El camino de vuelta a casa | estado optimista y tragedia al sur de Puerto Rico


Foto: David Begnaud

Debemos repensarlo todo.

Una madeja de movimientos telúricos viene afectando el litoral sur de la isla de Puerto Rico y el alcalde de Guánica, Santos Seda, informa que, al momento, existen 8,000 personas que pernoctan aterrados fuera de sus casas. Son cerca de 2,000 los que perdieron la suya y al menos 800 personas han abandonado el pueblo. Con el centro urbano desolado, 30 establecimientos comerciales han colapsado junto con el ayuntamiento del pueblo.

El pueblo de Guánica cuenta, según el censo del 2010, con una población de alrededor de 15,000 personas. Haga usted la matemática.

La situación lleva un dejo de crisis humanitaria. Y esto es solo Guánica. 


En Guayanilla el mar se ha apoderado de los patios de las casas en el sector El Faro. Yauco no ha corrido mejor suerte y cerca de 3,200 viviendas han quedado derrumbadas o sentenciadas al desahucio. Y en Peñuelas pareciera, según el alcalde, Gregory González Souchet, «que el terremoto se hubiera tragado a Peñuelas y no estuviese en el mapa», según dijo al diario Primera Hora. Unas 8,000 personas en toda la región han quedado sin casa.

Como mirar una constelación que se muere en una fuga del cielo. 


Nadie dice adónde.


«Dentro de la situación, la gente está muy contenta en el sentido de que se sienten seguros en los refugios, que se les han atendido sus condiciones médicas, que se le ha llevado agua, los suministros, la hermandad entre las personas, ha sido una familia extendida», dice la gobernadora.

Gente contenta. Segura. Atendida. 

Durante el fin de semana pasado, emergieron ante el escrutinio público una serie de hechos factuales que apuntan a un penado (cuando no desgraciado) desempeño del Negociado para el Manejo de Emergencias y Administración de Desastres, sus directores y la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez. El país se estremeció al enterarse de la existencia de varios almacenes llenos de suministros, algunos hasta con fecha caducada para su uso. 


Los suministros permanecían escondidos desde la crisis del Huracán María en 2017. El gobierno de Wanda Vásquez sabía de su existencia pero prefirió callar y esperar los «photo ops» para que los líderes de su partido simularan ser filántropos.

La indignación es espinosa. Hoy, en la Calle de la Resistencia, el país pide cuentas.

¿Qué puede incitar a que un gobierno se pase de largo al momento de atender sus ciudadanos, desmerezca la precariedad de las víctimas del desastre e intente manejar la opinión pública tanto con medias verdades como con mentira y media? Crear un simulacro de imaginario, una situación de vacío virtual donde la realidad se metaforiza en el cemento quebrado, dejando a las víctimas en un permanente sentido de estar todos jodidos por igual y donde solo podemos estar unos junto a otros.
Asumiendo que los movimientos telúricos cesen ahora mismo, quedan varios pueblos destrozados y muchos ciudadanos afligidos. Nuevamente, nadie dice adónde llevarán los refugiados que, de seguro, no podrán levantar sus casas en el mismo lugar donde estaban.

La gobernadora apela, y aquí hago préstamo de las palabras de Fernando Savater, «al instinto gregario» del puertorriqueño para que la situación sea «espiritualmente más gratificante que la fuerza de las necesidades materiales». En la manufactura retórica, el estado convierte a la desolación y al miedo en capital político.

Detrás del telón público, quedan realidades que nadie perturba, por temor a que, al despertarlas de su sueño, nos fagociten a todos.

Y peor aún: los habitantes de las zonas afectadas, ¿estarían dispuestos a volver a sus casas? 


Suponiendo que podamos reconstruir sus viviendas, ¿queda el lugar apto para residencias? 

No hay garantías que la tierra no vuelva a temblar, por supuesto. Siendo así, ¿qué valor resguardan las propiedades? 

¿Quién invertirá nuevamente allí? 

En todo caso, suponiendo que la costa sea declarada inhabitable, cosa que podría suceder, ¿adónde irían nuestros hermanos?

El éxodo a partir de esta crisis (que ya ha dado inicio), tienen implicaciones no tan solo económicas, sino también sociales y hasta políticas. Los ciudadanos de Guánica, Peñuelas, Guayanilla y Yauco, impactados de inmediato, migrarían a pueblos más o menos "seguros", pero entonces, ¿qué es un pueblo seguro? Utuado, Las Marías y Adjuntas, por mencionar algunos otros, también se encuentran afectados por las constantes réplicas.

El país se enfrenta a un terror inédito en nuestra historia moderna y con la tendencia a almibarar las situaciones con agudos optimismos donde quedan agotadas las esperanzas.

«Vamos a pasar la página», le dice la gobernadora al alcalde de Peñuelas en un esfuerzo por superar diferencias e imponer una voz optimista. 

Terry Eagleton, en Esperanza sin optimismo (2016), considera que mientras el optimismo se sustenta en un presente que por sus características nos publicita un mejor futuro, la esperanza construye el futuro con expectativas positivas pero desde un presente desgastado o desnudo de garantías. El optimismo parte de una certeza material que la esperanza no tiene. Por tanto, un optimista es una persona con una actitud positiva ante la vida sólo por serlo, en su convicción de que las cosas mejorarán gracias a su optimismo. Así porque sí. Se trata entonces de un concepto performativo: hace cuando se dice.

Tanto el Estado como los medios, en su encarnación oficialista, mitigan las perdidas del presente al ocultar el advenimiento de otros problemas. Como resultado, dice Eagleton, se promueve una desmovilización y la despolitización de la ciudadanía. O sea, la narrativa optimista no conlleva otro propósito de positivar la adversidad, convirtiendo a los afectados en objetos sobre los cuales se ensaya el poder. 

En efecto, el optimismo es, en tiempos de desastre, una postura ideológica: asume la traza de las clases dominantes y la estructura del poder porque presume una mejoría sobre la base del presente, el cual es dominado por ellos (los que están al poder). Refutar el optimismo, dice Eagleton, es condición esencial para el cambio político.

A fin de cuentas, el optimismo es para los que sufrimos la adversidad, los desterrados, los sin-techo, los de a pie.

Optimismo es lo que nos han alimentado mientras las ayudas a partir del Huracán María y los eventos sísmicos recientes nos son vedadas, escondidas, robadas y utilizadas como monedas de intercambio. Más que asumir posturas que elastizan la dependencia severa en un estado colonial, merecemos hacer las paces con lo irremediable, con lo ya caduco, con lo que no volverá a ser de la misma manera porque ya no es.

Las preguntas siguen siendo las mismas.

Una madeja de movimientos telúricos viene afectando el litoral sur de la isla de Puerto Rico.

«Yo no encuentro como llegar a mi casa», dice el alcalde de Guánica a otro rotativo de San Juan.

Tal vez sea que ya no hay camino de vuelta.


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