Notas desde el fin de un mundo | Parte I: Zen-sacional


1.     Zen

Un amigo de mi hija se despidió de nosotros el pasado 15 de marzo de 2020 en Providence. «Espero abrazarles cuando abra el nuevo mundo», dijo. Estaba convencido de que el mundo, tal lo conocíamos, ya no existiría.

Pensé que sería futil intentar recomponer un mundo con el mismo sistema de ideas que causó su ruptura.

Casi dos meses después, un ruido sutil, pero agudo, irrumpe en mi monotonía mañanera. Me percato del estruendo que se ha tatuado en el aire con el pretexto del silencio, que ha sido mi compañía por los últimos 49 días de cuarentena forzada a causa de la pandemia del virus COVID-19. A pesar de todas las palabras que me abordan en el momento, es impresionante la vacuidad en estos días.

En el budismo Zen, el silencio es el principio ulterior de la sabiduría. Mas, en el fondo, el Zen modela cierto escepticismo hacia lo que pueda lograrse con el lenguaje. Las palabras son más importantes por lo que callan que por lo que dicen. Aquel que escucha con el ojo del espíritu lo comprende.

El silencio habla. Grita.

Como en el budismo Zen, la nada o el vacío no apuntan a ningún destino divino; no hay un allá o un allí, sino que todo es inmanencia: el aquí.

Cuándo será ayer o cuando fue mañana. Al momento no importa. Nuestra existencia es un acto inmóvil y sin tiempo. Las horas pasan y son todas iguales. El vacío es un lugar normal, dice Cerati.

El silencio es una máscara y es un tintero.

En el silencio, el mundo comienza a hablar.


2.     Sombras y polvo

A partir del lunes, 4 de mayo de 2020, el gobierno de Puerto Rico ha anunciado la reapertura paulatina de la actividad económica y el sector comercial del país responde con taimadas formas de presión pública para que la gobernadora por virtud constitucional, Wanda Vázquez, adopte medidas beneficiosas a la industria privada.

Hace dos semanas una serie de empresas comerciales, que incluían desde medios de comunicación hasta establecimientos de comida rápida, publicaron un video en el que pregonaban que «estamos listos». La narrativa visual se hila desde las imágenes de personas del renglón de contagio más vulnerable. Es una estrategia llana, simple, pero efectiva. Si las personas de 60 años o más se expondrían a los posibles riesgos de contagio del COVID-19, ¿por qué no los más jóvenes?

Este mensaje pulsa con alevosía: Puerto Rico es una economía geriátrica.

Ese lunes justamente comienza a distribuirse un video en la que una serie de personalidades del espectáculo puertorriqueño cantan «Preciosa», como la llaman los hijos de la libertad. El mensaje, nuevamente, es consensuado: vamos a volver a la normalidad y quieren pensar que lo creemos. No desesperen. Tranquilos. Ya hemos pasado por otras situaciones similares. Seguro. Volveremos a una idea de una tierra que, de paso, no hemos visto desde hace más de veinte años.  O quizás, como en la alegoría de la caverna de Platón, todo lo que hemos visto son sombras y polvo.  

Lo que los medios y el Estado no dicen es que no habrá normalidad posible, algo que intuimos desde el silencio. La vida queda trastocada. Los paradigmas guías del siglo XX desfallecen, y los sólidos idearios del siglo XIX se disuelven en el aire.

Lo que quedaba de Puerto Rico se muestra vulnerado por lo abigarrado de la situación de aislamiento social durante la pandemia del coronavirus, tiempos históricos donde hemos comprobado que vivimos con más de lo que tenemos y tenemos más de lo que necesitamos.

Fundamentalmente, el golpe arrecia por el costado capitalista y ha dejado al descubierto un sector amplio del mundo empresarial que no tendrá mejores usos en el futuro, una vez superemos la crisis -no importa cuando lea esto.

Empresas, empresarios y emprendedores tendrán que aceptar que ya nada es lo que era. Los pilares de las economías mundiales, y sobre todo los de Puerto Rico, quedaran sumidos en una obsolescencia pantanosa que solo traerá mayor pobreza. No hay que presumir de economista para notar que aquellas tareas o trabajos que uno haya podido sobrellevar desde la distancia -relacionadas con la educación, las comunicaciones, los servicios profesionales, etc.- quedan devaluadas como acto laboral presencial. Cualquier cosa que pueda hacer un computador por usted no será carrera a seguir, por supuesto.

