Postmemoria en «Formas de volver a casa», de Alejandro Zambra



La memoria después de la memoria fluye como una estrategia concreta de narrativizar el pasado entre una comunidad. Su existencia se cumple cuando dicha comunidad delega la unidad mnemónica en las generaciones lectoras posteriores, quienes, aunque alejadas del presente desde el cual se narra el evento, comienzan a hacerse una extensión de esa memoria. Marianne Hirsch llama «postmemoria» a la manera en que la comunidad ordena desde su pasado las narrativas que afectan y atan al pasado a las generaciones herederas, a partir de un carácter político, como, digamos, la emigración, la colonización, el genocidio, los conflictos bélicos, los desastres naturales y los regímenes opresivos, entre otros dispositivos que al final perseveran a través de su representación lingüística.

La postmemoria elastiza un trauma del pasado y lo delega en los que no lo vivieron, pero del cual se les hace parte. Este es precisamente el locus de la novela Formas de volver a casa (2011), de Alejandro Zambra, donde el personaje principal negocia con los recuerdos de su infancia y con un melancólico presente post-mnemónico.

Zambra ensaya una suerte de metanovela donde el narrador es a su vez narrado, en un intento por mediar con lo difuso de un período histórico en Chile del que el narrador ni su enmascaramiento tienen conciencia. Leer es cubrirse la cara, dice el narrador.

La literatura de la postmemoria, como acto de transmisión histórica, se organiza en unidades culturales mínimas que, generalmente, se atienden desde la subjetividad del dolor, la angustia o la decepción. O sea, es una respuesta de estímulo ante los afectos más puros en nuestra existencia: el amor y el miedo. A partir de esto, Formas de volver a casa corporiza una búsqueda por entender un pasado escindido en su sentido experiencial, en donde el narrador resiente que mientras él aprendía a leer o a dibujar, sus padres se convertían en cómplices o víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet. El narrador, de niño, pensaba que Pinochet era «un personaje de la televisión que conducía un programa sin horario fijo» y al que «odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían la programación en las mejores partes».

Formas de volver a casa es resultado de ese proceso de «postmemoria», donde el narrador, ya adulto, advierte que nadie en su familia desapareció o murió víctima de la dictadura, y que sus padres muy bien pudieron haber sido promotores del régimen, un amargo que no degusta hasta que se materializa la conciencia histórica. La niñez del narrador se destaca por la inocencia y la ingenuidad. En el presente narrativo de la novela, se corre el velo de las cosas y el personaje principal comienza a entender las cosas de la manera que eran y no como aparentaban ser. La memoria de la niñez es engañosa. Por tanto, no es una memoria, sino una «postmemoria».

En la novela, esa postmemoria viene enlazada al personaje de Claudia. Es el vínculo con la realidad de ese pasado que el narrador nunca supo que vivió, que no recuerda, pero va reconstruyendo y entendiendo. De ahí, incluso, la parquedad del estilo de Zambra, así, minimalista, la semiotización de poco decir, del silencio, de su crianza entre lo callado, la censura y lo dicho por lo bajo, pues, en efecto, mientras la vida del narrador transcurría dentro de una burbuja y no fue capaz de advertir que Claudia, su amiga, provenía de una familia de alto nivel social, pero a su vez revolucionarios y antisistema.

El narrador trata de entender a sus padres desde la mirada del tiempo, un acto que fracasa constantemente, o al menos produce los resultados no esperados. Es decir, en la medida que busca acercarse a ellos, más se aleja y más distante los siente. Es en este sentido que su reencuentro con Claudia comprende el pivote actancial del personaje: enfrentarse a ella es enfrentarse a todo lo que la familia del narrador fue y no fue.

El protagonista solo puede reprochar a sus padres desde la adultez, cuando la postmemoria colectiva le revela cómo en realidad fueron las cosas: sus padres apoyaban a Pinochet, el tío de Claudia era en realidad su padre; y su sentido de desarraigo comenzó desde el día que descubrió que él no tenía familiares desaparecidos o muertos. Como sobreviviente a la dictadura, el narrador resiente no tener memorias heredadas de su familia para participar del ritual colectivo.

Estos procesos transactivos, transferenciales —cognitivos y afectivos— a través de los cuales se internaliza el pasado sin ser entendido completamente se suscita en «actos de transferencia» (Connerton), que no solo transforman la historia en memoria, sino que permiten que los recuerdos se compartan entre personas y generaciones.

La memoria es un acto de supervivencia.

Formas de volver a casa, sin duda, un esfuerzo constante por apacentar espacios en blanco o tronchados. Es necesario pavimentar el camino trunco y, por ello, «volver a casa» es el deseo de volver a la memoria que no se tiene. El deseo, nómada y propulsor, se desplaza hacia un lugar desconocido, el más allá que cura, que nos permite escapar, huir de las guerras, desesperanza y el hambre. Es la ilusión de estar en otro lado porque el otro lado es el no-aquí.

No hay nada que nos haga más iguales o libres que el sueño de andar.







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