Foto: Lourdes Toledo

María "Mayita" Meléndez Altieri, alcaldesa de Ponce, asegura en una entrevista radial que la población que acampa en el área sur, tras perder su seguridad de vivienda durante los recientes eventos sísmicos, «le encanta vivir en las carpas».

«Es algo bien diferente», declara.

El día anterior, Wanda Vázquez, la gobernadora de Puerto Rico, aseveraba, en una entrevista con el periodista estadounidense David Begnaud, que ella habla «con la gente» del sur y que «están contentos». La gobernadora elabora un juicio asumiendo que los afectados por los terremotos «[t]ienen sus alimentos, sus medicamentos, su atención médica» y que por tanto, «se sienten contentos donde están».

«Los tratan con cariño», dice.

La situación a la que se enfrentan los refugiados es de pronto positivada. Alisada. Tanto Mayita como Wanda Vázquez amortiguan la crisis asumiendo que los refugiados no tienen nada que envidiarle al resto de la población que no ha perdido sus casas. 


No hay crisis. 

La negatividad es expulsada y aplanada por la condición de lo igual, de lo homogéneo, de aquello que no se diferencia de nada porque aparenta ser igual.

Y lo igual, como dice el filósofo Byung Chul Han, no duele.

Por ello, la inefable torpeza de Meléndez y de Vázquez al intentar apalabrar una situación de la cual, evidentemente, ninguna puede rendir cuentas en primera persona, derrumba lo poco que queda en pie de los estilos de política guionizados.

El dolor es como la experiencia: intransferible.

Las desacertadas expresiones de ambas líderes políticas perpetuan la anulación del sentido. El acontecimiento que se interpone en la vida diaria -los constantes movimientos telúricos que han provocado la crisis de seguridad en el área sur de Puerto Rico- es amansado con la ternura de un manual de autoayuda para refugiados de terremotos. 


Es decir, aquello que rompe con lo homogéneo es neutralizado con narrativas de consuelo destinadas a pulir y eliminar la experiencia porosa.

La inequidad, visiblemente perceptible, es sofocada por el arrullo cuasi-maternal, que es lo que les queda porque no saben qué hacer.

Si bien la crisis tiene un impacto adverso en la economía del sur, la economía de los afectos queda traspuesta por la conveniencia situacional. Estos seres humanos, hermanos en necesidad, quedan convertidos en capital humano y dispuestos como capital político.

Dice la socióloga Wendy Brown que la democracia es un sistema que no necesita de igualdad absoluta, pero que tampoco puede soportar la desigualdad económica extrema porque impiden la capacidad de movimiento libre y manejo sobre el común. Entonces, a lo que aspiran Meléndez y Vázquez es a implementar técnicas de gobernanza a través de muestras de poder blando. 

La gobernanza, en la racionalidad vigente del neoliberalismo, es el equivalente gubernamental de la administración gerencial corporativa, donde el Estado asume el papel de gerente de una empresa y el sujeto se vuelve mercancia a la que se debe administrar. La gobernanza cambia la idea de lo político por la idea de gerencia, dice Brown. La gobernanza alivia la responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos.

Es más que un simple asunto semántico. Al final, la desigualdad se normaliza, y l
os afectados por la crisis del sur, aún bajo sus carpas y tiendas de campaña, quedan expuestos a las inclemencias del tiempo, el fango y la saturación del terreno a causa de la lluvia, y su destino se convierte en capital político.

Quedamos formulados en inversión y beneficio en medio de la propaganda política. 

«Actualmente, yo voy al sur casi todas las semanas» dice la gobernadora. 

Pero el sur no está contento, replica el alcalde de Peñuelas, Gregory Gosález Souchet.

Y Puerto Rico tampoco.

Foto: David Begnaud

Debemos repensarlo todo.

Una madeja de movimientos telúricos viene afectando el litoral sur de la isla de Puerto Rico y el alcalde de Guánica, Santos Seda, informa que, al momento, existen 8,000 personas que pernoctan aterrados fuera de sus casas. Son cerca de 2,000 los que perdieron la suya y al menos 800 personas han abandonado el pueblo. Con el centro urbano desolado, 30 establecimientos comerciales han colapsado junto con el ayuntamiento del pueblo.

El pueblo de Guánica cuenta, según el censo del 2010, con una población de alrededor de 15,000 personas. Haga usted la matemática.

La situación lleva un dejo de crisis humanitaria. Y esto es solo Guánica. 


