Metáforas de escombros y polvo


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Una sucesión de terremotos, iniciada el 28 de diciembre de 2019, sacude el sur de la isla de Puerto Rico y perturba el orden de paz. Los movimientos telúricos, réplicas de un temblor original, se suscitan con aterradora frecuencia hasta que el 7 de enero, a las 4:34 de la madrugada, un terremoto alcanza la magnitud de 6.4 en las escala Richter. Negocios, iglesias, escuelas y casas colapsan y lo que nos dejan, además de las imágenes de destrucción, la tristeza de ver familias con niños y ancianos acampando en lugares abiertos.

Y allí están. Teniéndose a sí mismos.

Yo veo toda esa gente que ha perdido sus casas y lo que se pierde tiene profundidad y materia. No se trata solo de ver caer el techo y las paredes. No es el material de la estructura o las virtudes arquitectónicas que la materializan como bien de consumo, ni tampoco su carácter pictórico. Lo que se pierde, la casa, es donde aprendemos a existir.

Podríamos argumentar que no es la casa el lugar donde facturamos nuestro primer sentido de pertenencia, sino en el hogar, que es su aliento. En alemán, patria es «Heimet6; y hogar, es «Heim». El hogar, en su acepción original, nos lleva al fuego, al centro acogedor de intimidad, que es lo que alberga la casa, y por tanto, se asume como sinónimo.

En la casa habita el fuego, y el fuego arde con ensoñación.

No es hasta el siglo XVIII que la arquitectura de la construcción de viviendas emerge como prioridad en la arquitectura y en los intereses del Estado. La casa, nombrada como «vivienda», pasa a ocupar un sentido político como derecho fundamental del ciudadano (el que habita una ciudad). La casa pasa a ser vivienda cuando en ella se conjugan la integridad física y la dimensión espiritual.

Por ello, los hermanos y hermanas puertorriqueñas que han perdido sus casas no solo carecen de un lugar donde vivir, sino que también han perdido su lugar social y su morada de la memoria. La memoria, como la casa, es un espacio topofílico, un espacio donde el afecto por un lugar habita.

Gastón Bachelard prescribe la casa como nuestro primer rincón de mundo, nuestro primer universo. Donde habitamos, pensamos; así hace su aparición el sentido de lugar y, con este, el de pertenencia. María Zambrano opina que una casa es un orden de espacio-tiempo para ser vivido continuamente. «Sólo cuando somos capaces de habitar podemos construir», dice Heidegger.

El habitar una casa es mucho más que el mero hospedaje Una casa es un país. Tan necesaria como la alimentación y la vestimenta, diría el filósofo Karl Christian Krause (1811).

Perder la casa es dislocar el sentido de pertenencia. Es el espacio de protección donde nos encontramos a nosotros mismos en dialéctica con la realidad material que nos rodea. Los habitantes puertorriqueños en Guánica, Guayanilla, Lajas, Peñuelas, Ponce y Yauco, afectados directamente por la actividad sísmica reciente, se sienten desamparados, perdidos, olvidados.

Quedarse sin lugar donde habitar cobra mayor sentido a través del contexto político en el que se encuentra Puerto Rico al momento: la degradación de la economía puertorriqueña, la despoblación acelerada de las últimas décadas, presencia de una Junta de Control Fiscal y la tardía recuperación al amparo de las agencias federales de los Estados Unidos luego del huracán María nos dejan a la intemperie de nuevo.

Sí. De nuevo. 


Los arquitectos del Puerto Rico moderno de mediados del siglo XX, artistas de la ilusión colonial y artesanos de la identidad totalizadora, se ocuparon de destilar una idea paternalista de Puerto Rico (como bien ha visto el maestro Juan Gelpí) que curaron al sol tropical de nuestra isla. Lo vigoroso del asunto no son los que pasaron a morar en la casa de la gran familia puertorriqueña, sino los que nos quedamos afuera.

Quizá nunca existió la casita que tanto nos prometieron. Ahora la metáfora es de escombros y polvo.

La casa no es solo paredes, piso y techo. La casa es dimensión y metáfora. Lugar e idea. Es espacio sobre el que se actúa. Donde la voz es momento. La casa se llena del pasado, porque ahí es que viven los recuerdos. Y todo lo que somos es pasado.

Cuando veo familias completas entre paredes de viento, tierra por piso y cielo por techo, no solo veo gente sin casa, sino que veo gente sin santuario. Vulnerable. Expuesta. Saberse en la incertidumbre de vivir sin un techo disuelve la dialéctica del exterior y el interior. Se llena de ruido blanco, porque todo es absolución de la historia oficial. Los que han perdido sus casas, pasan a ser los objetos de estrategias de gobernanza y administración. Los sin hogar caen en un vacío político que empresaliza la desgracia de los perjudicados y la mercantiliza como poder político.

No dudo: la crisis pronunciada tras el desastre natural desata condiciones tanto económicas como mediáticas que explotan la desigualdad, la marcan, la hacen patente, haciendo que el necesitado sienta dependencia del estado gerencial. Pasamos a ser elementos instrumentalizables y maleables. Desaparece la inclusión, hasta que nos ayudamos a nosotros mismos.

La respuesta del Estado ha sido encubar el desamparo. La angustia. La incertidumbre.

Desde el 7 de enero, ya ha pasado una semana. Los víctimas del terremoto aún duermen en campamentos improvisados y la crisis humanitaria se maneja como photo op.

Nos falta el espacio de ensueño. Se disuelve la noción de lugar. Se erosiona la pertenencia.

No. No hay paz. Tampoco casualidades.


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