«Torpor 2040» en la Revista Le.Tra.S

 


La Revista Le.Tra.S, publicación de la Universidad Ana G. Méndez de Bayamón y que coordina Consuelo Martínez Justiniano, publica un segmento de mi novela CsO (Cuerpos sin órganos) en su volumen 7, número 1. 

Torpor 2040

La muerte y yo hicimos un pacto, Rudy. Ni ella me busca ni yo le huyo. Estamos a mano y estamos a bordo de la nave que viaja de Caguax a Torpor y que se parece al destino, pero sin el carácter deseante. Desde acá arriba, el cielo desteñido parece un pantano gris endurecido por una espantosa soledad mientras las fuerzas de la vida consumen las ganas de borrar el holograma que se proyecta en el pasillo de La Goleta y le insta a los pasajeros a no dejar de consumir Somex, porque ayuda a la descalcificación de la estructura ósea, a regular la pérdida de la visión y la atrofia muscular. El tiempo en el espacio es una pesadez, un disuasorio de deseos. No podrías saberlo, creo. Tú eres del mar, de otro mundo; como mi padre, que adoraba la Tierra aunque no era su tierra. La gravedad lo revitalizaba, decía. Lo llenaba de plenitudes que no pueden existir en Torpor, adonde nos dirigimos, Rudy. A la colonia terrestre en Ganímedes. Nunca he sentido las angustias que ahora siento. 

Es el doce de octubre y aquí me encuentro, entre las fulguraciones de lo perdido que acaban por tenerme a sus anchas; un peregrino hacia la luna de donde proviene mi padre. A ver si lo encuentro, Rudy. A ver si puede reconocerme tras mi piel azul, la sombra permanente de la cianosis que provocada por las mutaciones del virus del 2020, que continuó proliferando sin cuota ni control y ya van veinte años y la mitad de la población del mundo. Tú no, Rudy. Tú estás a salvo en tu pecera, que es una burbuja aislante. Acá afuera, el mundo no volvería a respirar igual, decía mi madre antes de morir. 

Mi padre no entendió la soledad cuando mamá nos dejó. Nada contuvo el desconsuelo. Se perdió como un satélite lanzado fuera de órbita. La gente decía que padecía de delirio cósmico. El dolor no tiene estrella originaria. Estamos hechos de la misma materia que el rabo de un cometa. No existe dolor por nada que no sea por uno mismo, creo. Mi padre desapareció de mi vida. Por eso vamos a Torpor, porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Twigo el de Ra, padre de Bayoán el de Ra. 

En cierto modo, me siento como el agua del mar en la tierra, Rudy. El mar es otro desierto, como el que llevo conmigo. Soy la arena que cae constantemente hacia el centro de gravedad en un viejo reloj. Pero aquí, en el espacio, todo flota y nos sigue separando. Tú podrías nadar por el espacio, Rudy, pero yo perecería. Es un sinsentido traicionero. 

 A través de la escotilla, el universo me parece muerto y silencioso, como las calles en los días de la pandemia durante mi niñez, cuando el viento seducía el aleteo de las hojas en los árboles que sonreían de verde y aquello me parecía la maravilla de un mundo donde nadie se abrazaba ya. La ciudad se tornó en vacío y mi niñez fue muy solitaria, Rudy. La escuela se encontraba en una transmisión inalámbrica y a remoto. Las actividades al aire libre escaseaban, y ya no tenía amigos, solo conexiones sociales más o menos afines. El algoritmo es Dios, Rudy. Miro hacia abajo y distingo la ciudad de Caguax, que se asfixia de futuro bajo las nubes de smog que se trenzan con la niebla natural de las montañas de Nuevo Puerto. Otra vez. Otra vez. Cuántos dolores me cuesta. ¿Es dolor? ¿Conozco el dolor? Quizá soy un cuerpo sin órganos y la idea del dolor es una realidad aumentada venida a demasiado. Un holograma siempre es hueco y no sé si soy lo hueco o el holograma. Pero Caguax fascina como capital de Nuevo Puerto desde que San Juan se volvió un arrabal aparatoso o la casa del ahorcado. A veces crecer es hacerse más pequeño y también hacerse más pequeño es hacerse más pequeño. 

 Me duele peregrinar. Me duele apartarme. O quizás no. Quizás es algo que pienso y me creo, algo de lo que intento convencerme, y no paso de ser un escritor wanabí de holografías, secuencias fílmicas que tienen deudas por saldar con la novela. Quizás cuando encuentre a mi padre y mi soledad se descomprimirá. La orfandad es perder sin remedio el lugar de origen. 

Podría escribir la holografía de mi vida, seguro, Rudy. Las holografías suponen una tecnología eficiente de narración. Lo mejor es que se pueden transmitir en hologramas personales bajo demanda. En la nube nada un cardumen de voces y hay que hacer algo distinguido para ser el pez distinto, ¿no, Rudy? No, aún no he publicado mi primera holografía. Lo sé. Lo distinto amenaza. Lo distinto intimida. Lo distinto debe ser reprimido, acallado, mutilado. Como mi piel azul. Distinta. Publicar mi holografía es un sueño. 

Lo innovador del sueño es eso precisamente: el sueño. Después de las pandemias del 2020 y el 2021, el Estado nos sirvió aquella vacuna que tenía pocas garantías, especialmente para los híbridos, por lo que inventaron otra para los genéticamente impuros. El primer síntoma de que algo iba mal apuntaba a que la gente había perdido la facultad de soñar. Dormir era como una muerte, reclamaban algunos. Los sueños ya sueños no son, decían otros. Así, resultó que el día designado para pincharme, uno de los pacientes vacunados comenzó a quejarse de fatiga mientras sus ojos y orejas sangraban. Su piel se tornaba púrpura mientras sus pulmones se le inundaban de agua. Salí a prisa de allí antes que él muriera y cuando me preguntaron si había sido vacunado, mentí. 

Contrario a la creencia popular, decir la verdad no es de héroes; mentir lo es. Los grandes héroes que nos dijeron que la pandemia pasaría, que todo volvería a la normalidad, nos mintieron. Todo se rompió. Todo lo sólido se licúa en el aire. 

 Nadie sabe que sueño, Rudy, excepto tú, aunque ni siquiera reconoces que las frecuencias interdimensionales emitidas desde mi afecto hacia ti van cargadas de sentidos reales. No corresponderás porque eres un pez. 

La muerte y yo hicimos un pacto, Rudy. Ni ella me busca ni yo le huyo. 

Imagino que vamos a Torpor, porque es un lugar desconocido como el destino de mi padre… Me gusta pensar que te hablo y me escuchas. Aliviana el peso solemne a esta soledad de pandemia.



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