En Guayanilla el mar se ha apoderado de los patios de las casas en el sector El Faro. Yauco no ha corrido mejor suerte y cerca de 3,200 viviendas han quedado derrumbadas o sentenciadas al desahucio. Y en Peñuelas pareciera, según el alcalde, Gregory González Souchet, «que el terremoto se hubiera tragado a Peñuelas y no estuviese en el mapa», según dijo al diario Primera Hora. Unas 8,000 personas en toda la región han quedado sin casa.

Como mirar una constelación que se muere en una fuga del cielo. 


Nadie dice adónde.


«Dentro de la situación, la gente está muy contenta en el sentido de que se sienten seguros en los refugios, que se les han atendido sus condiciones médicas, que se le ha llevado agua, los suministros, la hermandad entre las personas, ha sido una familia extendida», dice la gobernadora.

Gente contenta. Segura. Atendida. 

Durante el fin de semana pasado, emergieron ante el escrutinio público una serie de hechos factuales que apuntan a un penado (cuando no desgraciado) desempeño del Negociado para el Manejo de Emergencias y Administración de Desastres, sus directores y la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez. El país se estremeció al enterarse de la existencia de varios almacenes llenos de suministros, algunos hasta con fecha caducada para su uso. 


Los suministros permanecían escondidos desde la crisis del Huracán María en 2017. El gobierno de Wanda Vásquez sabía de su existencia pero prefirió callar y esperar los «photo ops» para que los líderes de su partido simularan ser filántropos.

La indignación es espinosa. Hoy, en la Calle de la Resistencia, el país pide cuentas.

¿Qué puede incitar a que un gobierno se pase de largo al momento de atender sus ciudadanos, desmerezca la precariedad de las víctimas del desastre e intente manejar la opinión pública tanto con medias verdades como con mentira y media? Crear un simulacro de imaginario, una situación de vacío virtual donde la realidad se metaforiza en el cemento quebrado, dejando a las víctimas en un permanente sentido de estar todos jodidos por igual y donde solo podemos estar unos junto a otros.
Asumiendo que los movimientos telúricos cesen ahora mismo, quedan varios pueblos destrozados y muchos ciudadanos afligidos. Nuevamente, nadie dice adónde llevarán los refugiados que, de seguro, no podrán levantar sus casas en el mismo lugar donde estaban.

La gobernadora apela, y aquí hago préstamo de las palabras de Fernando Savater, «al instinto gregario» del puertorriqueño para que la situación sea «espiritualmente más gratificante que la fuerza de las necesidades materiales». En la manufactura retórica, el estado convierte a la desolación y al miedo en capital político.

Detrás del telón público, quedan realidades que nadie perturba, por temor a que, al despertarlas de su sueño, nos fagociten a todos.

Y peor aún: los habitantes de las zonas afectadas, ¿estarían dispuestos a volver a sus casas? 


Suponiendo que podamos reconstruir sus viviendas, ¿queda el lugar apto para residencias? 

No hay garantías que la tierra no vuelva a temblar, por supuesto. Siendo así, ¿qué valor resguardan las propiedades? 

¿Quién invertirá nuevamente allí? 

En todo caso, suponiendo que la costa sea declarada inhabitable, cosa que podría suceder, ¿adónde irían nuestros hermanos?

El éxodo a partir de esta crisis (que ya ha dado inicio), tienen implicaciones no tan solo económicas, sino también sociales y hasta políticas. Los ciudadanos de Guánica, Peñuelas, Guayanilla y Yauco, impactados de inmediato, migrarían a pueblos más o menos "seguros", pero entonces, ¿qué es un pueblo seguro? Utuado, Las Marías y Adjuntas, por mencionar algunos otros, también se encuentran afectados por las constantes réplicas.

El país se enfrenta a un terror inédito en nuestra historia moderna y con la tendencia a almibarar las situaciones con agudos optimismos donde quedan agotadas las esperanzas.

«Vamos a pasar la página», le dice la gobernadora al alcalde de Peñuelas en un esfuerzo por superar diferencias e imponer una voz optimista. 

Terry Eagleton, en Esperanza sin optimismo (2016), considera que mientras el optimismo se sustenta en un presente que por sus características nos publicita un mejor futuro, la esperanza construye el futuro con expectativas positivas pero desde un presente desgastado o desnudo de garantías. El optimismo parte de una certeza material que la esperanza no tiene. Por tanto, un optimista es una persona con una actitud positiva ante la vida sólo por serlo, en su convicción de que las cosas mejorarán gracias a su optimismo. Así porque sí. Se trata entonces de un concepto performativo: hace cuando se dice.

