Tratado sobre la brevedad: Cultura snack, de Carlos Scolari


Carlos Scolari ha resuelto el gran acertijo de la escritura en el siglo XXI. Clips, tuits, memes, tráilers, cápsulas informativas, microrelatos, entre otros, dice, conforman algunos de los modos de organización de textual que se van proliferando en una era donde la información se atomiza. Lo cierto es que esas formas de narración y narratividad han cambiado la manera en que construimos nuestra realidad y amplia la manera en que los escritores fagocitan lecturas.

Nancy Miller anticipó el fenómeno de manera peculiar en un artículo para la revista Wired en 2007, en donde los nombró «bocadillos mediáticos».

Cultura snack,
le llama Scolari, y así titula su más reciente libro (La Marca Editora, 2020). Una manera en la que organizamos la realidad. Como si se acabara el tiempo.

En el Viaje de Chihiro (Spirited Away, 2001), del maestro Miyasaki, el personaje Sin Cara, persigue por todas partes a la protagonista, a la que la bruja Yubaba le ha usurpado el nombre. Sin Cara tiene la capacidad de convertirse en lo que ingiere. Su apetito es incansable. Y Chihiro significa «el de las mil búsquedas». 

De seguro Miyasaki nunca pensó que nos servía la mejor alegoría de los tiempos mediáticos.

Si antes pasábamos mucho tiempo en pocos medios, ahora pasamos poco tiempo en muchos medios, es un axioma vertido por Scolari. 

La fascinación por los modos de narrar y ensayar la realidad se ha convertido en uno de mis temas predilectos de búsqueda literaria. Scolari habla de las fragmentaciones textuales, las cuales reproduce en tres segmentos: el medio que la reproduce, el receptor que la consume y el texto mismo. Indistintamente del derrotero asumido, el asunto deviene en un mismo resultado: la reproducción incesante del texto.

Maravillosas formas de decirse en el espacio abstracto como regeneraciones espontáneas, orgánicas y mutaciones ecosistémicas a partir del tiempo.

De una mirada larga por la historia de la literatura, pienso en Paléfato y sus historias increíbles, o en Heráclito, el paradoxógrafo. Hacedores de escuetos opúsculos, tanto Paléfato como Heráclito, cuyas influencias son claras en Borges y en Cortázar, se dedicaron a reapropiarse de la escritura de los mitos griegos y a resignificarla. Quizá hablamos del primer principio de lo que hoy se conoce como transmedia.

La generación MTV no inventó la brevedad de los textos, dice Scolari. Podemos hablar de proverbios, adagios, refranes y otras materialidades de la brevedad textual, por supuesto, y de los puntos de encuentro con las maneras de la literatura actual. Mas, a mi entender, el elemento que sobresale en el texto breve de la cultura snack es el de su reproducción.

Un trabajo que comienza a apuntar más hacia la explotación del texto por conducto de la brevedad son las Novelas en tres oraciones, del vanguardista francés Félix Féneón. Fénéon escribía una columna de fait-divers, o noticias de relleno que emergieron en la prensa francesa para finales del siglo XIX. Rara vez se atribuía un autor a estas noticias, por lo que las «novelas» de Fénéon para Le Matin permanecieron sin autoría reconocida y sin publicarse hasta que su ejecutor literario las recuperó, luego de la muerte de Camille Plateel, la amante del autor, y quien se ocupó de guardarlas todas. Las «novelas» están dispuestas con autonomía espacial pero presentadas como un discurrir constante a través de los más de mil microtextos sobre temas que incluyen política, crímenes, noticias, chismes y citas de personalidades de la época.

Puro entremés. 

La cultura snack, de acuerdo, con Scolari, se diseña para consumo entre las grietas de la cotidianidad, «en los momentos de pausa que dejan de serlo, en los tiempos muertos que ya no son».

Hay un vínculo extraño en la escritura de estos tiempos (Tokarczuk, Maggie Nelson, Alejandro Zambra) y la escritura de Peter Altenberg, que anticipaba el maridaje entre texto y disolución de los soportes en el siglo XIX con su Telegramas del alma. El título, de por sí magistral, abraza una tecnología de su época: el telégrafo, el ancestro lejano del mensaje de texto.

Cada pedazo de texto que nos cruza la vista se escribe para ser leído. Un texto es una cosa viva que ralentiza su hambre cuando se come a la gente. Un texto es lo que se encuentra más allá del texto. O como cifra Genette, no hay texto sin paratexto.

Pudiese tratarse, incluso, que la interioridad del texto se encuentra en su exterioridad, no tanto donde el medio es el mensaje, sino donde el mensaje es el medio.

Pero los antojos por la brevedad, la omisión y la miniaturización no se dan con simplemente narrar poco. Hay que tentar el hambre. Dejar con ganas al lector. Nunca descansar en la autosuficiencia.

Y eso es y será así. Como que estamos tan hechos de las historias que comemos.


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