El sur no está contento | la verdad bajo las carpas

Foto: Lourdes Toledo

María "Mayita" Meléndez Altieri, alcaldesa de Ponce, asegura en una entrevista radial que la población que acampa en el área sur, tras perder su seguridad de vivienda durante los recientes eventos sísmicos, «le encanta vivir en las carpas».

«Es algo bien diferente», declara.

El día anterior, Wanda Vázquez, la gobernadora de Puerto Rico, aseveraba, en una entrevista con el periodista estadounidense David Begnaud, que ella habla «con la gente» del sur y que «están contentos». La gobernadora elabora un juicio asumiendo que los afectados por los terremotos «[t]ienen sus alimentos, sus medicamentos, su atención médica» y que por tanto, «se sienten contentos donde están».

«Los tratan con cariño», dice.

La situación a la que se enfrentan los refugiados es de pronto positivada. Alisada. Tanto Mayita como Wanda Vázquez amortiguan la crisis asumiendo que los refugiados no tienen nada que envidiarle al resto de la población que no ha perdido sus casas. 


No hay crisis. 

La negatividad es expulsada y aplanada por la condición de lo igual, de lo homogéneo, de aquello que no se diferencia de nada porque aparenta ser igual.

Y lo igual, como dice el filósofo Byung Chul Han, no duele.

Por ello, la inefable torpeza de Meléndez y de Vázquez al intentar apalabrar una situación de la cual, evidentemente, ninguna puede rendir cuentas en primera persona, derrumba lo poco que queda en pie de los estilos de política guionizados.

El dolor es como la experiencia: intransferible.

Las desacertadas expresiones de ambas líderes políticas perpetuan la anulación del sentido. El acontecimiento que se interpone en la vida diaria -los constantes movimientos telúricos que han provocado la crisis de seguridad en el área sur de Puerto Rico- es amansado con la ternura de un manual de autoayuda para refugiados de terremotos. 


Es decir, aquello que rompe con lo homogéneo es neutralizado con narrativas de consuelo destinadas a pulir y eliminar la experiencia porosa.

La inequidad, visiblemente perceptible, es sofocada por el arrullo cuasi-maternal, que es lo que les queda porque no saben qué hacer.

Si bien la crisis tiene un impacto adverso en la economía del sur, la economía de los afectos queda traspuesta por la conveniencia situacional. Estos seres humanos, hermanos en necesidad, quedan convertidos en capital humano y dispuestos como capital político.

Dice la socióloga Wendy Brown que la democracia es un sistema que no necesita de igualdad absoluta, pero que tampoco puede soportar la desigualdad económica extrema porque impiden la capacidad de movimiento libre y manejo sobre el común. Entonces, a lo que aspiran Meléndez y Vázquez es a implementar técnicas de gobernanza a través de muestras de poder blando. 

La gobernanza, en la racionalidad vigente del neoliberalismo, es el equivalente gubernamental de la administración gerencial corporativa, donde el Estado asume el papel de gerente de una empresa y el sujeto se vuelve mercancia a la que se debe administrar. La gobernanza cambia la idea de lo político por la idea de gerencia, dice Brown. La gobernanza alivia la responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos.

Es más que un simple asunto semántico. Al final, la desigualdad se normaliza, y l
os afectados por la crisis del sur, aún bajo sus carpas y tiendas de campaña, quedan expuestos a las inclemencias del tiempo, el fango y la saturación del terreno a causa de la lluvia, y su destino se convierte en capital político.

Quedamos formulados en inversión y beneficio en medio de la propaganda política. 

«Actualmente, yo voy al sur casi todas las semanas» dice la gobernadora. 

Pero el sur no está contento, replica el alcalde de Peñuelas, Gregory Gosález Souchet.

Y Puerto Rico tampoco.


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