El mes más cruel: Matthew Arnold y el futuro de la poesía



A Matthew Arnold el futuro de la poesía le parecía inmenso. Al momento de publicar su Estudio de la poesía (1888), la segunda venida de la revolución industrial se encontraba en su cenit inevitable y el distanciamiento entre la clase burguesa y la clase trabajadora dejaba heridas que no cicatrizaban. En el deterioro de los paradigmas morales y culturales vigentes, la pérdida que mayor resentía Arnold era la devaluación de los valores intelectuales y artísticos que se abocaban en caída libre hacia la fatalidad. La poesía no podía ceder a la desensibilización que la apartaba de la verdad humana porque la poesía era, para Arnold, una crítica de la vida bajos las condiciones de la verdad y belleza poéticas.

La poesía provee valor moral, cree Arnold, y se convence de ello al considerar la densidad de los espacios que la poesía ocupa en nuestra vida. La poesía es, posiblemente, la única respuesta a las grandes preguntas de la vida, porque no es dogmática. La poesía es, sin duda, el tiempo; es abril, el mes más cruel, porque hace brotar lilas en tierra muerta (Eliot).

Decía Huidobro en su inalcanzable Altazor que un poema es una cosa que será; una cosa que nunca es, pero que debiera ser; una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser. «Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento», nos urgía. Para Huidobro, como para Arnold y también Rubén Darío, la poesía es el más alto decir, porque nos remite a lugares vedados a la razón para hablarnos sobre qué es la vida y cómo debemos vivirla.

Que conste: la poesía debe ser un poco seca, para que arda bien, decía Octavio Paz. Apremia el conocimiento, postula salvación, porque es poder y abandono. Es «operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior», postula Paz al comienzo de El Arco y la lira.

Por eso la poesía es un género literario que el capitalismo no ha tocado.

Yo vivo convencido de que el mundo siempre vale más y parece menos complicado desde la poesía, porque interpreta la vida para nosotros. Está ahí para consolarnos al decirla. Se nos revela todo el tiempo. Aún sin poema.

Arnold veía poesía en todo y tal vez en la tinta de sus escritos no es tan apreciado como es desde el pronunciamiento de la vanguardia de Carlos Drummond de Andrade cuando dijo: «La poesía es los hechos». Es decir, la poesía, es una actividad que desvela ante nosotros lo cierto; una realidad torneada en función de una materialidad inexistente hasta que el poeta la proclama.

La poesía sostiene nuestra existencia. Es la única constante que supera, como decía María Zambrano, los límites de la finitud. Existe porque vivimos en lo aparatoso. Existe porque somos seres escindidos —el pensar y luego existir parece ser el momento en que Descartes nos divide—. Desde nuestra naturaleza deseante, siempre traicionamos al deber, que es el antídoto del deseo.

La poesía, dice Juan José Arreola, es lo que legitima nuestra condición humana.

Quizá la mayor satisfacción de la poesía es su presencia estética. Belleza y verdad llegan tomadas de la mano porque nos parece que nos anteceden siempre. Que estaban ahí hasta el momento que nos percatamos que existen. Diría Borges que a veces sentimos varias cosas a un tiempo, incluyendo que la poesía nos sobrepasa y preexiste como quien, en lugar de crearlo, lo descubre como cosa liviana, alada y sagrada (Platón).

El humano siempre aspirará a lo que no tiene porque siempre termina con lo que le queda. La manera en que nos quedamos truncos, inconclusos o inacabados no da más que para los versos, porque la imperfección solo puede ser vista desde la perfección, que no existe y por eso ensayamos a crearla, pensarla, decirla. Decirla. Sobre todo, porque lo que tenemos para ello es el lenguaje que, como nosotros, es trunco, inconcluso e inacabado.

Por eso vive. Porque es posibilidad. Y solo la vida es lo posible.

Es desde el deseo por la vida donde brota lo fundamental.

Hasta que voces humanas nos despiertan. Y nos ahogamos.

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Publicada en Nagari


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