«Borradura» en la Revista Purgante

Dain

Publicada en la Revista Purgante, «Borradura» corresponde a la sección del mismo título en mi novela CsO (Cuerpos sin órganos). 

Xenobi Sánchez ahora es de cenizas y me toca recogerlas. Mujer sin imprecisiones, compañera de barras y geomorfóloga litoral apasionada, había muerto ahogada, según el informe policíaco inicial. La noticia me aventó con furias y rencores, pues yo pensaba que esa era la manera más indigna de morir para alguien que vivía un romance con el mar. La felicidad es un pez y algún día voy a pescarlo, le había dicho la noche de nuestra última conversación, justo antes que una tormenta arrasara la costa con su villa pesquera, faro y residencias que aún resistían la erosión costera y los incrementos en el nivel del mar que dejaba a la isla sin ciudades ni vida costera. 

El amor perdido herrumbra en el corazón. 

A pesar de la vida, de los whiskeys y los atajos, llego a la colina del faro a rehacer un pasado abandonado como las amarras limosas en las barcazas de los pescadores, o las anclas enmohecidas que el mar escupe de vuelta. 

Un viento salino me lleva al perfume de la memoria, donde el amor todavía es posible. La tiranía de la noche volverá a traer nuevas formas de oscuridad, en donde la luz me parece, como es habitual, una idea metafísica, soluble- a fin de cuentas, una broma de la lucidez. Es un cielo de estrellas muertas bajo el cual existo de manera piadosa para morir de un recuerdo sin vivir arrepentido. Cierro los ojos. Llegan los fantasmas de sal. El aliento de las algas. El rumor del océano. Aprehender la soledad es tan fascinante como responderse a la pregunta quién soy.

Un día despertaremos con nuestras camas como balsas, con el socorro por remos, decía Xenobi.

Cerca de las ruinas del faro, deshilo el aire. Las carcasas de los crustáceos se sumergen en la arena a esperar el tiempo. Los cangrejos ermitaños abonados a la atemporalidad y la impermanencia de las cosas. Bajando el sendero de arenas blanca, piedras calizas y caracolas, la casa de Xenobi imitaba la arquitectura y los colores de Santorini, un lugar adorábamos con la fascinación de una postal y en dónde decíamos encontraríamos nuestro Sartori. Lo mejor del mediterráneo es el color de la piel de las mujeres, recuerdo haberle dicho un día. Sobre una mesa de madera rústica, como si se tratara de un bodegón olvidado, un ánfora de vino junto a una cesta vacía y una lata de café molido en cuyo interior descansan las cenizas de Xenobi. En una silla, espera el jefe de la policía costera junto a un cadete de proporciones penosas y de complexión pálida, que luce como si nunca hubiese vivido o trabajado en la playa. El cadete mira de reojo a la iguana de cerámica sobre la mesa. La iguana, inmóvil, no corre otra suerte que estar muerta. 

Es un paisaje prehistórico en medio de una casa de playa, dice el jefe de la policía mientras me alcanza unos papeles. El licenciado Nazario se encargó de todo, dice. No hubo mucho que mirar aquí, añade. Tomo los papeles y me cuesta creer que Xenobi sería reducida a un monto de cenizas dentro de una caja de poliuretano. Miro alrededor y me percato del cementerio de botellas vacías que postula el vejado gusto por el Grey Goose. En una esquina, el traje de buceo y las chapaletas esperan como si quisieran ser patas de pato. Varias revistas de buceo entre las cubiertas de discos vinilo de Mitzki. Al pie de la ventana, las flores han muerto de sed y de olvido. 