En Singapore, por ejemplo, el Estado comenzó el patrullaje de parques y calles utilizando sabuesos robots. Igualmente, la empresa Boeing se apresta a dar sepultura a la era del Jet 747, un modelo de transportación aérea que sus empresarios reconocen como caduca. Se considera que trabajos como el de entrega de comestibles a domicilio, agentes de servicio al cliente y hasta meseros y meseras, pasaran a un nuevo modelo operativo a través de inteligencias artificiales.

A ese mundo no hemos llegado. Todavía.


3.     Algo de nada

Mi planteamiento no tiene fundamento en representaciones numéricas, sino que parte de afectos culturales. Dentro del estatuto actual de nuestro bioestado de excepción, merece el esfuerzo considerar si existe un grado cero de la existencia, o si la existencia es reducible a cero. Si toda escritura es reescritura (Barthes), toda cultura es re-cultura.
La primera baja del COVID-19 ha sido el estilo de vida que manejaba nuestras cuerdas tras la máscara del capitalismo salvaje. Ya no se vale la huida porque ya no queda adónde ir.

Como en el budismo Zen, dice Byung Chul-Han, queda transformar lo carente de fundamento en un soporte singular y en un lugar de morada, que es como decir «habitar» la nada.

Que conste: la nada es algo.

La realidad por sí misma, como los datos, no representa nada a menos que sea destilada como información. Por tanto, las medidas de aislamiento social nos condicionan en una antinomia: el cierre de fronteras y del derecho a la libre circulación ciudadana nos separa y diferencia del resto del mundo y a la vez nos ecualiza. A todo esto, el cierre de fronteras no ha logrado detener el virus, sino que lo ha nacionalizado, como se desprende de los informes de personas contagiadas y fallecidas alrededor del mundo. Al segmentar la pandemia en realidades nacionales, nos convertimos todos en cifra. Como las estadísticas, pasamos a ser hechos traducidos en números.

Desde el desfase presente, no es para nada pretencioso anticiparse a las maneras en que la economía «nacional» en Puerto Rico será impactada. No solo muchas profesiones quedaran afectadas por la nueva manera de vivir, por el nuevo modo de «seguir con nuestras vidas», sino que renglones primordiales de nuestra economía colapsará.

De primer plano, sabemos que, con el cierre de las fronteras mundiales, el turismo internacional quedarán al resguardo y en su lugar la gente comenzará a buscar más el turismo local. Si por una parte, esto aviva algunos segmentos de la industria de la hospitalidad, por otro desbanca a las cadenas de hoteles y deja indefensa a la Compañía de Turismo. Los negocios dependientes del turismo internacional -taxis, servicios de alquiler de autos, tours, restaurantes y negocios de la zona turística, entre otros- se diluirán de manera lenta pero cruda.

Por otra parte, los centros comerciales tendrán que reinventarse a medida que tiendas de venta al detal vayan moviendo su modelo a la venta exclusiva en línea. Si puede comprarse en línea, el modelo de retail irá quedando rezagado, y con él, nuevamente, los servicios periféricos que se sustentan de este tipo de establecimientos, como, por ejemplo, la cadena de distribución y transportación de bienes de consumo. Algunas compañías conocidas en Puerto Rico, como JC Penney’s, Nordstrom y Aldo, se aprestan declarar la quiebra económica de sus operaciones en los próximos días.

No. No hay vuelta a la normalidad.


4.     Fin del viaje

Puerto Rico es una isla hiperreal en la cual un sinnúmero de «verdades» fundacionales que van desde nuestra condición política hasta los constructos identitarios han quedado en entre dicho bajo las realidades de la precariedad económica, el coloniaje, la violencia de Estado y las separaciones abismales de clase, entre otros.

Los centros de interacción social como la iglesia y la universidad, por ejemplo, se perderán en sus cronotopías. El ejemplo más desesperado parece ser la industria automovilística y sus derivados, que por dependencia de la industria bancaria, saben que ya no serán relevantes. Incluso, la política partidista del siglo XX quedará necesitada de un nuevo liderazgo y de un nuevo modelo desatendido de caudillismos estériles.

Sobre estos condicionamientos, y otros que afectan a la condición política de Puerto Rico, hablaré lo largo de escritos subsiguientes que serán parte de este ensayo.

Lo que sí queda claro: no podemos buscar soluciones a un mundo roto desde los mismos modelos de pensamiento que lo rompieron.

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San Juan
7 de mayo de 2020



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