Donde queda el futuro | notas desde el fin de un mundo


La historia de Puerto Rico carga, al comienzo de la segunda década del siglo XXI, el desgastado valor determinante de la modernidad. Desde el nacimiento del Estado Libre Asociado, eufemismo regulador de la relación colonial bajo los Estados Unidos, el ideal de la estadidad ha sido la ruta ideológica que más se ha ensanchado electoralmente desde que Luis A. Ferré venciera en los comicios de 1968 bajo la insignia del Partido Nuevo Progresista. 

La apreciación no tan solo es cuantitativa, sino también perceptiva: a pesar de toda la corrupción, escándalos internos, robo de fondos públicos y federales y otros abusos que se privilegian desde el poder, el PNP es un partido con una base electoral amplia. Así se consigna en la encuesta que realizara la estación radial WSKN, Radio Isla. 

No todos los estadistas se afilian al PNP, pero si el PNP aboga por la estadidad, los que creen en la estadidad votarán por el PNP. O bien no votan.

Ahora, mi interés no es hacer inventario sobre los árboles, sino preguntarme por el bosque, o qué mantiene al ideal de la estadidad vivo cuando todos los indicadores apuntan a que Puerto Rico nunca será estado de la unión.

La modernidad puertorriqueña padece de juventud retrasada. Su llegada es reciente, aunque tardía. Estadísticamente, sabemos que el ELA reflejó avances en el ingreso per cápita de sus ciudadanos y en los niveles de educación del país cuando el gobierno drenó la pobreza del país al facilitarle a miles de puertorriqueños pobres que se fueran a los Estados Unidos, una historia que ha afectado a la composición de la familia puertorriqueña y ha dimensionado el carácter identitario de lo que es un puertorriqueño hoy día. Estudiosos como Jorge Duany o Juan Flores han disertado sobre el hecho de tenemos un familiar cercano que ha hecho su vida fuera del país y de ahí la conjugación del Puerto Rico diaspórico. Un analista político llamaba a esto «irse a vivir en la estadidad», y lo tomaba como destello de lo posible. 

Pero ese irse a vivir a la «estadidad» nunca es voluntario. Si no es por razones económicas o laborales, es por la desesperanza social; y esto, si no fuera por la relación que mantenemos con los Estados Unidos, convertiría a los que somos y hemos sido emigrantes en refugiados políticos.

Dice Gianni Vattimo que la modernidad deja de existir cuando, por las razones que sean, desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria. Puerto Rico es un país roto, abusado, fragmentado. Y la historia, como orden, reclama la existencia de un centro alrededor del cuál se reúnan y ordenen los acontecimientos. Es decir, que Puerto Rico, como colonia, permanece en eterno ordenamiento de los consensos ideológicos mientras el tiempo nos pasa de largo y las instituciones culturales, educativas, financieras y políticas colapsan. Hoy, a 122 años de la llegada de los estadounidenses y 68 desde la formación del ELA, nos seguimos preguntando dónde queda el futuro.

Precisamente, ese es el fracaso del ideal estadista en Puerto Rico: no tiene el pulso real del descarrilamiento de los Estados Unidos y no dan cuenta con la verdad más obvia: Estados Unidos no tiene, ni ha tenido, y mucho menos tendrá planes para anexar a Puerto Rico a la unión estadounidense.

El PNP es un partido que vive del éter de las ideas desvanecidas. El reclamo de anexionarse a los Estados Unidos como estado, si bien precede a la idea del ELA y su interpelación de lo mejor de dos mundos, es un ideal que ensanchó en popularidad para fines de los años 60, cuando Puerto Rico era ficha de una guerra fría en el Caribe y el partido de dominio a partir de la fundación del ELA, el Partido Popular Democrático, enfrentaba una irreconciliable división entre sus líderes. En todo caso, el ideal de la estadidad ha sufrido poca o ninguna atemperación al discurrir de los tiempos. En los ’70, Luis A. Ferré, primer gobernador y cofundador del PNP, hablaba de la “estadidad jíbara” en reconocimiento que Puerto Rico, en sus palabras, ya era una nación constituida por su propia idiosincrasia. Un estado hispanoparlante supondría una contribución de considerables aportaciones políticas (y militares) a los Estados Unidos. 

Dos antecedentes desmantelan dicha aseveración y es el reclamo de dos estados que nunca se cuajaron, mayormente por oposición a la diametralidad cultural de sus proponentes. Uno de ellos es el estado de Deseret, propuesto en 1849 por creyentes mormones en una extensión geográfica que abarcaba un tercio de lo que hoy es California, partes de Idaho, Nuevo México, Arizona, Nevada, Oregon, Utah y Wyoming. El otro es el estado de Sequoyah, propuesto en 1905 como un estado indígena en el cual regirían los pueblos de las Cinco Tribus Civilizadas, entiéndase Cherokee, Chickasaw, Choctaw, Creek y Seminoles. A Dorseret lo desintegraron al anexarlo a Utah; a Sequoyeh lo terminaron al fundirlo con Oklahoma.