Tanto el Estado como los medios, en su encarnación oficialista, mitigan las perdidas del presente al ocultar el advenimiento de otros problemas. Como resultado, dice Eagleton, se promueve una desmovilización y la despolitización de la ciudadanía. O sea, la narrativa optimista no conlleva otro propósito de positivar la adversidad, convirtiendo a los afectados en objetos sobre los cuales se ensaya el poder. 

En efecto, el optimismo es, en tiempos de desastre, una postura ideológica: asume la traza de las clases dominantes y la estructura del poder porque presume una mejoría sobre la base del presente, el cual es dominado por ellos (los que están al poder). Refutar el optimismo, dice Eagleton, es condición esencial para el cambio político.

A fin de cuentas, el optimismo es para los que sufrimos la adversidad, los desterrados, los sin-techo, los de a pie.

Optimismo es lo que nos han alimentado mientras las ayudas a partir del Huracán María y los eventos sísmicos recientes nos son vedadas, escondidas, robadas y utilizadas como monedas de intercambio. Más que asumir posturas que elastizan la dependencia severa en un estado colonial, merecemos hacer las paces con lo irremediable, con lo ya caduco, con lo que no volverá a ser de la misma manera porque ya no es.

Las preguntas siguen siendo las mismas.

Una madeja de movimientos telúricos viene afectando el litoral sur de la isla de Puerto Rico.

«Yo no encuentro como llegar a mi casa», dice el alcalde de Guánica a otro rotativo de San Juan.