En esta misma casa, había yo mudado la tristeza de escribir libros que nadie leía y las palabras ya no servían en un mundo roto por los distanciamientos y las soledades paranoicas. Se nos había perdido el camino, y yo no era la excepción; yo era un cuadro de Egon Schiegle condenado a leer a Spinoza, como si, en efecto, el dolor, que también es conocimiento, partiera de una idea verdadera en la mente. Un dolor matriz. Un dolor de dolores. Un dolor de perder a los seres queridos, vecinos y amigos, uno a uno, de diez en diez, de veinte en veinte. Mi corazón es una fosa común donde moran los recuerdos que confortan mis momentos de vacío y que me llenan con la idea de que algún día hubo algo y ese algo no se puede perder. La plaga se cargó a medio país, y los que sobrevivimos, tuvimos que aprender a aceptar que si una idea es distinta de su objeto, el sueño también, y por tanto, no nos pertenece, no lo merecemos, nos dijeron, así que cuando dejamos de soñar, nos consolábamos con decir que la realidad era estar vivos. Pero, ¿acaso despierto? Dicen que fue la vacuna y sus efectos secundarios, quién sabe. Las casualidades no existen. La casualidad es colisión de idea y de objeto. Así como tampoco fue casualidad que Xenobi me rescatara una noche cuando mi vida parecía encallar en anquilosamiento. Después de todo, ¿qué suerte corría un escritor sin su escritura?  

Miro el cenicero y noto una colilla de cigarrillo. Marlboro, circundan las letras por el dorado filtro. 

Xenobi no fuma cigarrillos. No fuma, digo. Es todavía un presente. En fin, alguien estuvo aquí con ella. Quizá fue Thomas, su vecino exiliado de Canadá, o Safiya, su mujer jamaiquina, pero qué más da. Ellos sí fuman, claro. Pero no tiene caso ya. 

Pero. Ella. No. Fuma.

Xenobi está muerta y poco importa ahora quién fue la última persona que compartió con ella en vida. Ahora la prioridad del momento es llamar a Sol y notificarle que Xenobi ha muerto cuando se suponía que yo fuese el que muriera primero. Por las razones que sean: por ser mayor que ella o por haber vivido más intensamente; por vivir enamorado de la muerte o por haberla besado tantas veces; no importa. Me tocaba morir a mí primero. Yo lo deseaba así.

No. No la perdonaré.

*

Apenas eran las seis de la mañana el día que me llamaron para notificarme que la patrulla costera había encontrado el cuerpo de Xenobi Sánchez flotando en la playa. No llevaba prendas ni identificaciones personales, excepto un colgante de oro en forma de concha marina con una foto de ella y un hombre, que resulta ser usted, me dijo el oficial por teléfono. Dos horas más tarde, me encontraba frente a la casa de Xenobi, allí, al pie del faro ciego del que ella se preciaba ser vecina. Viviríamos felices ahí, juraba en los momentos que me sacaba sonrisas que yo podía vestir el día completo sin sentirme culpable. En las tardes, mientras me hablaba de sus grandes pasiones por la vida junto al mar y la música de Rosalía, Xenobi servía unas copas de vodka y encendía un cigarrillo de marihuana medicinal, que sí fumaba y que le ayudaba con sus dolores de reuma. Re-si-lien-cia, silabizaba. Resiliencia climática es todo lo que este país nunca entendió, decía. Los pocos que quedamos aquí tenemos mucho que hacer, afirmaba. La colonización en Puerto Rico es transparente, cuando no es un bien de consumo, le dije una vez, y quedó en silencio toda la tarde, no sé si por molestia o en simple actitud reflexiva. La colonización en Puerto Rico no es algo que le importe al mundo, le dije entonces. Basta con que nos importe a nosotros, me dijo, y me pasó el cigarrillo.

Yo entendía muy bien todo aquella lealtad que ella sentía hacia la tierra y sus consecuencias sobre la vida, sus inquietudes y pormenores, su pasión por la óptica atmosférica, su mirada a veces de ida sin vuelta y saltando las nubes chatas y sobre el mar y los chinchorros costeros donde vaciábamos el día entre conversaciones y sangría. Era durante esas tardes que el aire sudoroso de la tarde nos lamía en un viento sin fuerza que despeinaba el tedio y sus flecos oscuros. La sonrisa de Xenobi bastaba como fuente de luz. El vodka era un fantasma habitual en mi aliento mientras su voz acaparaba mi cabeza perdida de isleño malogrado.

Xenobi amaba lo que hacía, y siempre le dije que eso era un don, vivir de lo que uno más le apasiona, pero ella siempre remediaba el asunto de la misma manera: hay amores que matan y me importa un pepino la sabiduría de Sabina o si amores que matan nunca mueren, pues uno no puede jugarse la vida con lo que nos da la vida. Sería absurdo, añadía. Siempre era el mismo planteamiento. Que si en este país de cementerios sabían del desastre climatológico, ¿qué hicieron las autoridades al respecto? La isla se nos quedó pequeña y lo que queda de tierra se lo quieren quedar con privilegios, reclamaba. 