A Puerto Rico no le toca burundanga, como diría Palés; Puerto Rico no es «state», es «real estate». Jardín de ilusiones y basurero. Playground y páramo a la vez. Nunca un estado.

Alojados ya en pleno siglo XXI, Puerto Rico no puede negociar su anexión a unos Estados Unidos que han ido perdiendo poder y alcance alrededor del mundo. Es un paisaje invertido que se vierte sobre el presente hedonista que habita la idea de la unión permanente.

Para el año 2025 ya se anticipa la pisada rotunda de China como superpotencia dominante, con Rusia e Inglaterra siguiéndole de cerca. La revista Foreign Affairs, en su edición de julio/agosto 2020, publica un incisivo artículo titulado “How Hegemony Ends”, que analiza la manera en que Estados Unidos le ha dado la espalda a los derechos humanos y a los valores fundacionales de su democracia. The Atlantic publica “The Decline of the American World” bajo la sentenciosa tesis que postula que los Estados Unidos ya no es el país al que el resto del mundo aspira, envidia o desea emular.

La pregunta necesaria no es por qué habría Puerto Rico de querer anexarse a los Estados Unidos, sino por qué los Estados Unidos habrían de aceptar a Puerto Rico en su unión.

Sobre todo, si el ideal de estadidad ha pasado a ser hoy día un concepto hiperreal: es como el jugo de china que no contiene jugo de china.

Los Estados Unidos dejaron de ser un país industrializado desde que su base industrial económica mudo operaciones a países como México, India, China y otras geografías lejanas. Puerto Rico no puede ofrecer mano de obra barata porque su economía divisa en dólares. Es decir que, ante la inevitable caída del dólar como moneda mundial en los próximos dos a tres años, Puerto Rico no solo será sumamente oneroso para cualquier inversión capital, sino que barrancadero abajo puede que no haya fondo.

Al momento de publicar este escrito, Estados Unidos eleva la cifra de desplazados laborales a casi un 27%. Por tanto, anexarse a la confederación estadounidense ya no tiene justificación porque la principal promesa del sueño americano ha pasado a ser una futilidad, significándose con fuerza en la desarticulación del capitalismo estadounidense, del que hablé en la primera entrega de estos ensayos.

Durante la crisis de la pandemia del COVID-19, Estados Unidos ha surgido como un estado policial de opresión que ataca persistentemente a uno de los principios fundacionales de la nación estadounidense, que es la inmigración. De hecho, ya no existe razón para que los inmigrantes se muden a los Estados Unidos y esto no se debe precisamente alas políticas anti-inmigratorias y xenofóbicas de Donald Trump, sino a que ya no hay mucho que hilar allá, en un país que cuenta con gigantes proporciones poblacionales entre gente que pertenece a la milicia y la población penal. 

Irónicamente, el partido que reclama discurso absoluto sobre el ideal de la estadidad, el Partido Nuevo Progresista, nos vende una estadidad blanca, monolingüe y culturalmente homogénea, cuando los indicadores apuntan a que los Estados Unidos, entre 2030 y el 2050, tenga una población «acanelanada» y negra. La población de Estados Unidos será mulata, híbrida y predominantemente latina y afroamericana. Estados Unidos no necesita un estado hispano, puesto que va encaminado a convertirse en un país hispano.

De ahí que los blancos supremacistas se enfrenten hoy a la idea de la pérdida de dominio social y cultural que despierta a los viejos fantasmas del racismo, el discrimen y la segregación social que construyeron a la nación estadounidense. El Puerto Rico real, por su condición política, es producto directo de esta política de dicha imposición colonial; la estadidad que ofrece el PNP es de peróxido.

Para el nacionalismo estadounidense, Puerto Rico no es negocio. El 30 de julio de 2020, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos rechazó la propuesta del gobierno de Puerto Rico para celebrar una consulta de estadidad «sí o no». 

¿Deseret o Sequoyah, anyone? 

Los territorios que más han tardado en convertirse son Nuevo México y Hamaii, dos geografías separadas culturalmente del elemento sajón. Ambos estados permanecieron 50 años en limbo antes de ser admitidos a la unión.

Y aquí se nos vuelve a revelar la necedad del engaño: el ideal de la estadidad que promueve el PNP es retórico; una propiedad lingüística; una condición del lenguaje, pero nunca como un ideal concreto, pues el ideal estadista ya no tiene otra cosa que ofrecer que no pueda ser obtenible como estado independiente o, peor, bajo la actual condición colonial.

Pero el espectáculo debe continuar. 

A pesar de que la apuesta ideológica a la estadidad es un recinto de vacuidad donde cabe todo lo que lleva a nada, gobernar bajo la promesa de algo que no sucederá es negocio para un partido cuyo historial de actos ilegales, abusos de poder y agravios contra la población puertorriqueña ha profesionalizado la corrupción como modo de vida.

Pero lo más obvio, por serlo, no se ve: camino al America 2050, Puerto Rico no figura en ningún plan futuro de los Estados Unidos. 

Y la estadidad seguirá siendo una formulación lingüística.


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