Tal vez sea que ya no hay camino de vuelta.
La tercera novela del escritor Bernard ChristensonEl oculista de Tombuctúse pronuncia desde un lugar no muy frecuentado en la narrativa puertorriqueña, que es el de la literatura desde el terrorismo y la violencia bélicaLa novela de Christenson no solo seduce mi atención por su agilidad narrativa y atención clínica al detalle, sino también por que, más que invitar a mira la relación de la novela con otros textos, nos permite mirarnos desde los fenómenos culturales que inciden y afectan en nuestro acontecer diario. Es decir, la literatura de Christenson parece ocuparse de preocupaciones políticas que, si por un lado parecen distantes a nuestro Caribe, por otro están más cerca que nunca.   
Sin duda, un referente olvidado en el imaginario puertorriqueño es la literatura desde los conflictos bélicos. Pedro Juan Soto, Emilio Díaz Valcárcel, Tomás López Ramírez y César Andreu Iglesias han sido algunos que han explorado el tema de la violencia armada al servicio de las luchas políticas. Esto, a pesar de que la historia de Puerto Rico llega al siglo XX a partir de una guerra (la Guerra Hispanoamericana de 1898) y que tanto nuestra ciudadanía como los proclamados avances de la modernidad se suscitan a raíz de los tres conflictos que emparedan el siglo XX:  la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra del Golfo Pérsico. En todos estos eventos, hay sangre y sufrimientos puertorriqueños.  
La novela de Bernard Christenson acciona desde ese panorama tétrico que es vivir bajo la amenaza del terror con un tono parecido adel cuento “El árbol en llamas”, de José Luis González, quien precisa dos narrativas paralelas que se desarrollan durante la Guerra de Corea y un linchamiento en Mississippi, respectivamente. El cuento pertenece al libro aptamente titulado Mambrú se fue a la guerra (1954) y, como en muchos de los relatos de esta colección, la mirada del escritor se centra en los conflictos éticos de interés humano más que en su pertinencia al tema de lo nacional, motivo por el cual González fue criticado en su momento.  
La preocupación de Christenson no desprende tanto de un sentido de ansiedad paranoica a raíz de los efectos de la guerra, sino que más bien mira el constante flujo, tensión y conflicto de eventos internacionales que, desde la realidad globalizada, nos afectan. En El oculista de Tombuctúhay dos espacios temporales, como en el cuento de González, se desplazan paralelamente a través del texto se atraen y se repelen como si fueran dos novelas en una, quizá el anverso y el reverso de la historia de amor que esconde el libro. Uno de los canales narrativos se suscita durante el siglo XVI y el otro en el siglo XXI, y de la distancia entre medio sustraemos que la dialéctica cultural entre los dos espacio-tiempos es una reformulación de todos los pasados que suman nuestro presente. 
Como decir la historia del lenguaje; o de la escritura misma. 
De hecho, esto último supone una historia de la escritura que la novela sugiere desde el origen de un antiguo manuscrito escrito en hebreo arcaico hasta que el mismo llega a las manos de la heroína de la novela, Camille Baptiste, en forma de reproducción fotográfica. Es decir, una historia del libro y su disolución como soporte en forma de reproducción fotográfica sirven como telón contextual a los inquietantes nudos argumentales que Christenson trenza.  
 El oculista es de Tombuctú y Tombuctú significa “nudo”.  
 Pero, ¿por qué esto es importante?  
Probablemente, se requiere recordar aquella frase de Borges que reclama al libro como una extensión de la memoria.  
Los libros viene hechos de tiempo, tanto por el lugar que tienen en la divulgación y avance del conocimiento en su fase industrial como por su carácter logográfico desde la invención de la escritura como tecnología. No es una mera novela el descubrimiento de un manuscrito críptico, sino una novela sobre el poder de la escritura a través de los tiempos. 
Para los que no creemos en casualidades, lo fortuito es menos plausible que la manifestación del tiempo sobre el mismo tiempo. Es decir, el manuscrito no es descubierto por Camille, sino que ella lo recibe por encargo de su amigo Gaby, un antiguo amor y quien perecería durante los ataques del 13 de noviembre de 2013 en el teatro de Bataclán durante el concierto de The Eagles of Death Metal. O sea, a Camille Baptiste le corresponderá, por designio del destino, completar lo que a todas luces parece un descubrimiento importante de Gaby. 
Cécille, amigo común de ambos, es quien entrega el sobre a Camille, quien nota que cada foto se consigna con una sigla o sello oficial, lacrada en una esquina inferior, así como en la portada y la contraportada, nos dice el narrador. La curiosidad de Camile crece cuando encuentra, en el mismo sobre, una foto de los folios del libro en su conjunto, sin más encuadernación que la de un amarre con cordón de algodón. Lo más que le llama la atención es que, en algunas de las páginas examinadas, aparecen una serie de anotaciones al margen escritas en árabe, lo que resulta ser un poema de amor. 
Hacia el final de la novela, un personaje dibuja la imagen de un águila, y luego, con el último destello de luz, y con su último aliento, su figura es capturada «en la retina de su amada para el resto de la eternidad». 
El poema continúa vivo y la metáfora es hermosa: la inmortalidad del arte va de la mano de un amor igual de infinito. 
Como en toda gran historia, en El oculista de Tombuctú hay una historia de amor en el centro de todo. Y es, justamente, el amor el nudo tensor de esta novela, representado por el poema de amor que queda cifrado al margen del misterioso manuscrito y por lo que el manuscrito mismo representa. Dice Camille que: «el manuscrito es mucho más que simplemente una escritura sencilla en las lenguas antiguas hebreo y árabe… [E]l manuscrito es mucho más que un folio médico o un poema al-Ándalus. Como el árbol de Baobab es el árbol de la vida en África, el manuscrito tiene un solo tronco, del cual salen muchas ramas: la cristiana, la musulmana y la hebrea. Pueblos hermanos que convivieron todos juntos en Córdoba en una época gloriosa». 
El amor también es el triunfo de la humanidad sobre sus diferencias. El amor, como el arte, es infinito.  
Como toda obra, según diría Foucault, precisa la existencia de un autorpronto conocemos que el documento proviene de la pluma de Avicena y que es traducido por Abah Ben al Shafiun estudioso árabe medico y que trabajaba como oculista en Tomboctú.  
En la oscuridad, el ojo comienza a ver.  
El ojo no miente, dirá AbahLa vista llega antes que las palabras, dice John Berger, porque establece nuestra relación con el mundo antes de reconocernos conscientemente en él; antes de que las palabras nos sitúen. Vemos lo que miramos y mirar es un acto de selección. Vemos todo y miramos lo que queremos. Así, Abah descubre en Fez a Raquel cuando tropieza con ella antes de poder hablarle cuando se reencuentran en Sefrú y la chica se da por vista. De hecho, es un amor que, entre el oculista y la morena judía, se da a primera vista. 
El ojo es panóptico o Delta Luminoso. El ojo nos mira. 
Pero es a través del ojo y su énfasis en el ojocentrismo, o la primacía del sentido de la vista sobre todos los demás sentidos, según ha visto David Harvey, la manera en que el la civilización occidental ha trazado su ruta por las historias de la dominación política y el colonialismo tanto en África como en América.  
El Mossad, la Interpol y la CIA andan tras el manuscrito. Los terroristas, dice Camille, que desean vender estos manuscritos y libros valiosos en el mercado negro o en el “Dark Web”, donde los coleccionistas o intelectuales ricos, acceden la valiosa mercancía de manera ilícita. Camille defenderá la integridad del manuscrito y todo lo que en él se representa. 
Los ataques al semanario francés Charlie Hebdo, el atentado al Bataclanla Masacre de Munich, las alzadas en Siria, los residuos de la guerra fríael estado psicopolítico vigilante las máscaras de la post-verdad son algunas de las violencias que van habitando en El oculista de TombutúPero el mayor logro de Bernard Christenson es el de mostrarnos una simple verdad: es el amor el verdadero trasgresor del tiempo, la única fuerza por la cual podemos decir que estamos aquí y por la que vivimos.  