Me gustas tanto cuando no te callas, yo le decía y ella me regalaba siempre la misma sonrisa. 

Yo la escuchaba y avivaba su inteligencia febril para fascinarme con el movimiento de sus manos, como si condujera una sinfonía de retóricas frustradas. A mi manera, yo solo le servía de auditorio y de vez en cuando besaba su hombro y acariciaba su pelo mientras aprovechaba los espacios esporádicos de su silencio para decirle poemas de Vasko Popa y que estuviese mi lobo en su garganta. 

Los niveles del mar incrementarán el triple para el 2050, y muchas ciudades costeras desaparecerán, pero tú no, decía Xenobi; tú inundas mi mundo con tus palabras y siempre me sumergiré en su vida. Ho Chi Min ya no existe y a Shanghai se la traga el agua, igual que perderemos a Alexandria y a Egipto. Venecia es un recuerdo de la fragilidad y así sucederá con Puerto Rico, decía con melancolía; y solo tu poesía me va a salvar. Tienes que seguir escribiéndola, me dijo, y yo me quebraba con tanto peso sobre mis hombros.

Llegamos tarde. Tal vez el país ya estaba perdido desde antes de la plaga, le digo. Solo eso. 

En el ancho campo del desasosiego, su aliento de fuego y sus dientes de cera iluminaban las sombras del país resumido a cortometraje. Xenobi entonces me pedía algún poema mío, de aquellos que nadie escucharía ya por mi cansancio con el mundo o apatía a la suerte que corría mi destino de escritor. 

No tienes que publicar nada si no quieres, mientras me los recites a mí, me decía Xenobi. Cambio besos por poemas.

Varias veces le insistí en hacernos con las maletas y la vista larga y dejar este lunar de isla, pero Xenobi se negaba. ¿Adónde iremos? ¿A Ganímedes?, preguntaba aunque no me entallaba como retórica. Xenobi no tendría problemas al salir de la isla, puesto que se cotizaba como profesión esencial, era científica, y eso bastaba para transitar con comodidad entre distancias disponibles. Podemos ir a la Megalópolis del Noreste, le dije; podemos desplazarnos adonde gustes, sea Boston, Nueva York, Baltimore o Filadelfia. Sabes que D.C. me hace mayor sentido, Xenobi decía siempre, y yo le replicaba que no me importaba mientras estuviésemos juntos. Pero ella siempre sedaba mis insistencias con el mismo razonamiento. ¿Pero qué de mi si no defiendo lo que queda de isla?, preguntaba. Yo pensaba de todos modos que el mar nos tragaría a todos y que pasaríamos a ser una Atlantis en alguna fabulación algorítmica. En fin. La felicidad es una sirena, y a Xenobi no podría separarla de su primer amor. Yo solo era una incidencia, según decía ella. No podía estar más en lo cierto. 

Y ahora estaba muerta.

(X)

En la madrugada, mientras patrullaba las costas embravecidas Rincón, un agente de la patrulla costera avistó el cuerpo sin vida de Xenobi Sánchez. tras haberle sido notificado del hallazgo de un cuerpo que el mar había escupido a la orilla. Fallarle a las explicaciones suele ser el hábito de lo incierto y de ahí que me rehusaba a entender por qué Xenobi, aunque nadaba como los delfines, se había acercado tanto al mar en una noche de tormenta. Quizá fue a buscar el mar dijo el agente, con la esperanza de traer un poco de alivio humorístico en el peor momento. Sin embargo, a pesar de lo inoportuno, encontré validez en su comentario. Xenobi amaba el mar tanto que decía que cuando muriera pediría sus cenizas de vuelta a la espuma de dónde reclamaba haber nacido. Unos pescadores, tras una noche de tormenta, se encontraban buscando entre los pedazos de techos y balcones que el mar le había arrancado a las casas costeras cuando dieron con el cuerpo de Xenobi. Le hubiésemos suministrado respiración de boca a boca, pero la hinchazón del cuerpo y el color morado de la piel sugerían que ya nada había que hacer, dijo el agente. 

