Dean Moriarty, guía espiritual de «En el camino»

Neil Cassady


publicado originalmente en Nagari


En una de sus peregrinaciones por el indómito medio-oeste estadounidense, Sal Paradise y su entrañable guía espiritual, Dean Moriarty (alteregos de Jack Kerouac y Neil Cassady, respectivamente), se encuentran con un hombre que vagabundea por la desértica Virginia. El hombre luce desharrapado. Al momento de ellos toparse con él, el hombre caminaba leyendo un desgastado libro de bolsillo que había encontrado en una alcantarilla. El hombre -como el libro- estaba increíblemente sucio y cubierto de costra. Cuando le preguntan que lee, contesta que no sabe. Ni le importa el título. Solo mira las palabras como si hubiera encontrado la auténtica Torah en el lugar apropiado: el desierto.


Dean Moriarty ríe. El mundo está loco, dice. Él lo sabe; es un hombre santo. 


Los viajeros deciden llevar al hombre, que decía llamarse Hyman Solomon, con ellos. A cambio, Salomon promete que, una vez lleguen al poblado de Testament, les buscará algo de dinero para Sal y Dean para continuar el viaje hasta el oeste junto a Ed Dunkel y su esposa Marylou. 


Hay una necesidad en contrapunto al momento: los viajeros, horas antes, habían sido detenidos por la policía. Ed Dunkel había acordado conducir parte del trayecto que los llevaría desde Nueva York a California, pero Dunkel tiene el pie pesado. Dejó que el auto se disparara a los ciento treinta kilómetros por hora. En fin, la policía les detiene. Los interroga. Los hostiga. Les hace pagar una multa de veinticinco dólares. El presupuesto del corrillo es de cuarenta. Se quedan cortos de lana. ¿Qué más puede salir mal?


Pues cuando llegan a Testament, salen corriendo a comprar comida con lo que les queda para el viaje. Pero Hyman Salomon -profeta ambulante en la tierra de los libres y valientes; el salvador de la noche- no regresa. 


La novela es En el camino, de Jack Kerouac, y tal escribiera Jim Morrison, uno puede planificar una muerte o iniciar una religión.


La novela, sabemos, es considerada el texto fundacional de la Generación Beat que transformó la vida cultural y literaria en los Estados Unidos durante la década de los ’50 y ’60. En ella se autoficcionalizan las vidas de Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs y Neil Cassady, entre otros exponentes de la contracultura proto-hippie. La novela, que se puebla de robos de autos, homoerotismo, sexo libre, whiskey, cigarrillos, estupefacientes y poesía, vertebra su andamiaje textual como un manual de espiritualidad. Es decir, todas esas aventuras de vida licenciosa y sin finalidad aparente que destacan en En el camino conforman un tratado espiritual escondido como pergamino en palimpsesto.


Vamos, que más se aprende por golpes que por consejo. 


La promesa de Hyman no se cumple, allí, en el remoto páramo de Testament. La desilusión y el desencanto toman posesión del estado de ánimo. Sin duda: no habrá otro salvador que no sea uno mismo. De ahí, la antinomia que encierra el nombre del protagonista narrador, Salvatore Paradise. O Salvar el Paraíso.


Entonces, los viajeros encuentran la noble función del tiempo en sus vidas. Deben hacerse de lo que tienen a la mano.Vivir es, pues, eso. Vivir. 


Aquí la novela concretiza una de las metáforas silentes del texto: alcanzar el ESO.


Exacto. ESO. Precisamente. 


El «IT» como frecuencia de ciclos conducentes a la experiencia mística, suprema y única de un momento de gracia, realización espiritual o enfrentamiento con Dios. 


Dios siempre existirá. El mero hecho de cuestionar su existencia y llamarlo por su nombre confirma su presencia. La idea estriba en cómo le llamamos. ¿Buda? ¿Krishna? ¿Cristo? ¿Alá? 