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Una sucesión de terremotos, iniciada el 28 de diciembre de 2019, sacude el sur de la isla de Puerto Rico y perturba el orden de paz. Los movimientos telúricos, réplicas de un temblor original, se suscitan con aterradora frecuencia hasta que el 7 de enero, a las 4:34 de la madrugada, un terremoto alcanza la magnitud de 6.4 en las escala Richter. Negocios, iglesias, escuelas y casas colapsan y lo que nos dejan, además de las imágenes de destrucción, la tristeza de ver familias con niños y ancianos acampando en lugares abiertos.

Y allí están. Teniéndose a sí mismos.

Yo veo toda esa gente que ha perdido sus casas y lo que se pierde tiene profundidad y materia. No se trata solo de ver caer el techo y las paredes. No es el material de la estructura o las virtudes arquitectónicas que la materializan como bien de consumo, ni tampoco su carácter pictórico. Lo que se pierde, la casa, es donde aprendemos a existir.

Podríamos argumentar que no es la casa el lugar donde facturamos nuestro primer sentido de pertenencia, sino en el hogar, que es su aliento. En alemán, patria es «Heimet6; y hogar, es «Heim». El hogar, en su acepción original, nos lleva al fuego, al centro acogedor de intimidad, que es lo que alberga la casa, y por tanto, se asume como sinónimo.

En la casa habita el fuego, y el fuego arde con ensoñación.

No es hasta el siglo XVIII que la arquitectura de la construcción de viviendas emerge como prioridad en la arquitectura y en los intereses del Estado. La casa, nombrada como «vivienda», pasa a ocupar un sentido político como derecho fundamental del ciudadano (el que habita una ciudad). La casa pasa a ser vivienda cuando en ella se conjugan la integridad física y la dimensión espiritual.

Por ello, los hermanos y hermanas puertorriqueñas que han perdido sus casas no solo carecen de un lugar donde vivir, sino que también han perdido su lugar social y su morada de la memoria. La memoria, como la casa, es un espacio topofílico, un espacio donde el afecto por un lugar habita.

Gastón Bachelard prescribe la casa como nuestro primer rincón de mundo, nuestro primer universo. Donde habitamos, pensamos; así hace su aparición el sentido de lugar y, con este, el de pertenencia. María Zambrano opina que una casa es un orden de espacio-tiempo para ser vivido continuamente. «Sólo cuando somos capaces de habitar podemos construir», dice Heidegger.

El habitar una casa es mucho más que el mero hospedaje Una casa es un país. Tan necesaria como la alimentación y la vestimenta, diría el filósofo Karl Christian Krause (1811).

Perder la casa es dislocar el sentido de pertenencia. Es el espacio de protección donde nos encontramos a nosotros mismos en dialéctica con la realidad material que nos rodea. Los habitantes puertorriqueños en Guánica, Guayanilla, Lajas, Peñuelas, Ponce y Yauco, afectados directamente por la actividad sísmica reciente, se sienten desamparados, perdidos, olvidados.

Quedarse sin lugar donde habitar cobra mayor sentido a través del contexto político en el que se encuentra Puerto Rico al momento: la degradación de la economía puertorriqueña, la despoblación acelerada de las últimas décadas, presencia de una Junta de Control Fiscal y la tardía recuperación al amparo de las agencias federales de los Estados Unidos luego del huracán María nos dejan a la intemperie de nuevo.

Sí. De nuevo. 


Los arquitectos del Puerto Rico moderno de mediados del siglo XX, artistas de la ilusión colonial y artesanos de la identidad totalizadora, se ocuparon de destilar una idea paternalista de Puerto Rico (como bien ha visto el maestro Juan Gelpí) que curaron al sol tropical de nuestra isla. Lo vigoroso del asunto no son los que pasaron a morar en la casa de la gran familia puertorriqueña, sino los que nos quedamos afuera.

Quizá nunca existió la casita que tanto nos prometieron. Ahora la metáfora es de escombros y polvo.

La casa no es solo paredes, piso y techo. La casa es dimensión y metáfora. Lugar e idea. Es espacio sobre el que se actúa. Donde la voz es momento. La casa se llena del pasado, porque ahí es que viven los recuerdos. Y todo lo que somos es pasado.