Ella sabía nadar, dije.

Bueno, señor, a juzgar por la tormenta de anoche y las condiciones del mar, cualquier dote de nadadora que ella tuviese equivaldría a no saber nada. Nadie queda por encima del poder del mar. Además, esta zona no es de bañistas. 

Una vez lo fue, ¿no?

Ya lo dijo usted. Una vez. Ahora pertenece a Ricoleum.

Ricoleum… repito. 

Es la compañía que compró todo este litoral. 

Lo sé. 

Sí. Creo que instalarán una refinería o algo así. 

Eso ya lo hicieron en los 1970 y fracasó, sin mencionar lo contaminada e inservible que quedó la costa sur de la isla.

¿Y? Pues lo harán otra vez. Solo que en este extremo de la isla.

Pobre gente que vive por aquí.

Pero, ¿qué gente que vive aquí? Ya no queda casi nadie. Después de los terremotos de 2020, esta costa se perdió. Mucha gente se fue y no volvió. Otra gente pues tomó lo que le ofrecieron.

¿En serio? 

Mire, amigo, a usted le ponen doscientos mil billetes en dólares sobre la mesa por una propiedad que lo más seguro es que se la beba el mar en cinco años más. ¿Qué haría usted? Seguro que vendieron. Y por ahí mismo se largaron del país.

Sabe usted mucho, ¿no?

Yo me críe en esta zona. Conozco a su gente. Pero eso no es tan importante como saber que estamos en el 2023. Lo que opine la gente no vale tanto como lo que se pueda pagar por sus almas. La compañía le dejó buena pasta a los que vivían por aquí.

Xenobi no vendió su propiedad.

Cierto. Pero eso no quiere decir que no lo haría en el futuro.

Esta zona también es zona de pesca.

Cierto también, pero ya no. A pescar a otra parte. Esto será de los gringos.

Puta madre.

Así es. Lamento lo de su compañera, me dice el agente que justo me muestra una foto de Xenobi en la que algunos peces que colgaban de la piel comenzaban a encontrar la vitalidad de la subsistencia en la carne muerta. Una vez el fiscal autorizó, las autoridades procedieron con la identificación del cuerpo y posibles allegados que pudiesen identificarla, añade. 

¿Qué hiciste, Xenobi?

*

En la foto, Xenobi mostraba moretones que el fiscal atribuyó a la violencia a la que se expuso al desafiar el embate del mar y la basura costera que regurgitaba en la tormenta. La miro y me siento completamente roto. 

¿Qué hiciste, Xenobi? 

El agente me exhortó a que me presentará al laboratorio de ciencias forenses para reconocer el cuerpo. 

Me parece bien, le sigo mientras contengo una lágrima que el ojo vomita por su frontera.

Miro el mar y pienso que me esconde algo de la misma manera que puede ser un desierto también. Uno mira hacia el fondo del horizonte y se pierde en la idea de que si mira insistentemente por el tiempo necesario, encontrará su propio reverso. Si al menos eso. Miro el cielo sin sol. Las nubes de plomo. El viento pesado. No hay mayor desaliento que ver el final de algo lindo. Creo que ese es el papel de la belleza, desintegrarse en su temporalidad para dejarnos la idea de que el mundo no solo transita, sino de que los momentos de significado quedan para irse. Todo muere de algún modo. La existencia no es una propiedad común. Digo, yo puedo mirar las conchas al pie de la playa, las estrellas de mar náufragas y la basura escupida del mar después del temporal y no me queda duda de que quedan ahí aún después de muertas. Su utilidad caduca. Solo quedan como materialidad inerte. Pero, ¿existen? 

El oficial investigador hace señas a su compañero para retirarse y así me informa. 

Tenemos trabajo que completar, y su caso evidentemente fue muerte por accidente, dice y finalmente se marcha.

Me quedo solo con el vacío. ¿Cómo le hago para remediar el desastre? ¿Cómo le hago para seguir vivo?

Me entrego al misterio de perderte, Xenobi. Voy afuera. Te busco. Todavía te busco. Y no, tu muerte no fue por accidente.




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