El hecho kafkiano revertido | capitalismo realista, parodia y burla en La cucaracha, de Ian McEwan.




Aquella mañana, Jim Sams, inteligente pero de ninguna manera profunda, despertó tras un sueño intranquilo para encontrarse convertido en una criatura gigante. Es un cambio sin explicación lógica ni efecto aparente. Descubre, lleno de consternación, que tiene menos piernas. Recuerda con nostalgia que, apenas la noche anterior contaba con seis patas.  Un órgano dentro de su boca, algo así como una «porción resbaladiza de carne», le provoca asco. Igual siente cuando se percata de que su exoesqueleto ahora es protegido por una capa de piel.

El absurdo se acentúa cuando Jim reconoce que debe cumplir una misión importante, aunque no recuerda de qué se trata. Jim Sams, cucaracha londinense, amanece convertido en un asqueroso humano.

Lo de asqueroso va por cortesía mía.

La premisa es en sí misma una reversión del hecho kafkiano, donde Gregorio Samsa, protagonista de La metamorfosis, amanece convertido en un monstruoso insecto. No necesitamos saber más para registrar el nivel paródico del relato en La cucaracha, una novela corta del escritor inglés Ian McEwan publicada a finales del 2019.

Para Jim Sam, como el Gregorio de Kafka,  el mundo ha cambiado, lo que McEwan metonimiza en la aparición del color en la vida del protagonista. Ya no es marrón, es lo primero que nota; y siente vértigo del mundo circundante, que aprecia ahora en colores vivos. De lo último que recuerda de su forma ortóptera, había recorrido desde el Palacio de Westminster a través del garaje subterráneo, las alcantarillas y cruzando la Plaza del Parlamento, entre medio de una manifestación política y policía montada a caballo, proeza luego de la cual había decidido descansar en el dormitorio de una residencia.

Ahora es humano. Enfrenta una misión importante y solitaria.

El teléfono al lado de su cama suena, pero se mueve con torpeza en su nuevo cuerpo y pierde la llamada. A la puerta, entonces, escucha una voz que dice: «Primer Ministro, son casi las siete y media».

En efecto, la sátira de Ian McEwan apunta tanto a la situación política en Gran Bretaña como también soslaya los efectos del capitalismo realista, concepto de Mark Fisher para atravesar la posmodernidad (Capitalist Realism: Is There No Alternative 2009) . La posverdad y la retrotopía quedan amparados bajo el movimiento político del «reversionismo», una parodia del Brexit, movimiento que Sams y sus acólitos conservadores reclaman como necesario.

El tiempo se desviste de un ilusión lineal. Es un striptease caótico, quebrado en divisiones puntiformes. Para funcionar eficazmente, diría Fisher, debe desarrollarse la capacidad para responder a eventos imprevistos; debe aprender a vivir en condiciones de inestabilidad total. El primer ministro, en su poder sobre el precariado, deja en manifiesto la incapacidad de planificar para el futuro. Para ello, el Primer Ministro reconoce, como una intuición, que Gran Bretaña debe devolverse a sus cimiento. «Este gobierno ya no está dividido», dice Sams en su alocución ante la cámara de diputados. «Nada se interpondrá a nuestro paso… Proclamaremos al Reversionismo en un Solo País. Estaremos solos como una vez estuvimos», añade. Es una monomanía a la cual no le faltan detractores, pero que Sams estará muy dispuesto a quitar del medio. Por el medio que sea.

Zygmund Bauman llama retrotopía a la fijación de mirar el futuro por el retrovisor (Retrotopía 2015). La utopía del siglo XIX ha perdido su brillo distintivo y ha cedido a la opacidad de la patina distópica. La nostalgia discurre como negación de la negación de la utopía.

El ser humano se resiente en la pérdida de lo que ya no vuelve, de lo que ya no es. De ahí que Jim Sams, al saberse irreversible en su condición de nuevo humano, aspira a lo imposible: el regreso a la mitología nacional como Primer Ministro no es otra cosa de volver a ser cucaracha, lo que en realidad era al inicio.

El pasado, tal cual fue, solo puede ser exaltado como hecho lingüístico, no como hecho factual. Es decir, es el lenguaje -como siempre- el que se encarga de construir los contornos de lo idealizado. Que conste: una retrotopía sigue siendo utopía.

La diferencia estriba solo en la orientación de la mirada. «El reversionismo bendecirá nuestro futuro— limpio, verde, próspero, unido, confiado y ambicioso», dice Sams. Es el fervor de un nacionalismo endeble alojado en un pasado perdido que ya no será.

Pero el pasado es una geografía cómoda. Es sólido. Hermético. Restringido. Carece del carácter insondable del futuro.

La promesa de Sams invoca las palabras de Margaret Thatcher en 1987: «No hay alternativa». Es lo que es. Las responsabilidades individuales desplazan a los intereses comunitarios donde, incluso, los trabajadores pagan por trabajar y se convierten en otro sector consumidor más. Sin embargo, cuando acuden a las compras en los centros comerciales, los cajeros les devuelven el dinero por cada artículo que compran.

Así las cosas, cuando los Clockwisers, detractores de Sams dentro de su mismo partido, consideran que el Primer Ministro es lo suficientemente «reversionista», este emprende su conservadurismo extremo con el que purificará a la nación y la purgará de «absurdos, corrupción e injusticia» y donde todos los empleados pagan a sus empresas por las horas que han trabajado cada semana.

Sams promete «To Make Britain Great Again», un guiño a las políticas tribales de Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, encarnado en la novela por Archie Topper. Sams, en su discurso, reclama el imperio del neoconservadurismo, o la conjugación del nacionalismo, xenofobia y moralismo contraponiendo a sus ciudadanos con los ciudadanos de la periferia. Cuando Francia hunde a seis pescadores ingleses que, a la deriva, y por fallas en los instrumentos de medición, terminan en aguas francesas, Sams promueve el sentimiento patrio de rechazo total al acto bélico. Los pescadores muertos son recibidos como héroes. Toda una narrativa de orgullo patrio y unidad nacional se pone en efecto. El gobierno de Sams pesca por la opinión pública favorable y el pueblo muerde el anzuelo. Es el simulacro de la posverdad.

Lo fascinante de esta secuencia es que, en su momento más crítico, cuando surgen manifestaciones ante la Embajada de Francia, Jim Sams se instruye en el arte de opinar en Twitter. Tildando al líder francés de «perdedor», y tras calificarlo como «el presidente francés menos efectivo en la historia», Sams emprende una campaña para que los Estados Unidos reviertan su propia economía, y que hagan que la economía también fluya de vuelta al sistema, desde el ejército, la marina y personal de la fuerza aérea, hasta directamente al Presidente.

La manipulación de las redes sociales se convierte en trinchera en una época donde el Otro es el enemigo, provocando el narcisismo habitual del social media. Es el regreso a la tribu. La comunidad escogida que se positiviza y rechaza lo distinto, como argumenta el filósofo Byung Chul Han. En la red, se desprecia a lo disidente y se abraza lo que es igual. La red es el reino donde más siempre será de lo mismo.

McEwan me gusta. Es un maestro de la narrativa contemporánea por su habilidad con las técnicas narrativas, y probablemente es uno de los pocos escritores establecidos que juegan duro y con riesgo. Más allá del carácter innovador de Atonement (2001) y Solar (2010), el comentario político siempre se ha presenciado en su obra. Pero en La cucaracha, McEwan abandona con morbo todas las zonas de su propio confort con un solo designio: la burla.


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