Cuando veo familias completas entre paredes de viento, tierra por piso y cielo por techo, no solo veo gente sin casa, sino que veo gente sin santuario. Vulnerable. Expuesta. Saberse en la incertidumbre de vivir sin un techo disuelve la dialéctica del exterior y el interior. Se llena de ruido blanco, porque todo es absolución de la historia oficial. Los que han perdido sus casas, pasan a ser los objetos de estrategias de gobernanza y administración. Los sin hogar caen en un vacío político que empresaliza la desgracia de los perjudicados y la mercantiliza como poder político.

No dudo: la crisis pronunciada tras el desastre natural desata condiciones tanto económicas como mediáticas que explotan la desigualdad, la marcan, la hacen patente, haciendo que el necesitado sienta dependencia del estado gerencial. Pasamos a ser elementos instrumentalizables y maleables. Desaparece la inclusión, hasta que nos ayudamos a nosotros mismos.

La respuesta del Estado ha sido encubar el desamparo. La angustia. La incertidumbre.

Desde el 7 de enero, ya ha pasado una semana. Los víctimas del terremoto aún duermen en campamentos improvisados y la crisis humanitaria se maneja como photo op.

Nos falta el espacio de ensueño. Se disuelve la noción de lugar. Se erosiona la pertenencia.

No. No hay paz. Tampoco casualidades.
Uno piensa en hambre y evoca un cuerpo. Un cuerpo es un lugar, un sitio desde donde se vive y se piensan las cosas del mundo. Es decir, donde habita la poesía. 
Ahí radica el Hambre nueva, de Carlos A. Colón: un poemario donde las preocupaciones clásicas de la poesía moderna se asumen en tanto concepto de hambre. 
El hambre es una certeza, pero lo que nos mueve es la duda. “[T]odo parece acabarquedándonos sin decisiones finales/ quedándonos en un vacío que se alimenta denuestra duda, dice el poeta en el poema que da título al libro.  
El vacío se alimenta de la duda igual que la idea de comida se subordina a la cuestión del hambre. 
 No puede pensarse la comida sin hambre igual que no puede pensarse poesía sin el mundo. En el poemario de Colón, se privilegia el tema del hambre sobre el tema de la comida, lo que a su vez revierte en una fenomenología de la comida que no puede existir sin el hambre. 
«Hambre nueva», como título, es sugerente. Complicado. Animal. Humano.  
 El hambre es necesidad. Sugiere un presente inmediato de escasez. Algo está incompleto. Nos falta algo para poder proseguir con vida. Saciar el hambre es vencer la muerte. Solemos decir que «hace hambre» para subrayar que el hambre acapara tiempo, modo, aspecto y significado general de acciónSaciar el hambre es una actividad presente que se colma con algo que está fuera de nosotros. 
La finalidad de todo trabajo es obtener acceso a la comida. Nadie trabaja para ser feliz: se trabaja para tener con qué comer. El hambre se encarga de recordarnos que, en efecto, tenemos dependencia de una realidad objetivaY el artista debe entregarse al sistema de labor y producción capitalista para no morir de poesía.  
El poema «El gondolero» tiene un verso genial, que bien puede o no puede ser una pregunta retórica: “¿qué hace un poeta trabajando en el supermercado?” La contestación es una aporía.  
El supermercado es la glorificación de la técnica  que tanto preocupaba a Heidegger, pues el supermercado almacena productos, los transforma y los distribuye para el consumo. El supermercado oculta la violencia contra la naturaleza y su explotación. No hay creación. No hay «poiesis»No hay poesía.  
Entonces, ¿qué hace un poeta trabajando en un supermercado? ¿Es acaso una tragedia?  
A lo largo de la lectura del libro, hay un sentido convulso de la inevitabilidad. Para Baudelaire, la belleza tenía siempre, y sin tregua, una doble composición (lo eterno y lo relativo); igualmente, la poesía que Carlos apalabra es una unidad binaria: se mece entre lo ideal y lo pragmático.  El trabajo mecánico nos instala en el mundo; la creación nos salva, pero se nos pierde. 
En el poema «El pájaro y el limpia rascacielos» por ejemplo, el poeta observa que «la sangre de un pájaro en el cristal/ decora el más reciente edificio/ con mira al mar/ justo donde solían estar los manglares». La violencia del urbanismo y su impacto sobre los escenarios de vida natural desplazan la vitalidad el paisaje mientras un limpiador de rascacielos limpia la sangre que ha dejado un pájaro al estrellarse contra los espejos del edificio. Para que exista una sombra debe prexistir una luz que la provoque. El limpiador de rascacielos cumple su tarea «para darle de comer a sus hijos». 
En «Bolsillos», la preocupación por la automatización laboral se poetiza: «qué se les pierde en los bolsillos?/ ¿un reloj de cincuenta horas de trabajo?», y luego se lamenta: «se nos pierde el pan/ se nos pierde el descanso». Hay una búsqueda de un sentido ulterior que apetece poesía, que sigue siendo el género literario anticapitalista, y se cuela entre la precariedad de la vida y la obligación de subsistir. 
Nos vamos remitiendo así, casi por necesidad, como quien busca refugio de la antinomia, a un sentido perceptiblemente romántico, en donde la naturaleza consuela, calma y ampara, y hasta hay una identificación con ella en poemas como «Conquista», donde dice: «soy como el árbol que no quiere dar frutos»;  o como en «Cojimar», donde la propia naturaleza busca una promesa rota. La naturaleza, para Carlos A. Colón, también es inclemente y toma forma de volcán. De erupción. «Todo anda en el suelo» («Erupción II») y en la contingencia, la única constante es la duda.  
¿Por qué dudar? ¿Es la duda una forma de certidumbre?  
«[D]udamos como si la duda fuese un intento de vida» («La duda»), dice Colón.  
Luego, el giro: en «Finales tristes» la voz rememora la infanciaun lugar al que a los veintitantos años que tiene Colón, no es frecuente visitarseTrazo generacional o nola añoranza por el tiempo irremediable también informa «Finales tristes»,el mejor poema de la colección, y el que nos asoma al próximo estadio lírico en la poesía de Colón donde la memoria será interlocutora, una preocupación enteramente de grandes poetas, que es el destino que le depara a Carlos. 
Por ahora, ¿qué hace un poeta que trabaja en un supermercado? 
Enterarse de lo oculto, para desocultarloEsa siempre es el hambre vieja. 



