El orden desafiante: los cuentos de Amy Hemple



Foto: Iolex

Si algo ha de hacer el buen cuentista del siglo XXI es romper las convenciones de linealidad y las relaciones causales habituales entre las secuencias narrativas. Lo demás es repetición. Que conste: no es una regla, es una actitud, y de eso se colman las historias de Amy Hempel en El perro del matrimonio, incluido en sus Cuentos completos (Alfaguara 2009).

Más que enunciar desde la grandilocuencia y la soberbia, las historias de Hempel se centran en las pequeñas cosas importantes de la vida. En eso, parecen poemas.

Como en «Jesús te espera», donde la narradora inicia una especie de peregrinación a la ciudad donde Jesús pudiera estar esperándola. O igual que no. Desde el Lincoln Tunnel al aeropuerto internacional de Baltimore; del Holland Tunnel a Washington D.C. (por la salida de Connecticut Avenue). Desde Virginia hacia Maryland, New Jersey y Nueva York, el recorrido es «terapia geográfica» que expresa un deseo de movimiento en su vida que no existe. Son «impulsos irrefrenables de conducir», como buscando que la memoria de la carretera ahogue el presente colapsado. La textura semántica procede entonces por medio de relaciones espaciales dentro de la historia en lugar del predecible juego de causa y efecto. En «Jesús te espera», la narradora hace un inventario de imágenes mientras conduce camino a un encuentro con Jesús, que, para efectos de la ficción, podría ser metafórico o literal. O ambos.

Es una narración dicha en primera persona que, más que mirar, piensa. En el proceso, somos parte de ese flujo de conciencia que se desplaza como la carretera misma. En efecto, no hay un solo evento unitario en toda la acción que no sea el acto mismo de narrarse. El registro del cuento parece una libreta de apuntes. Es ese cierto aire de falta de sentido en la vida de la narradora.

Hay colapso. Desasosiego.

Después de cuestionar la pérdida de la fe, ella dice: «De vuelta a la ciudad, me paro a repostar. Me gustaría que me batieran como si fuese un huevo y que me sirvieran con salchichas en un bar de carretera».

Esto es hermoso y absurdo.

La ambigüedad también parece ser consciente de sí misma. Por lo tanto, es menos un defecto y más una estrategia.

En la edición en inglés del cuento «El perro del matrimonio», Hempel trabaja desde los puntos suspensivos. La historia está dividida en tres secciones, a saber, 2, 3 y 4; no hay 1. El lector debe llenar ese espacio a partir de inferencias en el texto hasta que, casi al final de la lectura, encontramos el comienzo de todo: «En la última noche del matrimonio, mi esposo y yo fuimos al ballet». En la edición al castellano, esto se pierde cuando los editores optan por presentar la historia en orden cronológico.

En el cuento, la narradora, una entrenadora de perros guía, se identifica con un perro en una ópera. «Trabajo con estos perros todos los días, y su capacidad, su decencia, me avergüenzan». Más tarde ella dice: «No conozco a ninguna persona ciega. Estoy en esto solo por los perros».

La narradora anónima, como en todos los cuentos de la colección, expresa su desencanto con las relaciones humanas. «Me imagino que existen muchísimas cosas que una debería procurar no tomarse como una cuestión personal», de dice a modo de consuelo, e incluso intenta normalizar las vicisitudes del a diario, como lo son «la falta de aparcamiento, el mal tiempo, un marido que se da cuenta de repente de que está enamorado de otra».

El perro del matrimonio se desplaza a través de una serie de narraciones claustrofóbicas. Lo insignificante e inane de repente se convierte en una máscara para ocultar lo verdadero y significativo. Es un narrativa donde Hempel no deja espacio para lo que no es esencial.

Aún cuando Hempel opta por un estilo tradicional de cuento, no puede evitar el resquebrajamiento emocional de sus personajes, como sucede en «Los intrusos». Aquí Hempel persigue un estilo donde las imágenes absurdas se descartan por algo más concreto y sólido: la tensión dramática sobre un tema muy difícil. En el relato, una mujer de 50 años teme que ella pueda estar embarazada como consecuencia de una violación. La ironía no puede ser más mortífera cuando nos enteramos que la víctima es una consejera profesional para casos de violación.

La narración toma el título de una película de la que traza paralelos del mismo título, Los intrusos (1944), con la que traza bifurcaciones dialécticas. Al igual que la pareja de hermanos en el film, la protagonista ensaya una búsqueda donde los fantasmas del pasado se retratan como entidades legítimas. Con aire cortazariano, la historia se llena de presencias fantasmales, casas tomadas y prestaciones directas del filme de Lewis Allen.

Lo que hace Hempel en esta colección es quebrantar las unidades de tiempo y espacio que distinguen la narrativa clásica realista y las sustituye por bloques narrativos o unidades poéticas que se acumulan para concebir un efecto de historia completa. A veces deja la sensación de que el lector atestigua una presentación en Power Point, o quizá algo mucho más artístico, como si las partes de las historias fuesen una sucesión de bodegones.

Fredric Jameson declaró, en The Cultural Logic of Late Capitalism, que la crisis en la historicidad dicta un retorno, de una nueva manera, a la cuestión de la organización temporal. Es la vuelta al problema de la forma del tiempo. La temporalidad y el sintagma podrán asimilar una cultura cada vez más dominada por la disolución del espacio y su lógica.

De alguna manera, contar una historia siempre debe ser un orden desafiante.


Publicado originalmente en Nagari



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