Douglas Coupland, installation view of Brilliant Information Overload Pop Head.
Vancouver Art Gallery


En un artículo de Roberto Artl, publicado en su célebre Aguafuertes porteñas (1933), un personaje lector le solicita al autor algunas recomendaciones de libros que «deberían leer los jóvenes» para ayudarlos a construir «un concepto amplio y claro de la existencia». Resistiéndose a la respuesta del escritor de gradas —ese que anticipa y escribe exactamente lo que el interlocutor espera escuchar—, Art le responde un casi proverbial «ningún libro podrá enseñarle nada» que usted no haya aprendido por experiencia propia. «El resto es papel», concluye.

Unas siete décadas después aparece, de la pluma del escritor canadiense de nombre Douglas Coupland, un simulacro de novela titulado Generación X: historias de una cultura acelerada, que llegó, como los personajes que la pueblan, a sus treinta años. En su momento, el libro pulsó como el Zeitgeist de la generación MTV, consecuentemente rebautizada Generación X a partir precisamente de la obra de Coupland.

La novela descansa en las historias de Dag, Claire y Andy, el narrador de lo que va desplegándose, a modo de volumen de papiro, en una prosa incansable, reminiscente de En el camino de Jack Keroauc, y en donde el texto asume la plenitud del camino abierto, ese open road que poetizaba Whitman como signo de la libertad del espíritu.

Los 45 kilómetros del muro que separaba a Berlín oriental del occidental vinieron abajo el 9 de noviembre de 1989, proclamando desde sus ruinas el comienzo del final de la Unión Soviética, la Guerra Fría y del mundo como lo conocíamos hasta entonces. Los pasos iniciáticos hacia un mundo neoliberal y globalizado apresuraban la necesidad de calzar nuevos pasos entre aquellos que el tiempo, la sociedad de consumo y el deterioro social habían convertido en la primera generación sobreviviente a las políticas de control de natalidad de los años ’60. Es decir, la primera generación no deseada por sus padres.

Desbancados, desamparados y provenientes de familias disfuncionales, los GenXers emergían, desposeídos política y socialmente del sentido de pertenencia. Dag, Claire y Andy, igual que muchos de nosotros, crecieron en el desplazamiento de una sociedad industrial que cedió a otra basada en la economía de servicios e información, pasando horas, control remoto en mano, mirando televisión por cable, y asediados por la sombra del VIH.

Generación X proyecta, desde el inicio, a los tres protagonistas que han dejado atrás sus empleos corporativos e intentan encontrar sentido a la realidad entre la aridez del Valle de Coachella, específicamente en Palm Springs, donde esperan por el fin del mundo. Mientras Claire mantiene una relación con Tobías, un exitoso joven profesional de ciudad, Dag vive agobiado en su temor de un holocausto nuclear, y Andy envidia la actitud desatendida hacia la vida de su hermano menor Tyler (posiblemente un Millenial). Ninguno es feliz.

Douglas Coupland puebla la novela con una serie de personajes que ostentan «McJobs» (empleos de baja remuneración monetaria), viven atentos al Schadenfreude de la espectacularización social, a la «zona de impacto» mental y la marginación ocupacional. En un mundo triste y depresivo, solo hay una manera de salvarse de la plaga del mundo: contando historias.

Generación X es, en efecto, un Decamerón (1353) de finales del siglo XX. Coupland retoma la preocupación persistente en la colección de relatos de Giovanni Boccaccio: ¿cómo salvar la vida y mantener la esperanza vigente?

Walter Benjamin considera, en su ensayo “El narrador” (1936), la subsistencia del contador de historias en medio de un sistema productivo capitalista. Lo que se desgasta es la facultad de entrelazar experiencias como modo de canjeo o intercambio, cuyo resultado inmediato es la devaluación de la experiencia, la cual, según Benjamin, va en caída libre al vacío. La narración es del que narra, pero el narrador peregrina segregado.

Una vez más, la novela, en su intento de recomponer lo que yace roto, recurre a las historias que aúnan nuestros pedazos. Por ello, Generation X carece de una trama de causa y efecto. En su lugar, se mueve en un sistema de encuadres, como fotografías yuxtapuestas en un montaje o encuadres de un filme. Una historia de caja china. Un relato de Scheherezade. Un nomadismo narrativo donde los personajes incorporan historias personales, historias que les han contado e historias inventadas.

La aporía es inevitable: ¿cómo se sobrevive con historias en un sistema social que las desvalora? Es decir, ¿cómo cuestionar el sistema a la vez que necesitamos del mismo para propagar el mensaje de disidencia y desacuerdo?

Hoy día, Generación X, a treinta años desde su publicación, impacta todavía por su vigencia poética. El sentido claustrofóbico de la existencia anula a los tres protagonistas y ningún libro podrá enseñarle nada. Sus cuerpos son paulatinamente desplazados por un cuerpo mayor y abstracto, que es el conjunto se saberes, imágenes y presencias mediáticas que buscan el valor de la persona en lo que consume y no en lo que produce.

El resto es papel.




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