02. ¿De dónde vienes / cómo llegaste aquí?

Van Gogh. Starry Night.

Yo vengo de la noche. He conocido las oscuridades como si fueran las hermanas que no tengo y he sabido estar sin ser visto. Lo hago excepcionalmente bien. Es un arte, digo yo. Nadie nunca te ve. Por eso creo que vengo de la noche, sobre todo cuando miro el cielo y veo la crema de estrellas que parece cubrirlo todo (Cerati). La noche es lo que queda cuando se oculta la luz.

La noche no timbra con los cristales de la mañana, que se sienta a dejar crecer las horas hasta que el sol de mediodía se la deglute completa y arroja las migajas sobre la tarde. La mañana cree que el mundo acaba cuando el sol alcanza su punto más alto y no sabe que se equivoca. Nunca sabe de la tarde y mucho menos de la noche, y su vida es muy sola. La noche contiene todo el mundo, que vive en el fondo del tintero.

La mañana se privilegia porque llega con la luz e incendia con la importancia de la metáfora de la luz en el mantenimiento de la estructuras jerárquicas dualistas presentes en la metafísica occidental. Diría Derrida. La mañana trae la promesa de claridad y objetividad. Lo opuesto, lo que no se ve y por, tanto, lo que se desconoce. Pensemos en todos los «Ah, ya veo» que emitimos a diario. Ver es entender; no ver es no entender. Y ahí tenemos la metáfora fundacional de Occidente; la luz y la ceguera.

Es un fetiche occidental. En el taoismo, la oscuridad de la noche se venera con la misma importancia que el día.

Las mañanas presumen se ser todo lo que comienza, o su representación. En todo caso, no pierde. A la gente que se levanta temprano en las mañanas las beneficia con la idea del comienzo. La mañana se informa en la luz, lo que Derrida, Heidegger, De Mann (entre otros) vinculaban con seguridad, fuego (que es decir poder), verdad y pureza. 

La mañana es la aspiración mayor y hasta tiene su propia forma poética; la alborada, poema o pieza musical que se compone con motivo del amanecer. Para todo lo demás, queda el atardecer, que es la venida inminente de la noche. 

Del atardecer ya nos ocuparemos.

La noche es un sarcófago, la muerte. La noche es la morada del mal. La geografía de lo aterrador, pues es una sombra, el residuo de lo que obstaculiza la luz. Por ello, es un doble complementario. Lo otro que completa a algo. Lo que no es en sí mismo, sino en necesidad. La luz encandila e ilumina la razón.

Pero, ¿acaso alguien le pregunta a la noche cómo se siente ser noche? 

No, la noche es el final, la oscuridad, y como tal le merece el silencio que le han otorgado. Nada más que decir.

Yo me he convencido de la noche es del cuerpo porque el cuerpo necesita la noche. El cuerpo también se hace de oscuridad, que es el verdadero comienzo. Precede a la luz. Es desde donde brota la palabra, que es el silencio. 

Así llegué aquí: en un silencio. Desde las estrellas.