Aquella mañana, Jim Sams, inteligente pero de ninguna manera profunda, despertó tras un sueño intranquilo para encontrarse convertido en una criatura gigante. Es un cambio sin explicación lógica ni efecto aparente. Descubre, lleno de consternación, que tiene menos piernas. Recuerda con nostalgia que, apenas la noche anterior contaba con seis patas.  Un órgano dentro de su boca, algo así como una «porción resbaladiza de carne», le provoca asco. Igual siente cuando se percata de que su exoesqueleto ahora es protegido por una capa de piel.

El absurdo se acentúa cuando Jim reconoce que debe cumplir una misión importante, aunque no recuerda de qué se trata. Jim Sams, cucaracha londinense, amanece convertido en un asqueroso humano.

Lo de asqueroso va por cortesía mía.

La premisa es en sí misma una reversión del hecho kafkiano, donde Gregorio Samsa, protagonista de La metamorfosis, amanece convertido en un monstruoso insecto. No necesitamos saber más para registrar el nivel paródico del relato en La cucaracha, una novela corta del escritor inglés Ian McEwan publicada a finales del 2019.

Para Jim Sam, como el Gregorio de Kafka,  el mundo ha cambiado, lo que McEwan metonimiza en la aparición del color en la vida del protagonista. Ya no es marrón, es lo primero que nota; y siente vértigo del mundo circundante, que aprecia ahora en colores vivos. De lo último que recuerda de su forma ortóptera, había recorrido desde el Palacio de Westminster a través del garaje subterráneo, las alcantarillas y cruzando la Plaza del Parlamento, entre medio de una manifestación política y policía montada a caballo, proeza luego de la cual había decidido descansar en el dormitorio de una residencia.

Ahora es humano. Enfrenta una misión importante y solitaria.

El teléfono al lado de su cama suena, pero se mueve con torpeza en su nuevo cuerpo y pierde la llamada. A la puerta, entonces, escucha una voz que dice: «Primer Ministro, son casi las siete y media».

En efecto, la sátira de Ian McEwan apunta tanto a la situación política en Gran Bretaña como también soslaya los efectos del capitalismo realista, concepto de Mark Fisher para atravesar la posmodernidad (Capitalist Realism: Is There No Alternative 2009) . La posverdad y la retrotopía quedan amparados bajo el movimiento político del «reversionismo», una parodia del Brexit, movimiento que Sams y sus acólitos conservadores reclaman como necesario.