¿Bob Dylan? ¿Google?


Para el coprotagonista de En el camino, Dean Moriarty, Dios es todo; tiene los rostros del mundo y se esparce por todas partes. Es la experiencia del bardo tibetano a través de las faces evolutivas de la vida. Es, a mejor decir, el morir, renacer, vivir y morir de nuevo. Es la impermanencia de la existencia. Es la transitoriedad de la realidad. Esa es la esfera de los dioses, en la cual se nos revelan las verdades. Ese ese momento en el cual se llega al punto del éxtasis al que siempre uno ha querido llegar. Es el paso completo a través del tiempo cronológico camino de las sombras sin nombre.


Al asombro, el lenguaje nos viene florido de misticismo. En la desolación del reino de lo mortal, y con la sensación de la muerte pisándole los talones, dice Sal, un fantasma nos sigue los pasos mientras corremos por la tabla desde la que todos los ángeles levantan el vuelo y se dirigen al vacío sagrado de la vacuidad increada. Inconcebibles esplendores brillan en la esplendente Esencia Mental. Innumerables regiones del loto caen abriendo la magia del cielo, añade al comprender que había muerto y renacido innumerables veces. 


No hay derrotas ni pérdidas. La materia debe ceder para que el mundo pueda existir. Es el punto del éxtasis al que siempre había ansiado llegar, confiesa Dean. Una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces. La ignorancia es casual y es profunda. La eternidad se manifiesta con una cualidad impermanente, o la cualidad del espacio abierto. Esta es la experiencia inicial del bardo que está conectada con el mundo de las entidades celestiales, donde se han trascendido las limitaciones de tiempo y espacio.


Así, alcanzamos el ESO. El equivalente a un Nirvana, digamos.


Una experiencia ulterior de vida, una unión metafísica con el cosmos, que en la novela es ejemplificada por el trance ritualista de un saxofonista, descrito por Dean de esta manera:


«Verás, hay un tipo y todo el mundo estaba allí, ¿cierto? Le toca exponer lo que todos tienen dentro de la cabeza. Empieza el primer tema, después desarrolla las ideas, y la gente, sí, sí, y lo consigue, y entonces sigue su destino y tiene que tocar de acuerdo con ese destino. De repente, en algún momento en medio del tema lo coge… todos levantan la vista y se dan cuenta; le escuchan; él acelera y sigue. El tiempo se detiene. Llena el espacio vacío con la sustancia de nuestras vidas, confesiones de sus entrañas, recuerdos de ideas, refundiciones de antiguos sonidos. Tiene que tocar cruzando puentes y volviendo, y lo hace con tan infinito sentimiento, con tan profunda exploración del alma a través del tema del momento que todo el mundo sabe que lo que importa no es el tema sino el ESO…».


Ese momento de absorción llega como experiencia placentera del lapso extático donde la alegría y el terror se abrazan. Mientras ceden al frenesí, oh, hermano, conocemos el tiempo, le dice Dean a Sal. Sabemos lo que ESO es y sabemos del tiempo por primera vez. Y sabemos que todo estará bien, concluye.


Todo. Estará. Bien.


Dean amalgama la interacción entre opuestos. Su comportamiento es una centrífuga de energía que sumerge lo empírico en lo metafísico, haciendo que tanto el bien como el mal fluyan hacia la trascendencia del espíritu.


El final del camino implica un nuevo comienzo. La búsqueda, por deducción, se vive en el viaje, no el destino.


El camino sigue siendo el territorio donde se purga la existencia con el único propósito de liberarse de las ominosas fuerzas de los Estados Unidos blancos y conservadores, la misma nación que hoy se nos impone con el desprecio racial por encima de la justicia.


Y esa es la desgracia de Salvatore: no poder salvar el Paraíso. Dean lo sabe.


En efecto: hoy pienso en ESO. Y en Dean Moriarty.



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