Las almas muertas de V&V



La senadora Evelyn Vázquez dice que, tras el desastre del Huracán María, ella y la gobernadora Wanda Vázquez se dedicaron a levantar cadáveres por todo Puerto Rico, un esfuerzo que, como acto del lenguaje, implica que levantaron a Puerto Rico, como cumplimiento de aquel #PuertoRicoSeLevanta con el que adormecieron nuestros párpados cansados en la oscuridad.

La declaración me llega como una genialidad retórica en el desfase constante que es la política puertorriqueña, donde los muertos son convertidos en capital político.

Hay novela aquí. Se debería llamar V&V: levantadoras de muertos.


Algo muy parecido ocurre en Las almas muertas (1842), del novelista eslavo Nikolai Gogol, donde el personaje de Pável Ivánovich Tchichikov, pequeño burgués ambicioso pero desgraciado, llega al pueblo “N” de una distante provincia en Rusia con la intención de hacerse de nombre, dinero y prestigio. Para ello, debe ganarse primero la admiración de los funcionarios legislativos y demás habitantes del pueblo, algo que solo se suele lograr con talento y buenas intenciones, con plata, o con ambas (aunque raras veces se presencien al mismo tiempo).

Entonces, Tchichikov inventa una manera de adquirir poder: comprando almas muertas.

En el Imperio ruso de Nicolás I, los propietarios de tierras se reservaban el derecho a poseer una determinada cantidad de sirvientes (o siervos), los cuales eran contabilizados como bien capital inscrito en el registro de la propiedad. Es decir, además de las tierras, a mayor servidumbre, mayor poder económico y, por supuesto, social.

Pero la medida, proviniendo del Estado, amparaba también su trampa: los siervos también contaban para efectos de tributación. Sin importar si estaban vivos o muertos.

Así, la ambición de Tchichikov deviene en jaibería brillante y decide comenzar a comprar las almas muertas de aquellos terratenientes que aún tributaban por personas que ya no existían.

El plan destila genialidad.

Los terratenientes, al vender los siervos muertos, no solo engordaban sus arcas sino que cancelaban la obligación de tributar por ellos. Y Tchichikov, al reportar los siervos como su nueva propiedad, podía ofrecerlos a modo de bien o activo entregado como garantía o respaldo en transacciones comerciales.

Tchichikov regresa al pueblo con 400 almas muertas, lo que lo cotiza como el hombre más rico del pueblo de “N”, que, ante la sorpresa, decide celebrarle una fiesta en su honor.

Ayer, en San Juan, la alcaldesa de ciudad, Carmen Yulín Cruz Soto, exigió a la gobernadora Wanda Vázquez Garced que diga «cuantos muertos levantó» con Evelyn Vázquez, según informa la prensa. O sea, si son cuatrocientos, o uno, o ninguno, la cantidad de muertos interpela un asunto sobre la verdad. O la falta de ella.

Si no levantaron muertos, mienten; si sí, sean muchos o pocos, utilizarlos como carnada para engañar en campaña política, será una verdad que les devolverá la mordida.

Una vez más, la desgracia del pueblo es utilizada como un bien de consumo, una práctica ya instrumentada y normalizada por el Estado desde el Huracán María y, hasta más recientemente, los terremotos en el sur del país.


Los muertos, como en la novela de Gogol, se convierten en capital político. Una cifra en un plan gerencial. Una viñeta en un mensaje de campaña.


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