El tiempo se desviste de un ilusión lineal. Es un striptease caótico, quebrado en divisiones puntiformes. Para funcionar eficazmente, diría Fisher, debe desarrollarse la capacidad para responder a eventos imprevistos; debe aprender a vivir en condiciones de inestabilidad total. El primer ministro, en su poder sobre el precariado, deja en manifiesto la incapacidad de planificar para el futuro. Para ello, el Primer Ministro reconoce, como una intuición, que Gran Bretaña debe devolverse a sus cimiento. «Este gobierno ya no está dividido», dice Sams en su alocución ante la cámara de diputados. «Nada se interpondrá a nuestro paso… Proclamaremos al Reversionismo en un Solo País. Estaremos solos como una vez estuvimos», añade. Es una monomanía a la cual no le faltan detractores, pero que Sams estará muy dispuesto a quitar del medio. Por el medio que sea.

Zygmund Bauman llama retrotopía a la fijación de mirar el futuro por el retrovisor (Retrotopía 2015). La utopía del siglo XIX ha perdido su brillo distintivo y ha cedido a la opacidad de la patina distópica. La nostalgia discurre como negación de la negación de la utopía.

El ser humano se resiente en la pérdida de lo que ya no vuelve, de lo que ya no es. De ahí que Jim Sams, al saberse irreversible en su condición de nuevo humano, aspira a lo imposible: el regreso a la mitología nacional como Primer Ministro no es otra cosa de volver a ser cucaracha, lo que en realidad era al inicio.

El pasado, tal cual fue, solo puede ser exaltado como hecho lingüístico, no como hecho factual. Es decir, es el lenguaje -como siempre- el que se encarga de construir los contornos de lo idealizado. Que conste: una retrotopía sigue siendo utopía.

La diferencia estriba solo en la orientación de la mirada. «El reversionismo bendecirá nuestro futuro— limpio, verde, próspero, unido, confiado y ambicioso», dice Sams. Es el fervor de un nacionalismo endeble alojado en un pasado perdido que ya no será.

Pero el pasado es una geografía cómoda. Es sólido. Hermético. Restringido. Carece del carácter insondable del futuro.

La promesa de Sams invoca las palabras de Margaret Thatcher en 1987: «No hay alternativa». Es lo que es. Las responsabilidades individuales desplazan a los intereses comunitarios donde, incluso, los trabajadores pagan por trabajar y se convierten en otro sector consumidor más. Sin embargo, cuando acuden a las compras en los centros comerciales, los cajeros les devuelven el dinero por cada artículo que compran.

Así las cosas, cuando los Clockwisers, detractores de Sams dentro de su mismo partido, consideran que el Primer Ministro es lo suficientemente «reversionista», este emprende su conservadurismo extremo con el que purificará a la nación y la purgará de «absurdos, corrupción e injusticia» y donde todos los empleados pagan a sus empresas por las horas que han trabajado cada semana.

Sams promete «To Make Britain Great Again», un guiño a las políticas tribales de Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, encarnado en la novela por Archie Topper. Sams, en su discurso, reclama el imperio del neoconservadurismo, o la conjugación del nacionalismo, xenofobia y moralismo contraponiendo a sus ciudadanos con los ciudadanos de la periferia. Cuando Francia hunde a seis pescadores ingleses que, a la deriva, y por fallas en los instrumentos de medición, terminan en aguas francesas, Sams promueve el sentimiento patrio de rechazo total al acto bélico. Los pescadores muertos son recibidos como héroes. Toda una narrativa de orgullo patrio y unidad nacional se pone en efecto. El gobierno de Sams pesca por la opinión pública favorable y el pueblo muerde el anzuelo. Es el simulacro de la posverdad.

Lo fascinante de esta secuencia es que, en su momento más crítico, cuando surgen manifestaciones ante la Embajada de Francia, Jim Sams se instruye en el arte de opinar en Twitter. Tildando al líder francés de «perdedor», y tras calificarlo como «el presidente francés menos efectivo en la historia», Sams emprende una campaña para que los Estados Unidos reviertan su propia economía, y que hagan que la economía también fluya de vuelta al sistema, desde el ejército, la marina y personal de la fuerza aérea, hasta directamente al Presidente.

La manipulación de las redes sociales se convierte en trinchera en una época donde el Otro es el enemigo, provocando el narcisismo habitual del social media. Es el regreso a la tribu. La comunidad escogida que se positiviza y rechaza lo distinto, como argumenta el filósofo Byung Chul Han. En la red, se desprecia a lo disidente y se abraza lo que es igual. La red es el reino donde más siempre será de lo mismo.

McEwan me gusta. Es un maestro de la narrativa contemporánea por su habilidad con las técnicas narrativas, y probablemente es uno de los pocos escritores establecidos que juegan duro y con riesgo. Más allá del carácter innovador de Atonement (2001) y Solar (2010), el comentario político siempre se ha presenciado en su obra. Pero en La cucaracha, McEwan abandona con morbo todas las zonas de su propio confort con un solo designio: la burla.

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