Una historia de horror: sobre «La Guagua Aérea», de Luis Rafael Sánchez


 

Comienza con un grito de espanto. Como en una historia de horror. Aparece el personaje de la asistente de vuelo, la gélida blonda que evoca a Kim Novak. La mujer es angelical e inocente como en los cuentos de Horacio Quiroga, escritor uruguayo conocido por el morbo gótico de sus piezas narrativas. La comparación con Kim Novak no es gratuita tampoco: fue la protagonista del filme Vertigo (1958) que dirigiera el maestro del cine de suspenso psicológico y del noir, Alfred Hitchcock. La gélida blonda sería agasajada «con vértigo o mareo en el Empire State Building» por King Kong.

Horror. Espanto. Monstruosidad.

En otro texto anterior escrito por otro boricua que llega a Nueva York, Las memorias de Bernardo Vega, el narrador describe el paisaje de Nueva York como los dientes y colmillos de una bestia.

El grito, relata el cronista, hace que los rostros se vuelvan «al encuentro con la mano que porta el revolver, el cuchillo, la bomba de hechura casera» (11). Inclusive, la fabulación concibe que pueda ser un secuestrador de aviones o un desquiciado. Entonces, la guagua aérea se convierte en un «mamut autopsiado».

El mamut es un animal extinto. También es recordado como un monstruo imponente.

Se trata del ensayo de Luis Rafael Sánchez conocido como «La guagua aérea», publicado en El Nuevo Día en 1983 y que fuera reproducido en 1994 como texto central de la colección del mismo título, publicada 1994 por Editorial Cultural. En 1993, el cineasta Luis Molina dirige el film inspirado en la crónica.

La histeria desenlaza en la aparición del capitán de la nave aérea y el descubrimiento de que la fuente original de tanto horror son un par de jueyes que han escapado. Los pasajeros, entonces, estallan en risas, esas risas carnavalescas, consecuentes, burlonas. Decía Bajtín que, en la Edad Media, cuando se celebraba el carnaval de la Fiesta de los locos, las normas sociales se revertían, lo que abría una válvula de escape entre los menos privilegiados. La risa siempre será liberadora de tensiones. Es la manera en que el poder se revierte: lo que está arriba se viene abajo, y lo que está abajo se coloca arriba.

En medio del tumulto de la guagua aérea, dice el cronista, la relación de los cuerpos se fragmenta. Los cuerpos se agachan, se incorporan, se desmiembran y se desparraman. Es evidente que la alusión es al uso de los cuerpos como un conjunto de mecanismos en función del sistema que los organiza, en este caso el poder colonial. De ahí que se destaque el confinamiento de los cuerpos al asiento del avión, pero en realidad es un tropo, una metáfora.

En esa guagua va un país fundamentalmente extirpado de su tierra natal.

Aquí, a pesar de las risas, volvemos al horror. Es la precariedad del cuerpo biológico y, por ende, de la vida reducida a un gesto de vida privada de “forma” que se revela como una vida expuesta al asesinato y a las lesiones. Diría Agamben que en la medida en que la prevalencia del motivo de la vida desnuda nos compromete a interpretar la imposibilidad de una separación entre forma y vida como la imposibilidad de una decisión que expondría a alguien al asesinato, podemos extraer dos consecuencias normativas diferentes.

En otras palabras, la vida se concibe como una forma que simplemente protege la vida, y ese es el lugar de «la mulata que nutre el bebé con los caldos de una caldosa y radiante teta».  Es la protección de la  vida sin recurrir a la figura del soberano, el que reclama dominio sobre el cuerpo, o el Estado.

Dentro del zafarrancho que se forma a bordo del avión, el testigo ocular destaca «el desafío del Tercer Mundo a la ciencia electrónica del Primero». Los jueyes toman control de la situación a bordo de la nave. Lo natural domina lo artificial, la misma contraposición vista en West Side Story, donde la ganga de puertorriqueños se autodenominan The Sharks, mientras que la ganga de polacos blancos se conoce como The Jets. Lo animal versus la máquina, lo natural versus la modernidad.

Una vez aparece el dueño de los jueyes, la euforia triunfa. La guagua aérea es efervescente. En el interior de la ballena, los boricuas comienzan a intercambiar conversaciones, mas, sin embargo, resalta lo lejos que estamos aún dentro de la isla. La mulata nunca ha estado en Hormigueros, por ejemplo, y otra de las mujeres abordo nunca ha estado en Yabucoa. Es un país fragmentado, después de todo.

La única manera de establecer un nexo es contando historias en su forma anecdótica. Esas historias que son las que, a la larga, recomponen el cuerpo roto y se hacen entender como denominador común de la función de un idioma. Interesante por demás es que ese idioma que une los pasajeros de clase turística o económica los separa de los boricuas privilegiados que van en primera clase, quienes se expresan en inglés y con desdén sobre la muchedumbre a bordo. They will never make it because they are trash, se escucha a alguien decir.

Hacia el final de la crónica, los pasajeros intercambian la información de su procedencia demográfica hasta que una mujer le pregunta al cronista de dónde viene él. «De Humacao», responde, a lo que la mujer riposta: «Yo estuve en Humacao una vez».

Es de esperarse que, según exige la cortesía, el cronista preguntará entonces a la mujer de cuál pueblo de Puerto Rico viene ella.  «De Nueva York», declara con la misma certeza que si hubiese dicho que su pueblo era Adjuntas.

Es la reclamación legítima de un espacio, dice el Luis Rafael Sánchez; el espacio de una nación flotante entre dos puertos de contrabandear esperanzas.

El horror está por llegar en su forma del prejuicio, del racismo y de la devaluación del ser humano en la boca del monstruo.