo tiempo).

Entonces, Tchichikov inventa una manera de adquirir poder: comprando almas muertas.

En el Imperio ruso de Nicolás I, los propietarios de tierras se reservaban el derecho a poseer una determinada cantidad de sirvientes (o siervos), los cuales eran contabilizados como bien capital inscrito en el registro de la propiedad. Es decir, además de las tierras, a mayor servidumbre, mayor poder económico y, por supuesto, social.

Pero la medida, proviniendo del Estado, amparaba también su trampa: los siervos también contaban para efectos de tributación. Sin importar si estaban vivos o muertos.

Así, la ambición de Tchichikov deviene en jaibería brillante y decide comenzar a comprar las almas muertas de aquellos terratenientes que aún tributaban por personas que ya no existían.

El plan destila genialidad.

Los terratenientes, al vender los siervos muertos, no solo engordaban sus arcas sino que cancelaban la obligación de tributar por ellos. Y Tchichikov, al reportar los siervos como su nueva propiedad, podía ofrecerlos a modo de bien o activo entregado como garantía o respaldo en transacciones comerciales.

Tchichikov regresa al pueblo con 400 almas muertas, lo que lo cotiza como el hombre más rico del pueblo de “N”, que, ante la sorpresa, decide celebrarle una fiesta en su honor.

Ayer, en San Juan, la alcaldesa de ciudad, Carmen Yulín Cruz Soto, exigió a la gobernadora Wanda Vázquez Garced que diga «cuantos muertos levantó» con Evelyn Vázquez, según informa la prensa. O sea, si son cuatrocientos, o uno, o ninguno, la cantidad de muertos interpela un asunto sobre la verdad. O la falta de ella.

Si no levantaron muertos, mienten; si sí, sean muchos o pocos, utilizarlos como carnada para engañar en campaña política, será una verdad que les devolverá la mordida.

Una vez más, la desgracia del pueblo es utilizada como un bien de consumo, una práctica ya instrumentada y normalizada por el Estado desde el Huracán María y, hasta más recientemente, los terremotos en el sur del país.


Los muertos, como en la novela de Gogol, se convierten en capital político. Una cifra en un plan gerencial. Una viñeta en un mensaje de campaña.


Foto: Iolex

Si algo ha de hacer el buen cuentista del siglo XXI es romper las convenciones de linealidad y las relaciones causales habituales entre las secuencias narrativas. Lo demás es repetición. Que conste: no es una regla, es una actitud, y de eso se colman las historias de Amy Hempel en El perro del matrimonio, incluido en sus Cuentos completos (Alfaguara 2009).

Más que enunciar desde la grandilocuencia y la soberbia, las historias de Hempel se centran en las pequeñas cosas importantes de la vida. En eso, parecen poemas.

Como en «Jesús te espera», donde la narradora inicia una especie de peregrinación a la ciudad donde Jesús pudiera estar esperándola. O igual que no. Desde el Lincoln Tunnel al aeropuerto internacional de Baltimore; del Holland Tunnel a Washington D.C. (por la salida de Connecticut Avenue). Desde Virginia hacia Maryland, New Jersey y Nueva York, el recorrido es «terapia geográfica» que expresa un deseo de movimiento en su vida que no existe. Son «impulsos irrefrenables de conducir», como buscando que la memoria de la carretera ahogue el presente colapsado. La textura semántica procede entonces por medio de relaciones espaciales dentro de la historia en lugar del predecible juego de causa y efecto. En «Jesús te espera», la narradora hace un inventario de imágenes mientras conduce camino a un encuentro con Jesús, que, para efectos de la ficción, podría ser metafórico o literal. O ambos.

Es una narración dicha en primera persona que, más que mirar, piensa. En el proceso, somos parte de ese flujo de conciencia que se desplaza como la carretera misma. En efecto, no hay un solo evento unitario en toda la acción que no sea el acto mismo de narrarse. El registro del cuento parece una libreta de apuntes. Es ese cierto aire de falta de sentido en la vida de la narradora.

Hay colapso. Desasosiego.

Después de cuestionar la pérdida de la fe, ella dice: «De vuelta a la ciudad, me paro a repostar. Me gustaría que me batieran como si fuese un huevo y que me sirvieran con salchichas en un bar de carretera».

Esto es hermoso y absurdo.

La ambigüedad también parece ser consciente de sí misma. Por lo tanto, es menos un defecto y más una estrategia.

En la edición en inglés del cuento «El perro del matrimonio», Hempel trabaja desde los puntos suspensivos. La historia está dividida en tres secciones, a saber, 2, 3 y 4; no hay 1. El lector debe llenar ese espacio a partir de inferencias en el texto hasta que, casi al final de la lectura, encontramos el comienzo de todo: «En la última noche del matrimonio, mi esposo y yo fuimos al ballet». En la edición al castellano, esto se pierde cuando los editores optan por presentar la historia en orden cronológico.

En el cuento, la narradora, una entrenadora de perros guía, se identifica con un perro en una ópera. «Trabajo con estos perros todos los días, y su capacidad, su decencia, me avergüenzan». Más tarde ella dice: «No conozco a ninguna persona ciega. Estoy en esto solo por los perros».

La narradora anónima, como en todos los cuentos de la colección, expresa su desencanto con las relaciones humanas. «Me imagino que existen muchísimas cosas que una debería procurar no tomarse como una cuestión personal», de dice a modo de consuelo, e incluso intenta normalizar las vicisitudes del a diario, como lo son «la falta de aparcamiento, el mal tiempo, un marido que se da cuenta de repente de que está enamorado de otra».

El perro del matrimonio se desplaza a través de una serie de narraciones claustrofóbicas. Lo insignificante e inane de repente se convierte en una máscara para ocultar lo verdadero y significativo. Es un narrativa donde Hempel no deja espacio para lo que no es esencial.

Aún cuando Hempel opta por un estilo tradicional de cuento, no puede evitar el resquebrajamiento emocional de sus personajes, como sucede en «Los intrusos». Aquí Hempel persigue un estilo donde las imágenes absurdas se descartan por algo más concreto y sólido: la tensión dramática sobre un tema muy difícil. En el relato, una mujer de 50 años teme que ella pueda estar embarazada como consecuencia de una violación. La ironía no puede ser más mortífera cuando nos enteramos que la víctima es una consejera profesional para casos de violación.

La narración toma el título de una película de la que traza paralelos del mismo título, Los intrusos (1944), con la que traza bifurcaciones dialécticas. Al igual que la pareja de hermanos en el film, la protagonista ensaya una búsqueda donde los fantasmas del pasado se retratan como entidades legítimas. Con aire cortazariano, la historia se llena de presencias fantasmales, casas tomadas y prestaciones directas del filme de Lewis Allen.

Lo que hace Hempel en esta colección es quebrantar las unidades de tiempo y espacio que distinguen la narrativa clásica realista y las sustituye por bloques narrativos o unidades poéticas que se acumulan para concebir un efecto de historia completa. A veces deja la sensación de que el lector atestigua una presentación en Power Point, o quizá algo mucho más artístico, como si las partes de las historias fuesen una sucesión de bodegones.

Fredric Jameson declaró, en The Cultural Logic of Late Capitalism, que la crisis en la historicidad dicta un retorno, de una nueva manera, a la cuestión de la organización temporal. Es la vuelta al problema de la forma del tiempo. La temporalidad y el sintagma podrán asimilar una cultura cada vez más dominada por la disolución del espacio y su lógica.

De alguna manera, contar una historia siempre debe ser un orden desafiante.


Publicado originalmente en Nagari

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