Hay que cincelar versos hasta llevarlos a su pureza, le dije un día a Marta Jazmín que hablamos de los mundos de adentro al pie del árbol de los poemas.

Fue hace cinco años cuando se ilumino en mis manos un poemario de Jazz titulado Luz fugitiva, en donde la poeta, entre los suaves de decir la poesía, enreda con lo magistral. En alguna publicación de entonces escribí que un cuerpo siempre es una ciudad solitaria que se camina a tientas con el tacto, actividad que solo es posible en presencia de otro cuerpo, el que nos toca, el que nos recorre y con el que nos sabemos existentes. Es la poesía la que nos lleva a pactos con la materia y su ausencia.

Hoy los versos de Marta Jazmín regresan editados en una hermosa publicación titulada El único refugio son los párpados (2020), al cuidado de El Taller Blanco, de Cali, Colombia. El volumen recoge tres libros, entre ellos «Luz fugitiva» que ahora se acompaña de dos breves secuencias de poemas inéditos titulados «El sitio del relámpago» y «Antimateria».

En el principio fue el deseo, y los nuevos poemas inéditos restituyen esa brecha entre el aliento y la piel. Si en «Luz fugitiva» la palabra es un pez de aire, «El sitio del relámpago» y «Antimateria» manan en el vago río de versos que fluye hacia un mar de intimidades que se cristalizan en poesía.

La poesía de Marta Jazmín es como la música de Ólafur Arnalds: dicha desde lo mínimo. En conjunto, los tres momentos en El único refugio operan sobre un efecto de eficiencia semántica, así, como quien lleva las palabras contadas en su cartera.

En la primera sección de la colección, los poemas manan como contrapunto del silencio. El silencio habla. La voz es el riesgo. “Me vuelvo sílaba de lo innombrable” dice en “Digo la sombra” y seguramente ese es el punto locus de encuentro donde se congrega el trabajo razón para no existir y pulsar. Lo innombrable es la búsqueda del poeta.

Buscarse es prerrogativa del que se pierde. El poeta siempre se entiende en relaciones sinecdóticas: “[a]ntídoto/vuelo/valentía” dice la poeta en “No sé otra forma de decir”. “Sé muy bien que la realidad sucede/ primero que sus nombres”, agrega. Las hablantes de estos poemas brotan de las ausencias y sus vacíos apócrifos por que la ausencia siempre es presencia. En «Luz fugitiva», toman cuerpo de poemas, se consignan en palabras, se apropian de la página.

En «Luz fugitiva», la poesía de Marta Jazmín refracta la ciudad, en su vastedad, y funciona en como metáfora de la inmensidad. La ciudad es un discurso, un lenguaje (Barthes) que comunica sentidos como una forma de escritura, que en ««El sitio del relámpago» articula como la ciudad de los afectos. El cuerpo es un territorio que colinda con la poesía interior.

A veces encontrarse no es un lugar, sino un tiempo.

Las alusiones a las heridas en «Elogio de la lentitud» y en «Cosmos» («Yo también sufrí de soledad/aquí/dentro del cuerpo») equilibran los dos esferas de existencia concreta y abstracta. Hay una coordenada del encuentro, un portal que sirve de punto de fuga y de entrada, donde todo se detiene y espera, «la tumba o la matriz», donde «[e]l único refugio son los párpados». La poesía es ser siendo. Como el amanecer, diría Marta Jazmín: «cada vez más cerca» («El amanecer solo ocurre»).

La convicción apalabrada en la colección de Marta Jazmín es la fragilidad de los afectos que preceden las instancias lingüísticas. De ahí la necesidad de la poesía como un evento o suceso que pugna por dar forma a algo que se asemeja al tiempo mismo, que solo sucede.

La experiencia sigue en su forma de intimidad irreductible, incontenible desde esa interioridad textual. «Es cierto que existimos rondando eternidades», dice la poeta en «Las cosas que no sucederán». Lo intangible también ocupa su lugar en el mundo y Marta Jazmín no se equivoca. Los afectos son una realidad. «La palabra es un troquel del infinito», dice en «Último día»; «—Hágase el principio/—Hágase la nada». Es así: en «Luz fugitiva» se alarga la palabra, persevera- posterga el espacio de la perdida y la hace más llevadera. Lo que se salva es el reino del interior, donde crece el árbol de todos los poemas.

La última vuelta del poemario se titula «Antimateria» y es la sección donde la poesía entra en su ciencia, que es la física. En su carácter infrecuente, la antimateria es lo que se contrapone a la materia. ¿Es la poesía un estado de la materia/ antimateria? Sin duda, el poema apremia hacia el movimiento y el mundo se vuelve fiable. Marta Jazmín García vislumbra una realidad objetiva

En «Iniciación», la poeta nos remite a ese estadio de la niñez donde la realidad es siempre posible, y parte hacia la búsqueda del reconocimiento. Por reconocimiento no implico volver a algo, sino que me adhiero a la idea de encontrarse. No tiene otra opción. «¿Debo detenerme/ o escapar a tiempo?» se cuestiona la poeta al comienzo de «Vista del pleamar», y culmina así: «Agrietados en las rutas transparentes/del futuro,/hemos llegado a este lugar/desierto//resignantes y perdidos,/como esos círculos del pájaro cuando anuncia la lluvia».

Lo simbólico siempre transige con lo duradero. En la secuencia de poemas de «Antimateria», Marta Jazmín se ocupa de esto con un control muy preciso del verso, sobre todo de los saltos de líneas, tan delicadamente artesanados que aún en el desgarramiento de las emociones se aleja del performance de lo visceral para peinarnos con un suave ejercicio de poesía como vida. «Temo a muchas cosas/ como a la necesidad del agua», dice en «Signos del agua».

La afectación es un paisaje de vigorosa cromatismo. «Primero es la intuición./ Después,/el tacto».

Lo dicho.




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